Mons. Francisco Javier Zabaleta

Le conocí un sábado por la mañana en su modestísima casa de San Félix, en Venezuela.

A Monseñor Farncisco Javier Zabaleta, un anciano sacerdote vasco, pequeño, delgado, encorbado, de pelo tan blanco como su habitual sotana, le acompañaba la fama de santidad. No en vano, pese a su humilde posición de cura párroco de la llamada Catedral de San Félix, una vetusta y pequeña iglesia blanca enclavada en la plaza Bolívar de la ciudad, el Vaticano se hizo eco del clamor popular y le concedió honoríficamente el título de Monseñor. También, a cuenta de la cantidad de obras que el cura intentaba mantener en el anonimato, pero que se encargaban de promocionar los beneficiados, fue el primer personaje vivo en Venezuela que recibió el honor de tener una calle a su nombre, en su caso, una importante avenida de Ciudad Guayana (la fusión de San Félix y Puerto Ordaz).

Un día, hacía tiempo, había rezado los responsos por la madre muerta de mi suegra, pero aunque me llamó la atención la imponencia que irradiaba de su frágil figura, no sabía nada de él.

Ese sábado llegamos a su casa mi mujer y mis dos hijos mayores, que tenían para entonces cuatro años, a pedirle hora para bautizarlos.

Nos recibió ataviado con su sotana y tras disculparse por la falta de muebles (tenía solamente una mesa desvencijada, una silla a la que le faltaba una pata y un colchón en el que los resortes pugnaban tozudamente por salir y que seguramente le servía de cama).

El cura no dejó de expresar su alegría por nuestro decisión de bautizar a los peques. Valoraba aún más que lo hiciésemos tarde, porque eso para él había sido producto, como en efecto lo fue, de una decisión meditada y por tanto, decía, aconsejada por el Espíritu Santo.

Una vez acordado el día y riendo a carcajadas cuando mis hijos terminaron de romper las otras tres patas de la silla dejando al religioso sin el único, aunque inestable, mueble donde posar sus asentaderas, nos dio la fecha para el bautismo y cuando hablamos de colaboración con la Iglesia, se puso serio y dijo que ese bautizo era un regalo para Jesús y por lo tanto lo era también para él. La iglesia, añadió, lleva siglos ahí y no ha necesitado de colaboraciones para permanecer en pie y que él ya se apañaba día a día.

En efecto, la iglesia de la plaza que llegó a ser el símbolo de la pobreza y la caridad de Monserñor Zabaleta, se mantenía en pie pese a las enormes campanas que amenazaban con su peso con derrumbar el campanario y el buen cura, aunque flaco como un fideo era ágil a pesar de su avanzada edad.

Al salir conversamos con los vecinos del sacerdote. Nos contaron que el dueño de una cafetería le daba diariamente la comida y que el hombre agarraba unos cabreos soberanos, porque aparentemente el religioso tenía suficiente con pan y agua, porque el resto lo guardaba en pequeñas ollas y en la tarde lo repartía entre algunos pocos vecinos hambrientos de algún barrio que solía visitar al azar. El dueño de la cafetería le amenazaba con no darle más de comer y el buen cura le contestaba: “pues mire usted, si usted no alimenta a este pobre cura vasco y a la gente que lo necesita más que él, otro buen hombre, iluminado por la Vírgen María, lo hará”.

Nos fuimos al bar y le preguntamos al propietario, un hombre grande, de suaves rasgos africanos y prominente barriga, acerca de su relación con el cura y para sorpresa nuestra, se le llenaron los ojos de lágrimas y simplemente musitó: “es un santo” – y tras una pausa, añadió -“pero si no come, se nos va a morir”.

Pero pasaron muchos años antes que Monseñor Zabaleta muriera, y también muchas humillaciones.

Con los muebles sucedía lo mismo que con los alimentos. Distintas fábricas le regalaban de tanto en tanto camas, mesas, sillones y se los entregaban bajo la promesa de que los conservaría para su uso, pero se ve que pese a su halo de santidad, Monseñor cometía sus pecadillos -mentiras piadosas- y así como entraban esos muebles en su casa, los repartía por los barrios, pero los fabricantes siguieron por un tiempo proveyéndole de muebles haciéndole creer que se tragaban sus promesas. Y cuando la entrega voluntaria del mobiliario cesó, el propio Monseñor compraba más muebles que pagaba con el infinito agradecimiento de Nuestro Señor y su Madre.

Monseñor Zabaleta ofrecía misas en su catedral, pero también en los barrios marginales al aire libre y arrastraba multitudes que quedaban subyugadas por su mensaje sencillo y claro avalado por una vivencia de entrega total tanto al Dios en el que creía con una fe ciega, como a sus ovejas.

Un día, Roma convirtió a Ciudad Guayana en Obispado y a la “catedral” de nombre en Catedral de hecho y de Derecho y encargó la Diócesis a un joven y soberbio desconocido. “Ya Monseñor Zabaleta pondrá en vereda a este muchacho engreído”, se llegó a comentar, pero el nuevo Obispo ordenó derribar la vieja Iglesia y la humilde casa de Monsseñor Zabaleta y a éste le recordó que ya estaba en edad de jubilarse. Y así, de un día para otro, el anciano santo, desprovisto por una incomprensible jerarquía. de su techo, de su iglesia y del acceso a ese pueblo que tanto amaba, se regresó después de muchas decenas de años, a morir a su pueblo natal.

Ni siquiera permitió el nuevo obispo que el cura acudiera a los actos de homenaje que le habían preparado pueblo y autoridades. Llegó a decir el obispo: “Si se rinde un homenaje a un hombre de la Iglesia, se le rinde a la Iglesia y en esta Diócesis la Iglesia soy yo”.

No hubo homenaje ni despedida.

Ni siquiera hay la intención de esa jerarquía de intentar elevar a ese hombre a los altares.

Era demasiado bueno. Demasiado parecido a Cristo.

Demasiado pobre tal vez para merecer la atención de sus superiores.

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