Mi primera “cicatriz de guerra” y la Sanidad Pública catalana

Dentro del “cague” que me producía la hernioplastia simple a la que fui sometido en la sanidad pública catalana, una de las cosas que más ilusión me hacía era la cicatriz que me dejarían para poder lucirla con esa estampa con que Dios y el físico culturismo han moldeado en mi figura, con uno de mis tangas, en Marbella.
Todos en la familia, por anga o por manga tienen una pequeña o una gran cicatriz y yo, hombre donde los haya, arriesgado como cualquier héroe y aventurero cual valeroso conquistador, no podía lucir en mis prietas y musculosas carnes. ninguna raja, ni un solo punto… ¡Nada! Y esa, la cicatriz, era la única excepción que podría confirmar la belleza de mi envidiado talle y angelical faz.
Con el dinero que tengo, pude haberme sometido a esa intervención en cualquier clínica privada de Europa, pero, con toda seguridad, no me quedaría más marca en el vientre que la que deja pasar una uña por la piel.
Así las cosas, opté por correr el riesgo y dejar que los médicos de la Seguridad Social catalana blandieran un sable, quizás herrumbroso y mal afilado, para después de darme un trago de aguardiente, horadar mi carne hasta las entrañas y tras poner en su sitio las tripas y ajustarlas con un retazo de tela de gallinero, coserme el tajo con clavo y cuerda marinera.
¡Qué cicatriz tan deliciosa, imaginaba!
¡Cómo admirarían las dulces bañistas, amén de mi cuerpo, la maltrecha herida, imaginando las mil y una batallas en las que no he participado!
¡Y cómo envidiarín mis congéneres, tanta ilustre hombría, marcada por la orgullosa traza de un peligro superado.
¡Cómo soñaba yo con todo aquello!
Pero, en mala hora, aquel Borbón que nació con una flor en el culo y que hoy por hoy es nuestro jefe de Estado vitalicio y presuntamente uno de los hombres más ricos de España, decidió que le extirparan un quiste pulmonar justamente en la Sanidad Pública de Catalunya y eso me hizo sospechar, porque el pobre hombre con lo soso, larguirucho y feo que es, no andaba buscando cicatrices de guerra, sino el buen hacer de los galenos.
¡Qué angustia me entró!
Traté de consolarme pensando que el sujeto por ser quien es, recibiría una atención privilegiada y que yo, por carecer de largos nombres compuestos y apellidos regios y rancios, pues me tratarían como a cualquier mortal y volvía a disfrutar de la horrenda herida.
Mas, mis amigos, llegó el día y la hora de la operación…
El trato amable, en la recepción y después en la UCSI del Hospital Universitari Mùtua de Terrassa, ya me dieron mala espina… Fue inesperadamente correcto, agradablemente amable. Y después vino solícita una enfermera que asistiría en la operación, luego un joven, ameno y simpático anestesista. Ambos se presentaron y me explicaron un poco el sencillo procedimiento.
Una vez en el quirófano, los muy desalmados, me integraron en su conversación de tipo cotidiano, casi de camaradería y antes de que pudiera pedirles la masacre de mis carnes para exhibirlas, ya habían terminado con su faena.
Entre mimos de las enfermeras, botellita de agua y zumo de naranja y habiéndome ya percatado del tremendo trozo de gasa bien adherida a la piel por abundante y bien dispuesto esparadrapo, me renació la esperanza…
…Tanta simpatía, gentileza y amabilidad del personal hospitalario no podía tener otro objetivo que el de tratar de atenuar mi ira cuando viese aquel horrible costurón, sin pensar seguramente que era lo que realmente quería.
Sonreí satisfecho, pese a las molestias físicas del momento, imaginando la impresión que causaría mi presencia en Marbella este verano.
No obstante, mis queridos y consecuentes lectores, al retirarme gasa y esparadrapo, cuál no sería mi horrible decepción al ver diez grapas bien dispuestas, colocadas con maniática equidistancia la una de la otra, sujetando una cicatriz apenas visible para un observador normal.
Pues nada. La próxima vez que me tenga que operar, me voy a una buena clínica privada para poder exhibir una cicatriz de verdad.
En conclusión, después de haber sido tratado como un rey en la sanidad pública catalana, ni siquiera me han dejado una cicatriz.de la que presumir.
Pero. admiradoras y admiradores, no os preocupeis, que igualmente podreis seguir disfrutando de mi percha, aunque todavía de momento sin una visible cicatriz de guerra.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s