Una de tantas tardes en Ciudad Bolívar

Durante mi año como director del diario La Tarde de Ciudad Bolívar en Venezuela, el tiempo que más disfrutaba eran aquel par de horas que me daba para hacer reportajes urbanos para lo cual salía cada calurosa tarde entre las cuatro y las seis. Me iba con el fotógrafo de redacción a ver qué encontrábamos y lo cierto es que en la capital guayanesa, si no había algo para sacarle filo en amplios reportajes acompañados por varias imágenes. era porque el calor nos llevaba a algún bar a combatirlo con frías cervezas.
Los primeros tiempos las salidas eran con Zulay Alí, una chavala de origen guyanés -que no guayanés- que era la mar de inquieta y simpática, pero que un buen día quedó embarazada y aunque intentó ser mi compañera hasta el final, lo cierto es que a los cinco o seis meses desistió de dar aquellas carreras a las que nos obligaban a dar a pedradas algunos pobladores de barrios que se pudieran sentir ofendidos por alguna nota aparecida en nuestro diario, así como en el matutino El Expreso, de la misma editorial.
La cosa es que reemplazada por esas circunstancias por Marcos, un chaval al que nunca le caí bien del todo, pero que nos la pasamos igualmente bien, nos vimos un día enfrentados a una inquietante falta de tema, por lo que iniciamos un lento y repetitivo paseo por el centro de la ciudad, hasta que al tercer o cuarto paso por un sector cercano al Paseo Orinoco, lleno de extrañamente altos y espesos matorrales, Marcos, oriundo de la ciudad, recordó que en aquel sitio se iba a contruir o se había construído  un núcleo de las oficinas de turismo de la gobernación del Estado.
El área tendrían unos 20 mil metros cuadrados y al acercarnos, los matorrales parecían emerger de un fondo acuífero, por lo que previamente premunidos de sendos machetes, intentamos encontrar entre tanta hierba algún paso que nos llevara hacia el centro de la espesura, hasta que dimos con un pasadizo que nos dio la primera pista de que a su final o nos toparíamos con el inicio de una obra o, en su defecto con aquella obra que le venía a la mente al fotógrafo, pero que confesaba no recordar haberla visto.
Curiosamente no nos resultó difícil avanzar a través de la maleza. Parecía más bien una ruta camuflada y al final, como quien entra a una cueva, nos encontramos con una construcción moderrna y limpias sus diferentes estancias, y a la que llegaba bastante luz a través de los casuales uy pequeños espacios que dejaba la maleza que la cubría.
Al decir que las estancias y el complejo cubierto por la naturaleza estaban limpios, no quería decir que estuviesen vacíos. No. Por el contrario, en cada módulo había muestras de estar siendo utilizados por seres humanos. Colchones, muebles viejos y sorpresivamente, gran cantidad de equipos de snonido y televisores. Tantos, que difícilmente estaban allí para uso y disfrute de los eventuales habitantes de aquella moderna edificación ubicada en pleno centro de la ciudad, sin que la ciudad se enterara de su existencia.
Caminamos hacia un pequeño puente que pasaba por sobre un arroyo y al que le llegaba plenamente la luz solar. Estaría situado, calculamos en el centro del complejo. Al otro lado, más vegetación y bajo su camuflaje, más edificios.
Cuando trasponíamos los matorrales, unas toses a nuestras espaldas nos alertaron acerca de presencia humana y en efecto, en el puente se habían apostado al menos unas veintena de individuos, salidos en apariencia de la nada, todos premunidos de amenazantes machetes. Yo me ví muerto y cortado en pedacitos, porque se veía a las claras a través de aquellos rostros infrahumanos, de que no había disposición a que se conociera aquel escondrijo.
Sin embargo, la sangre fría de Marcos me asombró gratamente:
-Aquí pana, vamos a salir a balazos, dijo y se llevó la mano a la espalda a la altura del cinturón al tiempo que añadía -saca tu hierro.
No está demás recordar que en el ambiente hamponil venezolano, el hierro se refería a un arma de fuego y siguiendo su ejemplo, también me llevé la mano al cinto de la espalda.
Luego, dirigiéndose a los titubeantes sujetos les advirtió.
-No queremos usarlos, pero si uno sólo se mueve, los vamos a convertir en coladores.
Pegados espalda con espalda, avanzamos lentamente, pasando entre aquellos hombres que nos hicieron un pasillo.
Para calmar los ánimos, se me ocurrió, mirando a uno de esos tipejos, preguntarle en cuánto me vendía un VHS Panasonic y si me lo podría tener para el día siguiente.
Los semblantes parecieron cambiar. Surgieron algunas sonrisas y tres “sí” en coro me respondieron, lo mismo que tres precios diferentes, pero irrisorios. Sin perder nuestra postura sin dejar de avanzar, y reemplazado el ambiente beligerante por uno más comercial, al que añadieron otras tentadoras ofertas arribamos al unbral de la salida.
La despedida se resumió en un:
-No digan a nadie donde estamos porque si no, mañana no habrá negocio, -seguido de un:
-Y a ustedes ni se les ocurra decir que cargamos hierros porque no tenemos permiso de armas.
Hubo risas distendidas por parte de ellos y nerviosas por la nuestra.
¡Qué tremendo reportaje montamos aquella tarde!
Al día siguiente hicimos otro en el mismo sitio, adonde fuimos acompañando a palas mecánicas e incontables policías y guardias nacionales que pusieron a buen recaudo a aquellos hombres que tenían atemorizados desde hacía mucísimo tiempo a los comerciantes de la zona, sin que nadie imaginara, porque la ciudad había olvidado su existencia, que pudieran utilizar como guarida unas edificaciones que la naturaleza mantenía a buen resguardo.
Anuncios

Un comentario en “Una de tantas tardes en Ciudad Bolívar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s