LA INSOPORTABLE IMBECILIDAD DEL SER

 

Semanas atrás, cuando aún no me sometía a esa hernioplastia que tal ansiedad y pánico me produjeron previamente y que al final,  decirlo era un deber pendiente, me ha servido para  eliminar la fobia a los quirófanos, escribí una nota relativa a la ilusión que me hacía una buena cicatriz en mi cuerpo virgen (de cicatrices), para llegar, cuando sea el momento pensaba, como un macho valeroso y marcado ante las puertas enconmendadas a San Pedro, el eterno cancerbero del Cielo.
Mas, amigos míos, y también os lo conté, el cirujano tuvo tal esmero al momento de graparme la herida, que si no fuera por el informe del hospital, nadie me  creería que algún día fueron abiertas mis carnes y hurgadas mis entrañas en el sitio de la cirugía.
Hasta hace pocos días, con decepción comprensible, acepté la idea de llegar al momento final de este tránsito, con mi humanidad tan lozana como cuando con un berrinche descomunal, llegué hace unos años a este mundo.
Pero, amigas y amigos, un día, hace nada, caminando por los pasillos de un supermercado del barrio le salvé la vida a alguien, una persona anónima, porque lo que nunca hago, lo hice aquella aciaga jornada…
Aunque no lo creais de persona tan proba, sencilla y honesta a carta cabal como lo soy desde pequeño, vi, entre otras muchas, una seta que destacaba de entre las demás y, tras mirar hacia los cuatro costados sin ver testigos, cogí aquella seta y me la metí al bolsillo.
Consciente de haber pecado contra el Séptimo Mandamiento de la Ley de Dios, que nos legó a través de su dilectísimo hijo Moisés, salí temblando del super y llegué avergonzado a la casa, e incapaz de reconocer mi fechoría, dije que me prepararía un par de huevos fritos y en lugar de echar yema y clara a la sartén con aceite, dejé caer subrepticiamente, la hermosa seta…
-¿Estás seguro que los huevos no están podridos? -acertó a preguntar mi mujer que aunque estaba viendo la televisión, tenía como es lo usual olfato para todo.
-Sí, mi reina (siempre le digo reina), es que le eché un poco de salsa de champiñones -inventé al vuelo para no quedar al descubierto.
-¡Ah!, -dijo y siguió en lo suyo, o sea la televisión.
Me senté en el comedor, alejado de ella y rogando que no se acercara, porque Dios me salve si le miento, le habría tenido que confesar mi delito, antes de hacerlo con don Erasmo que me hubiera dicho “si para eso estamos los curas hombre… para perdonar los pecados…”
La cosa es que la seta estaba envenenada y me morí.
¡Madre mía, la que se lió!
Mi hija y mi mujer chillaron de tal forma, que alertaron a los vecinos, que llamaron a una ambulancia. Mis hijos menores se cabrearon porque esa noche no podrían ir a la disco y uno dijo:
-Seguro que lo hizo a posta pa’jodernos.
¿Y saben qué fue lo primero que me vino a la cabeza?
Pues que me había muerto sin cicatriz.
Pero, resulta que en la ambulancia me llevaron a un hospital. En el hospital un médico jovencillo, con algo de repeluz me miró las pupilas y me auscultó con el estetoscopia y comentó, no sin la angustia del novato:
-Este hombre no tiene signos vitales.
Me bajaron al sótano, me depositaron sobre una fría mesa metálica y allí me dejaron en cueros y a oscuras toda la noche.
“Coño, pensé, y al final las palmé sin una bonita cicatriz”.
¡Pero ya la tendría, ya! ¿Qué os creéis?
Sería ya de mañana, cuando un tío, cubierta la cabeza con un protector transparente y el cuerpo con un delantal plástico, me abrió en canal desde las dos clavículas, uniéndose el tajo a la altura del esternón y siguiendo luego en una sola línea hasta el ombligo. Poco después, con unos grandes alicates, me rompió y abrió el costillar y del interior de mi cuerpo, sacó todas las presas de que dispuso. Luego me pasó una sierra en círculo desde la frente rodeando por la  nuca y me vació, el muy animal, de sesos.
De pronto comprendí, que después de muerto tendría las más espectaculares cicatrices que jamás hubiese podido desear y, leedme bien, me alegré.
Y en efecto, con la misma falta de delicadeza con la que el sujeto me había abierto en canal y me había dejado sin sesos en la sesera, cerró el costillar y cosió sin miramientos la “Y” que había hecho con muy mala caligrafía, todo hay que decirlo, sobre el pecho.
¡Qué cosa tan guapa me dejó en el torso! ¡Cómo se alegraría mi reina cuando me viera y con qué admiración me contemplaría en las puertas del glorioso reino su portero oficial!
Pero aún quedaba la que me dejarían en la cabeza, pero no, el hombre me pegó con cuidado las carnes utilizando el mismo pegamento que aplicó a mis labios y a mis párpados! O sea que en la cabeza, más que una línea rojiza casi invisible, no quedaba nada, ni los sesos, ya os lo digo.
Una voz lejana, anunció, “lleva el cuerpo a la salita para que lo reconozca la viuda”, como si la viuda necesitara reconocerme después de tantos años juntos.
Y, oh, placer de los placeres, mi reina sería la primera en contemplar y disfrutar de mis marcas, aunque quizás el dolor de tan irreparable pérdida mitigaría un poco la ilusión.
Pero el infeliz carnicero, me cubrió completamente con una sábana blanca y me trasladó en camilla hacia una sala muy iluminada. Allí descubrió solo mi cara y mi mujer,, que tanto lloró y chilló la noche anterior, había ya secado sus lágrimas y como único comentario, le preguntó al funcionario de la morgue:
-¿No está un poco palidito, mi marido?
Y cuando comenzaba a asombrarme su sangre fría e indiferencia, el asombro cayó a plomo, cuando el infeliz le respondió:
-Usted no se preocupe, señora, que cuando se lo entreguemos, le da un par de pellizcos en los cachetes y cogerá color…
¡Hijo de la gran puta!
Y mi mujer en lugar de ponerlo en su sitio, rió divertida.
Es que como decía doña Estelita Gobelinos Mandurraña en sus memorias, ¡no somos nada!
Algún curioso habría en el velatorio, supuse, que querría ver mis largas marcas, porque ya a esas alturas, varias horas después de finado, comencé a dudar de la existencia de San Pedro, su puerta y el cielo, porque según lo aprendido, el alma viaja rauda hacia el infinito y más allá, y no se queda a completar ambiciones terrenas dentro de un cuerpo troceado.
Pero, por decisión familiar y a falta de dinero para un maquillaje en condiciones, dejaron cerrada la tapa de la urna en el tanatorio, así es que la gente no vería ni siquiera la suave marca alrededor de la cabeza.
¡Qué angustia!
De esta manera, con la decepción tremenda de no poder exhibir mi monumental cicatriz, solamente me quedó escuchar lo que decía la gente al otro lado de la caja.
Uno, por ejemplo, comentaba “ya me voy, que he quedado con los amigos para jugar al Mus en el Memorial Ricardo Salvador”… ¡Mira que se habían tardado en sacar tajada lúdica a mi fallecimiento!
Y una voz femenina que le decía a un oído asexuado “me parece que le han desfigurado la cara durante la autopsia, por eso lo tienen tapado” y más allá, un imbécil que se las daba de listillo, le dijo a otro u otra, en voz baja, porque ni siquiera tenía la valentía de decir lo que pensaba en voz alta… “esto de venir a un funeral sin que te dejen ver al muerto, es como ir a una boda y no puedas ver a la novia”.
¡Marranos!
-¿Cuánto más va a durar esto? -preguntó uno de mis hijos menores, -que ayer ya no pudimos ir a la disco.
E iba a durar poco, porque un hombre vestido rigurosamente de negro, camisa pulcramente blanca y una corbata de seda, azul oscura, anunció:
-Hemos de llevarnos los restos de nuestro apreciado Ricardo para proceder a su incineración.
¡Santo Cielo! Tanto desear una cicatriz, para que en segundos se consumiera en las llamas.
¿Y yo también me consumiría?… ¿Mi espíritu quiero decir?.
Entonces mi viuda, le comentó a mi hija:
-Menos mal que esto se acaba, que con este corre corre, no comemos nada desde anoche.
-Yo te voy a preparar un arroz con mariscos y verduras que hasta papá muerto, si no lo quemaran, se lo comería.
Y sentí como el ataúd corría por una cinta hacia un fuego abrasador y mi alma eterna no lo abandonaba…
¡¡¡Iba derecho al infierno!!! Por pretensioso, seguramente…
Y el fuego ya me quemaba los pies y…
-¡Será asqueroso el tío! ¡Levántate de la cama que te la has meado completa! -chilló mi dulce reina.
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