Un día fui amante de una escultural morenaza de ojos azules

Una vez, hace muchos años, disfrutando de mi nueva soltería en Caracas, llegó al restaurante donde a diario comía, una cajera que nos dejó a todos flipando.
Poseedora de una belleza exótica, combinaba un pelo liso y largo, negro como el carbón, con una piel suavemente morena y unos ojos azules cuya intensidad destacaba al contraste con la piel. A todo ello, habría que añadir aquel escultural cuerpo que le moldeó el Caribe con su natural maestría.
Era, eso sí, antipática sin aparente remedio.
Pero eso era lo de menos. Comiendo, todos los hombres que comenzaron a plenar no de manera misteriosa aquel local, solíamos dar miradas no del todo fugaces, aunque sí muy intensas hacia aquella preciosa cajera cuyo nombre no atino a recordar.
Las primeras semanas no nos obsequió ni una sola sonrisa, aunque la mayoría de los hombres optamos por convertir aquel negocio también en el de nuestras meriendas, a ver si por eso de vernos más seguido, al menos saludaba a uno de nosotros. Pero nada.
Un  sábado, sin embargo, que salí a adquirir un regalo a la madre de mi madrastra que cumplía años, lo compré pensando en la incomparable beldad y en lugar de ir directo a la fiesta, pasé por el restaurante, con la esperanza de encontrarla.Y en efecto allí estaba.
-Toma, esto es para tí, -le dije y le dejé el paquete envuelto. Y con la sensación de ser un calzonazos, y sin recibir ni las gracias, ni siquiera una sonrisa, me fui nuevamente a comprar el regalo de mi abuela política y de ahí a su fiesta. El resto del fin de semana, tuve una sensación de penoso bochorno, de vergüenza, vamos.
El lunes, dudé por unos instantes de ir al mismo restaurante, porque no sé qué reacción podría tener la chavala. Sin embargo, con una mezcla de tranquilidad y pesar, me percaté que en la caja estaba el portugués propietario del negocio.
Me senté en mi mesa habitual y la escultura viviente se apareció no sé desde qué cielo y se sentó a mi lado. Con un beso en la mejilla, envidiado por la enorme concurrencia masculina, me agradeció el inesperado presente, comió conmigo, me sonrió, rió, me cogió varias veces de las manos, con efectos inmediatos en el indiscreto meato urinario que parecía estar atento para ponerse en posición firme las veces que fuesen necesarias. Para terminar me pidió que la llevara esa noche al autocine. Fuimos.
Intentando no dar la sensación de estar vuelto loco por darme un revolcón con ella, me dediqué a ver la peli y a comer, como ella, un par de hamburguesas con Pepsi.
Al final, cuando regresábamos en coche no sé a dónde porque no sabía donde vivía mi nueva amiga, me preguntó:
-¿Eres maricón?
¡Vaya palo, amigos míos! ¡Qué incomodidad!
Pero como todo tenía una solución, di media vuelta, volví a meterme en el autocine y nos dimos el lote de lo lindo y pude demostrarle mi marcada preferencia por las mujeres, en especial por ella.
Seguimos saliendo varias semanas y nunca la pude dejar en su casa. Siempre cerca, pero nunca en…
Hasta que un día, se decidió y me invitó a llegar hasta la meta. ¡Cómo me ilusionó pensar que podríamos hacer el amor en un mullido colchón y no en la parte trasera del coche!
Llegamos a su hogar y lo primero que hizo fue presentarme al marido. Pensé que el tío me mataría a golpes, pero por el contrario, se mostró más que amable, simpático.
Pese a eso, nos seguimos viendo y haciendo lo que habíamos venido haciendo, pero con un elemento añadido. La jovencilla quería irse a vivir conmigo a Managua (¿?) y yo, pues me sentía muy a gusto en Caracas y no se me había perdido nada en la capital nicaragüense.
Poco a poco se hizo habitual que su marido se fuera a pasear con nosotros, los fines de semana, o quizás lo correcto sea decir que yo les acompañaba a ellos, y a otros dos desconocidos personajillos, dos pequeñas hijas de la pareja que surgieron inopinadamente de la nada, a las que a cada rato les decían “pídele al tío Ricardo que te compre ese par de zapatitos tan lindos”, o “pídele al tío Ricardo que te compre ese vestido que te gusta tanto”, etc..
Un día, niñas, papis y este imbécil, nos fuimos a Maracay, donde vivía la familia de “mi” chica.
Residían en el barrio de Palo Negro, un sector muy deprimido y diferente a lo que estaba acostumbrado, Resultó que sus padres eran una pareja de alemanes, rubios casi albinos y de ojos azules, lo mismo que sus preciosas hermanas mayor y menor. No me costó trabajo deducir que la morena de mis amores era producto de un desliz de la mami con algún mulato de buena estampa.
Bueno, ese día las niñas quisieron que el tío Ricardo las llevara a pasear por la hermosa ciudad aragüeña en su coche y a este paseo se unieron las tías.
El tío Ricardo compró comida para todos y nos fuimos a orillas del Lago de Valencia a hacer un picnic.
Allí, en medio de aquel bucólico paisaje, la hermana menor se quiso enrrollar conmigo y yo, débil a la tentación de la carne, me dejé llevar, hasta que la hermana del medio, la morena, la casada, “mi” chica. se interpuso y le dió tal paliza y con tanta agresividad, que a su marido y a mí nos costó un mundo apartar a la iracunda mujer de su presa.
El marido pareció no reparar cuando en tono amenazante, la agresora me gritó: “¡Hijo de puta!”, ni en las miradas de odio que dirigía su mujer a la hermana, , mientras ésta gemía exhibiendo golpes y moratones por todo el cuerpo “estoy enamorada de Ricardo” y lo cierto es que hasta hoy desconozco el motivo de ese amor tan repentino.
La cosa es que de vueltas en la capital de Aragua y gastado el dinero que llevaba en el viaje, para complacer a tan peculiar familia, una urgencia líquida, me llevó directo al piso que tenía mi padre en Maracay, donde vivía solo, porque mi a mi madrastra no hubo manera de sacarla de su vivienda en Caracas. Allí mearía a gusto y además le presentaría a mis amigos.
Nada más abrir la puerta, el viejo adquirió un preocupante tono lívido y musitó con incredulidad “¿Ingrid?”, a lo que Ingrid, o sea la hermana mayor de mi amante, le respondió “Así es que aquí es donde vives, mi cielo” y yo pensé “¡Vaya cagada!”
Y vamos que sí fue una tremenda cagada, porque obligó a mi padre a vender rápidamente aquel piso y comprar otro, Amén de ello, durante varios días me recriminó por teléfono haber llevado hasta su piso a la chavala que le satisfacía sus necesidades sexuales y a la que pagaba por ello.
La historia tuvo un rápido desarrollo y un inesperado desenlace.
Dos o tres semanas después de aquello, me encontré en el restaurante con la pareja, a la que había comenzado a evitar después de lo de Maracay y a la que nunca desvelé -no sé por qué, porque no me hubiese importado compartirla con ella- mi dirección.
Con calma y las niñas presentes, me contaron que habían decidido comprar un piso en la Urbanización Palo Verde de Petare, un barrio caraqueño pero que no podían pagar la entrada, así como tampoco las mensualidades. Con la misma calma me extendieron la oferta del piso y con la misma calma, pero con una cara dura terrible, “mi” chica me advirtió “esto lo va a pagar tu papá si no quiere que su mujer se entere de lo suyo con mi hermana”.
Me quedé de piedra. Les pedí tiempo para hablar con él (debía ir a Maracay a decírselo personalmente), pero querían la respuesta, necesariamente positiva, al día siguiente,
Si aquellos sinvergüenzas me hablaron con calma, no lo fue menor la que mantuvo mi padre mientras le transmitía la coacción. No pareció importarle.
En aquel momento supe el poder de las buenas relaciones y de las amistades que de alguna u otra manera estaban en deduda con el viejo.
Hizo un par de llamadas y luego me recordó que debía regresar a Caracas que se hacía tarde.
Desde aquel día la familia entera desapareció de mi vida, como si la tierra los hubiera engullido.
Pero no penséis mal. Unos cinco años después la vi a ella por la calle, con muchos kilos de más y a las hijas crecidas y no tuvo mejor saludo, que decirme “¡maldito!” entre dientes.
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