Facebook ayuda a reconstruir el pasado para transportarlo al presente

Un día, el 13 de octubre del 67 llegué desde Madrid directamente (un “directamente” utilizado para saltarme que lo hice tras viajar catorce horas en avión, en un trayecto mayormente nocturno, permanecer nueve horas en Santiago y viajar otras diez en un tren nocturno) a Chiguayante en Chile.

Ya Juan, mi hermano, me había anticipado con su innata exageración, que en Concepción (la ciudad más cercana al pequeño pueblo de Chiguayante), estaban las mujeres más guapas del Universo… ¡que enloquecería ante tanta y variada belleza!

Y aunque, como en todas partes, había chicas y chicos guapos, también los había menos guapos, aunque a decir verdad, todas sus amigas que lo fueron luego mías, eran unas chavalas no solo estupendas y simpáticas, sino que también muy guapas.

Rápidamente Juan me introdujo en el ambiente social penquista (gentilicio conque se conoce a los habitantes de Concepción) y en los primeros meses emergieron dos personas de las que guardo unos recuerdos imborrables y a quienes puedo decir que quiero entrañablemente porque forman parte de aquel período de transición entre la nostalgia por la tierra que había dejado y la adaptación a aquella otra en la que permanecí algo más de cinco años.

Eran dos chicas, muy amigas, de pelo negro, seria y muy mona una,  de pelo castaño extrovertida y también muy mona y la otra, . Eran María Olga Toro y Loreto Zapata.

Recuerdo cuando las conocí. Fue la primera vez que llegué a casa de María Olga. Allí estaba Loreto, como casi cada vez que fui a merendar a esa casa, la de los Toro, una gente de verdad maravillosa. No recuerdo haber ido nunca a casa de la bella Loreto, aunque lo más probable es que si fuera de vez en cuando.

A mí, mira tú qué raro, me gustaba -y mucho- María Olga, pero también me gustaba -y mucho- Loreto.

Con estas chicas y un grupo adicional de amigas y amigos, pasamos entre fiestas, reuniones, visitas, meriendas, tardes de cine, y otras muchas actividades, unas jornadas de esas que sin mucha trascendencia, te dejan marcado de por vida.

En el plano sentimental, ya lo digo, me gustaban las dos y así como creí que en igualdad de condiciones, tendría más posibilidades de tener una relación con María Olga, por su caracter introvertido, me asistía la absoluta convicción de que si le expresaba a Loreto mi rendida admiración, se iba a reir en mi cara, así es que nunca lo intenté.

Con María Olga lo hice en un par de ocasiones y ambas estuvieron marcadas por mi innata cualidad de no saber hacer bien las cosas (un defecto que he debido corregir a través de mucho tacto y diplomacia en los años posteriores).

La cosa, es que la primera vez que le expresé a María Olga que la quería, lo hice a través de una carta en mano, que le envié por intermedio del chófer familiar, el “mono” Ávila, al que le llamábamos “mono” no porque se pareciera , sino porque era igual a un simio. En la nota, para terminar de cagarlas, le pedía a mi tierna y linda pretendida que me diera respuesta por el mismo conducto y obviamente, porque no era lo indicado, no hubo una respuesta, aunque sí el “mono” Ávila riéndose hasta las lágrimas, me contó cómo a las amigas les había faltado poco para orinarse encima entre un tsunami de carcajadas.

Poco después y superado el conato de humillación, muy natural ciertamente, opté por hacer una fiesta exclusivamente destinada a declarar personalmente mi amor a María Olga.

No recuerdo haber visto tanto invitado a ninguna de nuestras fiestas, ni que la música estuviera solamente basada en baladas.

Como siempre he sido muy tímido, me aprendí un guión muy bonito para recitarlo delante de mi amiga, pero, comenzaron a faltarme las agallas… ¿Y si me decía que no quería más que amistad? ¡Qué corte! ¿Y si se reía delante de toda esa sociedad joven que se había acercado hasta mi casa? ¡Qué palo! ¿Y si me mandaba lisa y llanamente a la mierda? ¡Qué horrible!

Ante tanta angustia y tantas interrogantes, decidí darme ánimos con algunos cubatas y horas después, cuando la reunión languidecía y mi cuerpo más que agua contenía alcohol, envalentonado, me decidí a sacarla a bailar y salí como un bólido a hacerlo, y con la decisión romántica absolutamente tomada, quise coger su mano, pero otro chaval se me había adelantado en fracciones de segundo y en centímetros y yo, para no hacer el ridículo, continué con mi mano abierta hacia otra dulce chica a la que apenas conocía y fue dar los primeros pasos al ritmo de una balada adecuadamente suave, para comenzar a declamar aquel guión preparado para otra destinataria y la chavala que compartía la cadencia marcada por la melodía, entre sorprendida y asombrada, no supo decir que no, aunque, afortunadamente, tampoco que sí.

Corrí luego a pedir consejo a Estela, una prima de María Olga y nuevamente las carcajadas fueron la respuesta. Lo más doloroso es que entre quienes reían estaba la propia María Olga, quien, no obstante, hizo mutis respecto a mis pretensiones.

Poco a poco… la universidad con sus nuevas gentes, el afianzamiento de mi relación con otra chica, la entrada en mi vida de Sandra y Olga, las mellizas con las que compartía una amistad incondicional, aula en la Escuela de Periodismo y micrófonos en Radio Cooperativa, me fueron alejando de aquellas queridas amigas que marcaron para siempre esa efímera época y que se convirtieron en dos personas muy importantes en lo que ha sido mi devenir por el mundo.

Y a ambas, María Olga y Loreto, después de muchos años, cuarenta más o menos, las he vuelto a encontrar gracias a las nuevas teconologías, gracias a Facebook y aunque la alegría es enorme, se matiza por muchos lustros sin compartir la evolución personal, las familias, las obligaciones y en el caso de ellas, puede ser que no haya tenido yo la misma importancia que la tuvieron para mí, pues sus vidas pueden haber sido más sosegadas, más estables geográficamente -o no- y un lapso de tiempo que para ambas puede haber sido parte del tránsito vital normal, para mí coincidió con el principio y el final de una etapa muy rica en vivencias personales y profesionales.

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