El día que murió el director de la escuela

En mis primeros años de Universidad, me presenté como voluntario para dar clases en una escuela destinada a adolescentes cuyas familias no tenían recursos para pagarles la educación. Pedí hacer Castellano o Historia y me asignaron Matemáticas, algo que no había ido conmigo en la vida, aunque este detalle no es trascendente en esta anécdota..
Al principio me sentí inquieto, pues aquellos adolescentes tenían muy pocos años menos que yo, pero puedo afirmar que de inmediato hubo entendimiento y les caí tan bien que de tener fama de vagos, pasaron a ser  estudiantes aventajadísimos en la materia, lo que me atrajo una inesperada y sorpresiva antipatía por parte del director y sus primeras medidas destinadas a demostrar su desconfianza por las notas de los chavales, fue hacer examenes imprevistos de matemáticas, incluso interrumpiendo la clase. Como las calificaciones eran en todos los casos notables, el hombre, que no quería dar su brazo a torcer, me pidió que dejara el cargo argumentando mi “inconveniente” juventud y la verdad es que como me sentía cómodo y él no tenía la potestad de cesarme, continué. Asumió entonces otra táctica, o sea la expulsión de algunos de mis mejores alumnos, fuese cual fuese el motivo. Alcanzó a hacerlo con tres, generando inquietud entre el resto de jóvenes estudiantes y paradójicamente, ganándose el respaldo de otros profesores a quienes no gustaban unos resultados, que los dejaban mal parados, obtenidos, creo yo, a través de incentivar a los estudiantes en  base a la confianza mutua, el acercamiento personal y en hacerles ver que lo que hacían que participaban en competencia de cara al futuro.
La presión fue creciendo y agotado por los estudios de periodismo, el programa en radio Cooperativa y la corresponsalía para radio Almirante Latorre, opté por no repetir docencia al año siguiente. Así, el último día de clases, los chavales me despidieron con una fiesta a lo grande, en la que sus madres habían dado todo de sí para que saliéramos del salón, atiborrados de mucha y exquisita comida. Ya menguando la reunión y en los momentos de los discursos, uno de los cuales me hizo llorar de la emoción, entró el director, abriendo la puerta casi de un golpe, nos insultó a todos, habló de lo inaudito que resultaba aquello, y que debido a la imperdoble indisciplina de esa jornada, les haría repetir curso y a mí, que ya había anunciado mi decisión de no regresar, me advirtió que estaba expulsado de la escuela.
Hice aplacar las protestas de mis alumnos, me quedé mirando al impresentable y le dije en voz muy alta y clara:
“¡Váyase usted a la mierda!” y mientras los jóvenes aplaudían, el hombre se puso rojo, se le blanquearon los ojos, pareció hinchársele el pecho y se desplomó como si unos hilos invisibles que lo hubieran estado sosteniendo, hubiesen desaparecido.
Sus amenazas desaparecieron en el infinito camino trazado por la Parca.
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