MI PEQUEÑA Y LINDA MAUREEN

Era mi primera vez en pre escolar cuando aquel curso era de un solo período y se iniciaba a los cinco años de edad. Empezaba el ciclo de aprender a hacer palotes y círculos para ir dando seguridad en los trazos de cara a la futura escritura, aunque a mí, con una letra horrible e ilegible me parece que no me hizo mucho efecto.
Aclarados casi innecesariamente esos pequeños pormenores que impiden que esta nota sea inferior a párrafo y medio, pasemos al tema de fondo.
El primer día de cole, secados ya los mocos por mi paciente profesora Elisa, tras los chillidos histéricos que proferí cuando mi abuela me dejó solo, noté que  un centenar de niños de mi edad o uno o dos años más, me miraban con desconfianza y hasta con desprecio. No me extrañaba, llevábamos poco tiempo en Chile y la primera afrenta para ellos era que llevaba en el ojal de la solapa una insignia del club de fútbol Unión Española, que era el club que me había impuesto mi abuela, a falta de un Barça que era al que toda la familia le rendía verdadera veneración.
No éramos muy populares los españoles en Chile. No.
Y es normal. Según la historia contada desde la cuna, habíamos llegado conquistando a los pueblos indígenas, los habíamos esclavizado, les habíamos robado su oro, los habíamos colonizado, habíamos destruido su cultura, habíamos impuesto a sangre y fuego un Dios y una religión ajenos a aquella gente (aunque eso, en un cole religioso, se veía como lo único bueno de nuestra estirpe)… por haber, habíamos sido unos grandísimos hijos de puta. Menos mal, que -siempre según esa historia aprendida desde la cuna- los indios habían eliminado hasta al último de los invasores. A cuenta de esto, un día tuve la mala idea de sacar conclusiones y había algo que no me cuadraba. Me preguntaba yo ¿y si los indios Caupolicán, Lautaro, Galvarino y muchos otros habían exterminado a los conquistadotes en el siglo XVI, cómo es que tres siglos después la burguesía criolla lograba la independencia de los monárquicos españoles que dominaban la tierra? Esta pregunta, años después, me costó que el profe de historia, un cura llamado Hernán que, todo hay que decirlo, era una bellísima persona, me expulsara de clase… eso le evitó la respuesta. (Aunque poco a poco, avanzando en los estudios, ya ese exterminio masivo de compatriotas se fue atenuando y cambiando hacia uno de indios y que los que quedaron se fueron concentrando en penosos reductos).
¡Hombre! Quería y quiero, hablar de mi pequeña y linda Maureen y mira tú por dónde me voy por la tangente y los caminos parciales de la historia.
¡Vamos al grano!
Una vez secados los mocos, labor que con maestría de madre realizaba la profe Elisa, me fijé en una pitufina preciosa de mi edad y sólo Dios sabe qué sensación de ternura me invadió.
Con timidez me acerqué, al segundo o tercer día, a preguntarle el nombre y no tuvo a bien mirarme ni por una mínima cortesía. Ni siquiera podría utilizar en ese caso el simil de que mis palabras fueron como una brisa invisible, sino más bien que fueron como un pedo, porque hasta juraría que tuvo un tic de desprecio.
La María Inés, la chivata del cole a la que no le costó percatarse de que me gustaba la pequeña y linda Maureen, primero me dijo que tenía “pololo” y que yo no tenía ninguna  posibilidad con ella y me costó unas cuantas semanas comprender qué tendría que ver una mascota con los sentimientos, hasta que no sé quién me aclaró que el “pololo” era en aquel país, el novio.
Sin embargo, yo seguía mirando con incomprensible veneración para la edad, a la niña de mis sueños.
Otro día me le acerqué y le pregunté si era verdad que tenía “pololo”. Su respuesta fue la misma forma hiriente de ignorarme y creo que también aquel tic despreciativo, ensombreció su adorado rostro por un micromomento.
La María Inés, visto lo visto, no se pudo callar y se puso a chillar dando saltitos por todo el patio como una verdadera gilipollas:
-¡Al coño (o sea yo), le gusta la “Morí-in! ¡Al coño le gusta la “Mori-ín”. -Y al “coño”, o sea a mí, se me puso la cara como un tomate y al poco, granate, cuando un centenar de voces, incluidas las de mi pequeña y linda Maureen, comenzaron a hacerle coro. La vergüenza, el sofoco y la impotencia se unieron para expresarse en forma de llanto. El resultado de ese lamento lacrimoso abochornado, fue una bronca de las profes a todos los niños y nunca más volvieron a llamarme “coño”. Es más, un día, alguien muy condescendiente le dijo a otro igual de condescendiente, sin importarles que yo pudiese escuchar… “el pobre no tiene la culpa de haber nacido en España”.
En fin.
La cosa es que pasaron los meses y por más que lo intentaba, de mi pequeña y linda Maureen no obtuve ni siquiera una distraída mirada, y eso que había sumado una larga lista de amiguitos y amiguitas.
Hubo un día, no obstante, en que mi abuela, conocedora de mis ingenuos sentimientos hacia la chavalita, logró que hablara de mí, aunque no conmigo. Sucedió en mi cumpleaños.
Para aquel aniversario, invité a todos los amigos y amigas del cole y también quise que fuese la niña amada y como estábamos de vacaciones, no me quedó más remedio que acercarme al cuartel del regimiento Coraceros, donde estaba asignado su padre que era capitán y al llegar, quise entregarle el sobre con la invitación a uno de los dos soldados que permanecían de guardia en una posición tan firme que paracían estatuas, sosteniendo unas largas lanzas, pero en lugar de cogerlo, el soldado comenzó a gritar “¡Cabo de Guardia! ¡Cabo de Guardia!, hasta que apareció otro unformado, imagino que el “cabo de guardia” y lo cogió y se ve que se lo entregó, porque Maureen se presentó en la fiesta.
Pero antes de seguir, permididme que cuente una pequeña historia acerca de aquellos soldados que parecían estatuas en la entrada del cuartel. No es ni mucho menos una historia épica ni nada que se le parezca. La cuestión es que cuando les conté a mi hermano Juan y a mi primo Jordi que aquellos hombres tenían prohibido moverse, salvo la boca con la que llamaban al “cabo de guardia”, conseguimos unas plumas de gallina y cada día nos acercábamos a ellos y les hacíamos cosquillas en la nariz sin lograr el más mínimo movimiento corporal, aunque sí respingos de nariz y miradas de odio.Cada sesión se prolongaba hasta que escuchábamos los taconazos del “cabo de guardia” que se acercaba indicándonos que era el momento para huir.
Un día, sin embargo, nublado y presagiando tormenta, nos tocó un centinela de mal talante y peor paciencia y nos soltó tal cantidad de improperios y de tal magnitud ofensiva, que huimos antes de escuchar los taconazos del “cabo de guardia”. Sin embargo, nos dimos cuenta de una cosa  muy mala para los cancerberos del regimiento. Pese a los insultos, ninguno de los dos se había movido, así es que al siguiente día, decidimos vengarnos y Jordi y yo por un lado y Juan por el otro, comenzamos a mear en las firmes botas de los guardianes, en las dos del insultante y en una del otro. Ese día que fue el último de nuestra diarias incursiones, no hubo tiempo de llamar al “cabo de guardia”, porque el “cabo de guardia” y otros tres o cuatro soldados, entre ellos un teniente nos sorprendieron, nos cogieron, nos llevaron a la Sala de Guardia y allí nos dieron una tremenda charla que no nos dejó ganas de regresar. Lo cierto es que ese teniente, un día que fuimos a ver una Parada Militar en Playa Ancha, se acercó con su corcel a nosotros, se bajó y juntos nos echamos un hartón de reir por lo hecho, aunque quedó claro que si volvíamos a repetirlo, dirigiría la artillería del regimiento hacia nuestras casas y “nos borraría de la faz de la tierra”. Sabíamos que no lo haría, pero tampoco nos imaginamos nunca de que cada vez que había una competencia de equitación en las instalaciones militares, recibíamos Joan, Jordi y yo, cumplidamente, nuestra invitación para asistir.
Y volviendo al tema de mi pequeña y linda Maureen, que creo que hoy es la vez que más me he desviado del hilo central. Una vez cantado el “cumpleaños feliz” y apagadas las velas, mi abuela le preguntó a la niña…
-¿Te gusta mi nieto Ricardito?
A lo que ella, con rostro a saltos entre el asombro y el espanto, respondió con un rotundo:
-¡¡¡No!!!
Y a mi abuela, insistente ella, no se le ocurrió otra cosa que preguntarle el por qué… Como si no hubiesen en los senderos del amor, infinitos “por qué” para el sí así como para el no. Pero Maureen tuvo una respuesta clara, precisa, aguda, punzante, hiriente y… lo peor de todo, sincera.
-Porque es español.
Y contra mis orígenes no podía yo luchar. Dejó de gustarme.

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