Mi padre, el Caudillo de España

Ya desde muy pequeño tuve una imaginación desbocada, ilimitada, pero muy poco comercial, si no, me hubiese forrado desde mi primer libro.
En fin.
Una una época en que que cada vez que se acercaba un policía al coche que conducía mi padre, con tamaña fantasía me bastaban unos pocos segundos para imaginar que aquel uniformado que había tocado la sirena desde su moto y que se acercaba a nosotros dando grandes zancadas, traía en el papel que esgrimía vigoroso en su mano izquierda, una notificación del más alto estamento militar en la que se comunicaba a mi padre que, fallecido el Generalísimo -para los años 50 aquello solo era un deseo colectivo que habría de esperar unos cuantos lustros para hacerse realidad pero parte necesaria para el buen fin de mis ambiciones- los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire habían decidido nombrarle a él, mi padre, Caudillo de España por la Gracia de Dios, Jefe del estado y Generalísmo de aquellos mismos ejércitos. Me daba además, tiempo de verme con un pequeño uniforme de capitán general, detrás de mi progenitor acompañándole al presidir un desfile de la Victoria.
Lejos estaba, en mi infantil e ingenua ignorancia, de pensar que en lo que el dictador, había pensado para sucederle, era en un sujeto vago y medio tonto, y menos aún que ya lo estaba aleccionando e intentando educar para convertirle en su delfín. Y más lejos aún, de llegar a pensar que aquel malvado policía, siempre diferente según la ocasión, traía entre sus manos la libreta de multas que siempre solía ganarse mi buen padre por saltarse un semáforo en rojo, por exceso de velocidad, por no respetar un Pare o un paso de cebra.
Era muy despistado el pobre.
Y ese despiste, como digo, siempre me daba la posibilidad de soñar por algunos segundos, con ser el hijo del hombre más importante de España y si había la ocasión, se disfrutar con el pensamiento de ver al Pedrito en las mazmorras de Carabanchel por birlarme un par de canicas en el Cole o a la Nuria en una cárcel de mujeres por haber dicho públicamente que no me quería.
Pero aunque nunca se dio la circunstancia imaginada, al menos disfruté de la breve ficción y quién sabe, a lo mejor un día hasta pudo haberse hecho realidad.
Hoy me doy cuenta de lo descabellados que eran esos pensamientos y que con el despiste de mi padre, suerte tuvo de no caer en manos de los grises por haber atropellado a algún peatón o chocado a algún ciclista, que a punto estuvo en más de alguna ocasión mientras gesticulaba maldiciendo a Franco, que efectivamente, no era demonio de su devoción.
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