Blue eyes

La verdad es que la iamgen hecha con esmero en el Paint, no hace justicia a la belleza de la chica, es más, ni se parece a ella, pero como hay que ilustrar las notas, pues ahí la dejo

De joven no es que tuviese pocos amores, tampoco muchos. Vamos a ver, que ni era monógamo ni tampoco promiscuo. Pero ojo, que al decir que no era monógamo, no significa que estuviese con dos o más chicas al mismo tiempo, sino una detrás de otra, como debe ser en esas circunstancias marcadas por la falta de compromiso, aunque tampoco tantas como las que me gustaban porque me acompañaba, lamentablemente, un halo de intelectualidad que de verdad no ayudaba demasiado.

La cosa es que entre las chicas que me gustaban habían tres grupos, aquellas con las que nunca tuve nada más que una amistad, aquellas con las que me enrrollé y las otras con las que salí en una relación más o menos formal.
De la etapa a la que me refiero en esta nota anecdóaica, mi época universitaria en Chile, o sea entre 1969 y 1973, recuerdo muchos nombres, no todos, de las chavalas que se englobaron entre las que me gustaban, y por orden más o menos cronológico, puedo citar a Cecilia, María Olga, Loreto, dos María Eugenia, dos Carmen, dos Andrea, dos Verónica, Ximena, Elizabeth. Paz, Olga y un corto etcétera y todas, excepto Elizabeth que pasaba de mí de forma casi hiriente dada su asumida hermosura, tenían algo en común, es decir, los ojos marrones. Esto no tendría nada de particular, pero hubo un momento en aquellos meses en que quise poder estar con alguna chica de ojos azules.
Una tontería, ya lo sé, pero a los 18 ó a los 20, uno todavía tiene la cabeza poco amueblada..
Unos meses antes en Barcelona, había estado tonteando con la Reca, una guapa extremeña de ojos azules de la que para variar, me enamoré infinitamente y la relación duró hasta que me enteré de que detrás del apócope de Reca, existía un nombre de verdad, Recadera y aunque entre los sueños pasionales en torno a la dulce y guapa Reca, siempre me planteaba la adaptación progresiva a los inevitables cambios que el tiempo impondría implacablemente durante aquella anhelada relación eterna, no pude con la idea de que debería soportar de por vida tan inusual y disonante nombre y no de la noche a la mañana, como se suele decir, sino antes de una hora de conocer su apelativo bautismal, dejé a la Recadera.
Cuando llevaba ya largos meses en el nuevo ambiente y cuando sonaban las trompetas que llamaban a retirada, es decir a cambiar una vez más de fronteras y de amigos, conocí a una preciosidad de intensos y expresivos ojos azules. Se llamaba Carmen, Carmencita la llamé desde un principio, y vino a suplir el amor que sentía por Olga, nunca declarado por temor a perder una amistad que me era suficiente para estar a su lado y a entrar en mi vida como un precioso ser transitorio antes de conocer al también pasajero demonio, en cuyo infierno viví dos años.
Pero en fin, hablemos de Carmencita. Era pequeñita, cara redonda, ojos grandes y ya lo digo, azules, intensos y expresivos.
Tenía, si mal no recuerdo, que, debo reconocerlo, todo lo recuerdo mal, 16 años y era muy moderna para sus cosas, además de poseer una personalidad arrolladora y desprejuiciada.
Vestía un poquito al estilo hippie, tenía el pelo castaño claro ondulado, menos el que la cubría la frente hasta por debajo de las cejas, lo que destacaba aún más el azul de sus ojos. Sostenía el pelo con un pañuelo de colores, enrollado al estilo indio. Se veía, ya lo digo, preciosa.
Primero empezamos tonteando y comprendí que algo pasaba en mi errático corazón, cuando comencé a sentir que engañaba a Olga. Poco después me dominó una fuerte atracción por la chica, una atracción que se ve que era mutua, porque un día nos vimos retozando en pelotas sobre la enorme cama matrimonial de la habitación principal de visitas de mi casa… en fin, retozando y algo más.
¡Qué bella estaba Carmencita sin más trapos encima que el pañuelo alrededor de su cabeza!
¡Cómo creía amarla! ¡Cómo me convencí que sería la mujer de mi vida! ¡Cómo sentí remordimientos por Olga! y… ¡Cómo de pronto me vi en la encrucijada de tener que escoger entre la sin par Carmencita y el demonio que seguro que me había hecho alguna brujería para conquistar mi entregado “corazón partío”.
El azul profundo de aquellos ojos que eran el cielo y el mar convertidos en poema, me indujeron a tomar una decisión, haciendo lo que no había hecho hasta aquel día, ni siquiera en la cama o en los más inocentes rollos, es decir, expresarle que la quería, que estaba embobado por ella, que era la chica que Dios me había puesto en bandeja en mi camino sin destinos ni fronteras.
Llegué a su casa al atardecer . Me esperaba en la puerta del jardín y ya imaginaba por el nerviosismo que había notado en mi voz a través del teléfono, que ,lo que debía decirle era importante  y que sin duda era lo que quería compartir conmigo.
Cogí su maravilloso rostro entre mis manos y miré fijamente sus ojos.
Sabía que tenía los días contados en aquel país, por lo que mi decisión, pese a la corta edad, era seria y meditada y posiblemente nada madura y si ella seguía o no mis pasos, sería su decisión.
La besé suavemente de una manera diferente a como lo había hecho hasta ese instante, es decir, le transmití amor, pasión, sentimientos, pureza, amistad y ella me abrazó llorando mientras devolvía con la misma entrega mis besos.
Separé sus labios y volví a mirarla, a acariciarla y en un arrebato, poseído seguramente por las brujerías del demonio, le quité el pañuelo enrollado en su cabeza y le eché el pelo hacia atrás.
¡¡Y coño! Pero muy hacia atrás, porque la frente más que amplia era amplísima y los primeros pelos le nacían a la altura de la coronilla.
Fui un desalmado y comprendí que lo que amaba de la chiquilla eran sus ojitos y que una frente despejada -tal vez en demasía hay que decirlo en mi descargo- era ampliamente negativa en una decisión de tanto alcance.
Mi último beso, y ella así lo intuyó, fue frío y supo a despedida y cuando me marché sin mirar atrás. iluminado ya por las farolas que desafiaban a la incipiente noche, supe que me miraba acompañada de un llanto quedo y desconcertado.
Mi castigo fue compartir dos años el infierno con el demonio que en una de sus representaciones, la de aquella ocasión, tuvo formas de mujer.
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