Pavo navideño al horno con puré de manzana y rayitas de caviar iraní

Más o menos en junio de un año cualquiera de hace ya mucho tiempo, compró mi padre un pavo para engordarlo y hacer en Navidad un pavo relleno, con una guarnición, decía mi querida madrastra, de puré de manzanas, ciruelas pasas y rayas de caviar iraní. Mi hermano Juan y yo, no terminamos de comprender el por qué de ese cambio de menú, pues un par de meses antes habían adquirido una pareja de faisanes con el mismo fin, o sea comérnoslos en esas fechas tan señaladas.
Pusieron al pobre y esmirriado pavo aún joven, pero no por eso menos ruidoso, en una de las amplias jaulas del gallinero que aparte de una docena de gallinas rojas y rollizas cuya vida se había respetado porque eran excelentes ponedoras, tenía como inquilinos ocasionales a los dos citados faisanes y a una cantidad incontable de conejos que ocupaban el resto de las jaulas, todos ellos descendientes del mascota del programa radial Fogata Juvenil, y de su pareja. La mascota pasó a mejor vida a manos de nuestro fiel y hermoso perro Duque y los conejos no sumaban muchos más, porque de vez en cuando regalábamos uno o dos a diferentes amigos o conocidos.
El pavo nos llamó la atención a mi hermano y a mí, amén de al perro, porque no dejaba de dar esos desgradables gorjeos que les caracterizan, no sabemos si nomo respuesta o provocación a los ladridos, en un duo al que permanecían ajenos los faisanes y los conejos. A la casa no llegaban esas ruidosas discusiones, porque el gallinero estaba detrás del aparcamiento de coches que distaba de la casa unos cuantos y convenientes metros.Comenzaron a pasar las semanas y el triste pavo del principio se convirtió en uno gordo y saludable para alegría de mi padre y su mujer, pero no para la nuestra que nos habíamos encariñado con aquel pájaro de colgantes mocos rojos y extraña cresta peluda en su emplumado pecho.
A medida que se acercaban las datas festivas, Juan y yo comenzamos a urdir distintos planes para salvar el pellejo del pavo.
Primero sugerimos, a través de recetas, una larga lista de manjares en base a faisán, y fue cuando nos enteramos de que mi madrastra se había quedado prendada de la bella estampa del macho y había decidido dejarlo como mascota y obviamente no le privaría de su derecho a fornicar con su pareja (al no estar casados, los faisanes no hacen el amor, sino que fornican, algo aplicable al resto de animales y pecadores humanos).
Nuestra sugerencia para una cena de Noche Buena y una inolvidable comida navideña, pasó entonces por la suerte de los conejos, pero se dio el caso de que mi madrastra les había puesto nombre a todos y había comenzado a considerarlos como mascotas y ni pensar en comerlos, así como tampoco seguirlos regalando.
A un par de semanas del ajusticiamiento de un pavo inocente y conocedores a esas alturas de que la mujer de mi padre amaba la belleza estética de los animales, urdimos un plan descabellado y nos fuimos muy temprano a una granja cercana con nuestro pavo a cuestas y lo cambiamos provisionalmente por un pavo real ornado de noble y admirable esplendor. El trato con el granjero fue que nos llevábamos su ave a cambio de la nuestra y algo de dinero para compnesar cualquier posible accidente, pero que comenzado el nuevo año, cada bestia volvería a su gallinero original.
Pusimos al nuevo residente en su jaula y como seguía siendo muy temprano, mi hermano y yo formamos un tremendo alboroto, anunciando que durante la noche nuestra cena navideña se había desarrollado resultando ser un mejestuoso pavo real. No hubo tiempo para saber si nos creyeron o no, porque la madrastra enloqueció de alegría con tan gallardo pavo y finalmente en la Noche Buena cenamos langosta con puré de manzanas y rayas de caviar iraní y otras exquisiteses y en Navidad lechón relleno de no se qué de nueces y acompañamientos diversos.
Nunca fuimos a recuperar a nuestro querido pavo para no dejar al descubierto el cambiazo, aunque nuestras dos decenas de años de edad nos habían otorgado la suficiente experiencia como para saber que los viejos no eran tontos.

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