Un tsunami tremendamente devastador

Ciertamente remover los trastos acumulados en el cerebro para recordar anécdotas, aunque no lo crean, es una tarea harto difícil, más aún si tomamos en cuenta que ya en recuerdos rescatados por la pluma y el papel, he acumulado cerca de docientos folios y cada vez tengo menos, al menos que revistan algún cierto interés. El otro problema, es que cuanto más antiguas son las historias, más filtradas llegan a la actualidad.
Hoy a cuenta de nada, como es lo usual, me ha venido a la mente aquella noche, en la víspera de mi cuarto cumpleaños, cuando cenábamos la familia al completo, es decir, mi padre, mi abuela, mi hermano Juan, mi primo Jordi y mis tíos Soledad y Agustín. Yo, pobrecico de mí, temeroso de que aquel aniversario pasara por debajo de la mesa, dije en un momento que hubo un silencio entre los adultos, porque a los niños, allá por los años 50, solo se nos permitía hablar en la mesa “cuando hablen los del pico redondo”, o sea los cerdos, al decir de mi abuela, que a la mañana seiguiente sería un año más veterano en las lides de esta vida (no lo dije así precisamente, porque lo dije a la manera de un tierno infante que acaba de dejar la teta materna y aún no sueña con la teta que deberá ganarse en el futuro a fuerza de currársela) , pero, y valga tanta redundancia, lo dije.
Y mi padre que era un cabrón de cuidado (en el buen sentido de la palabra, claro), me miró, luego miró al resto de niños y finalmente con una sonrisa a los adultos, me explicó:
-Pues Ricardito, no tendrás tiempo de celebrarlo, porque mañana el señor del tiempo de la radio ha anunciado un maremoto que nos matará a todos.
Antes de seguir, explicar a nuestros lectores más jóvenes que el maremoto se le llamaba antes en cristiano al tsunami, una palabra japonesa que nos acerca al Asia oriental para que nos vayamos acostumbrando a las lenguas de por allá y no precisamente la nipona, sino la china o mandarina, que es la que en breve estaremos hablando todos, excepto los que opten por el árabe.
Hecha esta salvedad, volvamos al punto en que dejó de hablar mi padre.
En ese momento todos nos miraron divertidos y nosotros, Juan, Jordi y yo, entrecruzamos unos ojos realmente aterrorizados y sin saber qué era un maremoto, sí temíamos a la muerte, un miedo que de forma certera nos había inculcado la yaya y rompimos a llorar de tal manera que una vez terminadas las bofetadas de layaya que constituían una de sus pocas generosidades para que cerráramos la boca, mi padre y mis tíos nos calmaron explicando que había sido una broma.
A la mañana siguiente, muy temprano, decidimos tomar el relevo de la broma y mientras  nos columpiábamos en la Plaza del Coliseo, le contamos a Ambrosito, un vecinillo de dos o a lo más tres añitos recién cumplidos, que en aquel día habría un maremoto y que se moriría y que si se había portado mal o dicho alguna grosería, se iría derecho al infierno. Pero como el Ambrosito no sabía lo que era un maremoto, ni tampoco la muerte ni menos el infierno, se quedó tan pancho, por lo que nos vimos precisados a explicarle atropellándonos entre los tres e inventando sobre la marcha, que un maremoto era que el mar se salía de su sitio y caía como una pìedra sobre la gente matándola a toda y que morir era quedarse tan dormido que los gusanos aprovechaban de comerte entero y que si te habías portado bien, venía alguien con “Flit”, un insecticida al uso en la época, y mataba los gusanos para que siguieras durmiendo tranquilamente y si no, venía un hombre rojo y te tiraba en un fuego que hay en la luna y te quemarías para siempre. El pobre pequeñajo, abrió unos ojos enormes,saltó de su columpio y pareció vomitar lo que había ingerido en toda la semana y finalmente soltó tal berrinche que huimos a la par que su atenta madre corría hacia él. Las consecuencias de aquello las contaré al final.
Y las contaré al final para no perder el hilo, porque después de nuestra  trastada no huimos a escondernos, sino a continuar con una segunda fase y para ello fuimos a nuestras casas, sacamos nuestros cascos de tipo prusiano, pero hechos de cartón piedra, un tambor de latón y dos cornetas de feria, de cartulina y papel de colorines.
Premunidos de la indumentaria militar y de los instrumentos para formar una precaria banda de guerra, Juan con su tambor, encabezó la marcha haciéndolo sonar estrepitosamente y Jordi y yo, de a dos en fondo, le seguíamos haciendo sonar nuestras cornetas  lo más marcialmente posible. Así, armando entre los tres el bullicio de una multitud, fuimos marchando por el vecindario sin que nadie nos hiciera caso, hasata que llegamos al mercado, Juan dejó de hacer sonar su tambor y nosotros nuestras cornetas y anunció solemnemente:
-Hoy habrá un maremoto que nos matará a todos. Lo ha dicho el señor del tiempo de la radio.
Y como solamente nos miraron casualmente dos señoras que hacían la compra, Jordi intentó dar mayor seriedad al asunto:
-Y lo ha leído mi madre en el diario de la mañana.
Pero solamente logró que nos mirara, también por casualidad, el  que tenía un puesto de manzanas y parece que también de moscas.
Y como para entonces ni soñábamos con la tele, quise impresionar a aquella concurrencia que nos ignoraba pese a la gravedad de nuestro anuncio y con mi voz tremendamente estridente entonces, añadí:
-Y también lo ha dicho Franco en el No-Do… -indiferencia total. -En el cine… -acoté. Más indiferencia, -El sábado pasado…
Visto lo narrado, nos fuimos desanimados a nuestras casas y allí nos esperaba a Juan y a mí, no a Jordi no me explico por qué, la respuesta a la broma del peque Ambrosito y la respuesta fue en forma de correazos y bofetadas y corrió por cuenta de mi abuela y de mi padre.
No hubo ni fiesta ni regalos.
¡Feliz cumpleaños!

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