…para servirle a usted…

De pequeños mi hermano y yo debíamos seguir, por imperativas y amenazadoras indicaciones de nuestra abuela, todo un protocolo cuando a algún infeliz se le ocurriera preguntarnos nuestro nombre; un número de infelices hay que decirlo, que fue creciendo en proporción geométrica, una vez divulgada maliciosamente nuestra respuesta.
Nosotros veíamos cómo a Pedrito si alguien, por majo, le preguntaba “¿cómo te llamas, majete?”, y Pedrito le respondía simplemente, “Pedrito”.
También contemplábamos cuando a Julito alguien, por simpático, le preguntaba “¿cómo te llamas, simpaticón?” y Julito le respondía simplemente, “Julito”.
No nos pasaba por alto cuando alguien por encantadora, le preguntaba a Isabelita “¿Cómo te llamas, ricura?” e Isabelita le respondía simplemente, “Isabelita”.
Además siempre nos sorprendía cuando alguien le preguntaba a María Inés “¿Cómo te llamas, niña?” y María Inés en lugar de responder “cabrona”, porque lo era y mucho con todos sus compañeros de cole, porque no tenía amigos, decía “María Inés”.
A nosotros que no éramos ni majos, ni simpáticos, ni encantadores ni cabrones, nunca nos habían preguntado nuestros nombres, hasta que un día, así de casualidad, de camino al cole, allá por 1954, a una vecina del barrio que nos veía pasar todos los días, se le ocurrió preguntar cómo nos llamábamos y nos enfrentó a la triste necesidad de llevar a cabo la escena, porque la contestación no podía ser “yo, Juan y yo Ricardo”, no. Eso no entraba dentro de los límites de la educación concebida por la abuela, que incluía entre otras muchas cosas, besarle la mano a cuanto cura pasara cerca nuestro, sin saber siquiera si el buen religioso había lavado sus sacrosantas manos, después de cagar u orinar.
Así pues, desde aquel mal día, pusimos en práctica las rígidas enseñanzas dictadas por la abuela.
En respuesta a la sorprendida vecina del barrio, mi hermano y yo, los dos a una, cruzamos nuestra mano derecha por sobre el estómago, estiramos el brazo izquierdo hacia atrás, asumimos una posición de reverencia e inició mi hermano su discurso:
-Juan Francisco Eduardo Salvador y Casanovas, para servirle a usted, -dicho lo cual se puso en posición firme, lo que indicaba que debía continuar yo con mi identificación:
-Ricardo José Eduardo Salvador y Casanovas, para servirle a usted. -Culminé mi acto también en posición firme, lo que significaba que en un par de segundos, ambos podíamos “romper filas”.
Y la vecina ante tamaño espectáculo, se quedó a medio camino entre pensar que éramos excesivamente educados, excesivamente idiotas o excesivamente tomadores de pelo.
Y solamente comentó: “Uy, qué niños tan majos”.
Pasado el apuro, seguimos mi hermano y yo camino de la escuela.
Al día siguiente, la vecina nos esperaba en el mismo punto, acompañada de otra vecina y claro, como ella ya estaba informada de nuestras identidades, nos invitó:
-Hala, preciosuras, decirle a Pilarica vuestros nombres.
Se repitió la escena, pero no se dibujó en los rostros de aquellas brujas el signo de la duda, sino de la diversión. ¡Mira tú que reirse de unos peques tan monos!
Pero al día siguiente, cuatro o cinco vecinas en la ruta hacia la escuela, nos preguntaron el nombre.
Al otro día, diez o doce.
Y a la semana, llegamos tarde de tanto dar nuestras señas.
Pero lo peor fue que nuestros compañeros se enteraran de aquello, porque aparte de tanta repetición en la calle, debíamos continuar en el cole, donde cada desgraciado añadía a nuestra noble y elegante presentación “…una tacita de té”.
Todo acabó con la previa prohibición por parte de la dirección del cole, de que nuestros compañeros intentaran conocer nuestros nombres y la posterior cita a mi padre para informarle que llegábamos todos los días una hora o más tarde, ofreciendo al malévolo vecindario nuestra carta de identidad.
Ya cuando lo resumimos todo en un “Juan” o en un “Ricardo”, el interés sobre nosotros decreció de forma implosiva y pudimos llegar nuevamente a tiempo a clases.
De todas formas, esas son cosas que dejan trauma.
Hoy por hoy, no sé Juan, pero si a mí alguien me pregunta el nombre, respondo sin decoro ni pudor:
-¿Y a tí qué coño te importa, joputa?
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