ADIÓS ABUELO

Hace muchos años, unos treinta y cinco, aproximadamente, cuando la vida la veía desde la perspectiva de padre e hijo y no como ahora, que se reduce a una más simple y contemplativa, la de abuelo y padre, escribí para la revista dominical del diario venezolano El Expreso, un breve relato que llevaba por título “Adiós abuelo”.
Contaba a través del diario, cómo había sido la relación entre mis primeros hijos y mi suegro, un viejo lobo de mar, severo en el trato, parco en el habla. Con ideas muy claras e inteligencia aguda. Solía participar en las charlas como observador, hasta que le tocaba objetar algún punto, algún desliz, una afirmación que a su entender no era correcta -y pocas veces, si hubo alguna, dejaba de tener razón.
Mayor cuando le conocí, rondaba los 73 años al nacer mis hijos, y ya era abuelo de dos mozos y una moza, ninguno de los cuales llegaba a los tres años. Con los tres primeros, la relación era de cariñosa distancia, de orgullo reprimido, de macho de principios del siglo XX, para quien hijos y nietos, amor aparte, era cosa de mujeres.
Cuando llegó la primera camada de su única hija entre tres varones, pensamos que la cosa podría ser quizás menos inflexible, más elástica, pero como lo había hecho en las anteriores oportunidades, él permaneció en casa mientras mi mujer daba a luz. Las mujeres ya ayudaban mejor en estos casos y para hombres, ya estaban, pensaría, bien representados por mi.
En un momento que pasé por su casa buscando más pañales para los niños, que nos sorprendieron llegando en pareja, ya que a falta de ecografías para entonces, la sorpresa del número corría a cargo de una radiografía, que por anticiparse el parto no fue posible realizar y la del sexo se desvelaba al momento de alumbrar.
Estaba Antonio, que así se llamaba el hombre, de pie en el porche de la casa, serio, con la vista clavada en ninguna parte y fumando, como lo había hecho yo en la sala de espera de la clínica, su enésimo cigarrillo. Cuando me acerqué a él, con su peculiar acento de hijo de la Isla de Margarita, sólo quiso saber una cosa “¿Cómo está mi hija?”, una pregunta en la que sobraban “la niña de mis ojos, mi adoración, mi razón de ser”, porque la veneración que sentía por ella la conocíamos todos. Tras tranqulizarlo explicándole que todo había salido bien y que mi joven esposa estaba algo débil, pero feliz y tranquila, esperé la segunda parte de la pregunta, o sea la referida al sexo del niño, pero me dio la sensación de que temía hacerlo, así es que se lo solté sin hacerle esperar: “Antonio, eres abuelo de dos preciosos gemelos”. “¡Hijo’er diablo!” escuché que exclamaba al más puro estilo margariteño, mientras que una sonrisa que no le había visto nunca, se esbozó en su radiante rostro. ¡Qué orgullo más grande! ¡Qué felicidad más infinita!
Sus ojos, siempre secos, se llenaron de lágrimas y convirtieron su apergaminado rostro, cincelado durante años por el sol y la sal, en un monumento al equilibrio más exquisito de emociones y sensaciones, que habían logrado romper el dique de permanente contención. Pero ojo, que el viejo marino lo supo recomponer en poco minutos con una poco creíble explicación “este sol me pica los ojos” y una reafirmación de que su sitio no estaba en la clínica… “cuando salgan de la maternidad me los traes”.
Cuando al día siguiente, hija y nuevos nietos llegaron a su casa, se rompieron todos los principios del viejo, porque desde ese día y hasta el último que el destino quiso, no tuvo otra actividad, otro anhelo, otro proyecto, como no fuera estar al lado de aquel par de pedacitos de carne berreantes que comían y cagaban mucho y dormían poco.
Los retoños fueron creciendo no solamente a la sombra de sus padres, que les guiábamos, les dictábamos normas, les inculcábamos principios de disciplina, sino también a la del abuelo, que nos estropeaba el esfuerzo, con su apasionado consentimiento, con su incondicional entrega… Y si le llamábamos al orden, se reía como reían nuestros hijos..Era tal la asimilación entre los gemelos y su abuelo, que aquellos largos paseos en los primeros meses que daba el abuelo llevando consigo el cochecito de los bebés, se convirtió más adelante en caminatas tan largas como los extremos de sus edades se los permitían, amenizadas con charlas de nunca acabar, en las que los peques celebraban con algarabía cualquier salida de tono -controlada- del viejo, y éste a su vez hacía lo propio con las de ellos.
Cuando tuvimos que ponernos serios, fue durante el primer año de preescolar de los niños, porque el abuelo en su afán de no abandonarlos, se convirtió en un alumno más de la clase, sentándose al final del salón y escuchando atentamente lo que aprendían sus nietos y sus nuevos amiguitos.
Fue en esta etapa cuando al buen Antonio comenzó a fallarle la salud. En varias ocasiones se desmayó -nunca delante de sus niños para evitar traslucirles su humana fragilidad- y en otras presentó alteraciones cardíacas. En ese estado que era extraño en un hombre que parecía eterno, no permitió que sus visitas al médico o cualquier examen de salud coincidiera con alguno de los momentos que dedicaba a los chavales.
Más desmayos, más trastornos y más molestias, le llevaron al Hospital Uyapar, de Ciudad Guayana y aunque intentamos explicarles a los mellizos que no sería posible que le vieran todos los días, porque no estaba permitida en el centro la entrada a menores de siete años, salvo que estuviesen enfermos, estos no dieron su brazo a torcer, hasta que al final optamos porque lo vieran de lejos y así, todas las tardes a las cinco, el anciano abuelo se asomaba por un balcón de la cuarta planta desde donde a gritos mantenía su alegre comunicación con ellos. Después de un tiempo, el dolor y los mareos no fueron obstáculo para que se siguiera asomando, aunque sí para hablar, por lo cual nuestros hijos, siguiendo una consigna común, optaron por cambiar los diálogos por un monólogo a dos voces que se resumía en un “te queremos, abuelo”, repetido tantas veces como minutos estuviésemos allí.
Agotado por la enfermedad, fue enviado a casa y aunque apenas podía levantarse del lecho, sus niños le llevaban toda la alegría que le negaba la salud.
Sentados los mellizos sobre la cama a los pies del abuelo, volvieron por unos días a hablar de todo y de cualquier cosa, y a reir, a reir mucho. ¡Vamos que Antonio se olvidaba que estaba a las puertas de la muerte!
Un día, justo cuando hicimos un viaje corto e ineludible, el viejo dejó de respirar.
Durante el rápido trayecto de regreso informamos a los niños que el abuelo se había ido al cielo y como única respuesta, comenzaron a manipular frenéticamente unos trozos de plastilina que luego guardaron en una pequeña bolsa con silencioso respeto.
Insistieron en ver al abuelo en la Funeraria.
Cuando llegaron, ambos se asomaron a contemplar el cuerpo yacente del noble marino y sin un asomo siquiera de tristeza, depsitaron sobre el cristal que lo cubría, sendos barquitos modelados con plastilina y antes de pedirnos que les llevásemos a casa, los dos a duo, le dijeron:
Adiós abuelo.
Nunca le han olvidado.
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