¿Sabían leer algunos culos de los de antes?

Lo que os voy a contar hoy, debo reconocerlo, me llena de rubor, porque indica que tuvimos, mi hermano y yo, una época bastante estúpida dentro de un “pijismo” del que yo renegaba pero como quedará demostrado en este relato, practicaba.
Comienzo.
Llegó un día a nuestra casa una amiga, la Isabelita, que nos tenía locos con su belleza, dulzura y simpatía. Incluso, sin su conocimiento, habíamos llegado a pensar para el futuro, en un “menage a trois” para no romper nuestra férrea unión fraternal.
Antes que olvide comentarlo,, teníamos entonces, él 14 y yo 13 años.
La cosa es que la preciosa y soñada Isabelita, alta, delgadita, cara de diosa, ojitos azules de ensueño y un pelo rubio muy liso que le llegaba casi hasta la cintura, llegó acompañada de Raffaella, una italianita tan alta como la Isabelita, pero no solamente con una cara de diosa, sino con cuerpo de diosa; morena y con el pelo también liso pero de un brillante castaño oscuro.
Y además, como la Isabelita, era muy dulce y muy simpática y además, al ver una guitarra sobre uno de los sillones de la sala, la cogió, la afinó y se puso a cantar como los mismos ángeles.
Mi primer pensamiento fue ser generoso con mi hermano, dejarle a la isabelita para quedarme con la Raffaella, con la que había decidido abruptamente, que debía para siempre parte de mi vida.
Pero unas cuantas canciones más adelante y un baboseo increíble por parte de los dos que demostraba que Juan había tenido en su mente una generosidad similar a la mía, las chavalas se despidieron… la pobre Isabelita no pudo disimular su desazón, pues siempre había sido nuestra musa y centro de mimos y galantería.
La despedida no se detuvo en un par de besos, sino en intercambio de teléfonos y averiguar la dirección de ella.
Los primeros días fueron un vano intento por localizarla a través del teléfono, pero ni modo. Simplemente el número no existía, o sea, que la muy malvada nos la había jugado.
Sin embargo, los dos, desesperados por volver a ver a aquella deidad escapada del Olimpo, nos jugamos la última carta y un miércoles después del cole, cogimos el autobús y tras recorrer toda la ciudad, nos percatamos que la numeración nos llevaba a la gris periferia. Tras apearnos del transporte, caminamos un largo trecho, hasta llegar a una casona grande, algo abandonada y muy, pero que muy apartada del vecindario.
¡No! ¡No es lo que pensáis! ¡Raffaella no era un fantasma!
Tocamos el timbre varias veces y como no respondía nadie, comenzamos a llamarla a gritos por su nombre y de pronto, apareció la itálica beldad tras la puerta que se abrió lentamente.
No estaba contenta de vernos. Avergonzadilla, quizás. Tampoco nos invitó a entrar, aunque sí lo hizo el clon mayor, gordo y feo de ella… Era su madre y aunque todo parecía indicar que la preciosa Raffaella llegaría en un punto de su vida a igualar el aspecto de la madre, ni mi hermano ni yo dudamos en nuestra ilimitada admiración.
La buena señora se disculpó no sé por qué, nos hizo sentar en un salón muy oscuro y marcado por un fuerte olor a humedad.
La madre resultó ser muy simpática y parlanchina, mientras la hija se mantuvo silenciosa y en un rincón, el más oscuro del oscuro salón. Apenas se perfilaba su sombra.
El viaje que fue mucho más largo del esperado y un vaso de agua detrás de otro con los que la buena señora nos quiso cumplimentar, obligaron a Juan a pedir por el servicio para saciar unas ganas de mear que a mí también me apretaban.
Al regresar, venía pálido como el papel, tanto que parecía brillar entre la penumbra. Me miró de reojo y yo sin reparar primero en que Raffaella no estaba en el salón, que la madre seguía hablando como si nada y en el cambio de actitud de mi hermano, me fui corriendo al servicio y meé, claro que meé porque si no me lo hacía encima, pero atenazado por el asombro y el temor de que alguno de nuestros amigos del cole llegara a enterarse de lo que habíamos descubierto con minutos de diferencia.
Aprovechamos de salir de aquella casa cuando la buena madre de la “desaparecida” Raffaella, fue a la cocina por otro par de vasos de agua.
Estuvimos una semana o más sin mencionar el asunto, pero cuando nos volvimos a ver con la Isabelita, que aún estaba dolida por nuestra discriminación de la última vez, le conté con mi maldita falta de pelos en la lengua…:
“Tu amiguita Raffaella y su familia parece que tienen culos cultos, ¿verdad?”
No captó la ironía en mis palabras, ni la sorna. ¡Imbécil de mí!
Y mi hermano tuvo que explicarle…:
“Esos amigos tuyos se limpian el culo con papel de diario”
Fue además de irónico, socarrón. ¡Imbécil de él!
La Isabelita se llevó las manos a la cara y dio un grito espantado y luego intentó explicar por todos los medios que no era su amiga, que la había conocido casualmente, pero que si tan siquiera hubiese imaginado tal impudicia, jamás la hubiera mirado a la cara. ¡Imbécil ella!
Un año después volví a ver a Raffaella durante una reunión de alumnos de colegios de curas y de monjas. Estaba si se podía, más bella, más radiante y cuando me vio se acercó con una sonrisa brillante y franca y tras el intercambio de besos en las mejillas, nuestros propios amigos nos apartaron. Pero al poco rato, una de sus compañeras se me acercó y me comentó “me dice la Raffaella que le gustas”, pero el orgullo que emergió inconsultamente colisionó con el recuerdo de aquella imagen de un váter sin más papel que unas hojas de diarios y revistas para asearse.
Me fui de la reunión y nunca más la ví.
Jamás me he dejado de avergonzarme de aquello y no logro justificarlo ni por la época, ni por la mierda de prejuicios en aquel sector de la sociedad al que estaba lamentablemente más próximo.
De verdad que lo siento.
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