Hernia inguinal derecha sintomática no complicada

Me tienen que operar de una hernia. Es una hernia inguinal derecha, y aunque dicen todos que, salvo que se estrangule, es una de las intervenciones quirúrgicas más simples, este servidor está con unos temores que pudieran ser irracionales, pero que tienen su base en un trauma de la infancia.
Os lo cuento.
Corría el año de 1956 y estábamos mi padre, mi abuela, mi hermano y yo en la consulta del Dr. Marshall, un otorrinolaringólogo que atendía en la ciudad chilena de Valparaíso. Era un hombre bajo, rechoncho, simpático, charlatán y calvo. A Juan, mi pobre hermano, le agobiaba una persistente fiebre y un fuerte dolor de garganta.
El buen médico, con su atavío inmaculadamente blanco, a la usanza de aquella época y con un chisme que sostenía una especie de espejo redondo con un hueco en el medio, montado sobre su calva a manera de sombrero, dictaminó tras una breve mirada a la boca abierta de mi hermano.
-¡Chuchas, tremenda amigdalitis que tiene el cabrito este!
Mi padre y mi abuela lo contemplaron con la interrogación dibujada en sus rostros. Con estas expresiones todavía no atenuadas, recibieron la noticia:
-A este chiquillo hay que operarlo, pues don José.
Y mi padre y mi abuela, asombrosamente asintieron. Y digo asombrosamente, pues gastar un duro les costaba más que rezar el rosario (que por cierto nunca se rezó en casa).
Pero ahí no terminó todo.
El Dr. Marshall, quizás entusiasmado al ver la facilidad conque se había ganado un cliente para una operación, se dirigió a mí, que estaba sano y hermoso como un rábano y me dijo:
-Vamos a ver a este cabrito ahora, porque cuando un hermano tiene amigdalitis, al otro también le da.
Me hizo abrir la boca y la abrí.
Puso una cara de sorpresa enorme:
¿Y a vos, chiquillo, no te duele la garganta?
Y antes que le dijera que no, sentenció:
-Este está peor que el hermano. -Dicho lo cual invitó a mi padre y mi abuela a asomarse hacia el interior de mi boca y aunque seguramente no vieron nada, asintieron quizás por temor a quedar como unos ignorantes, que al menos en esa materia, lo eran.
-A este chiquillo también hay que operarlo, pues don José.
Y el buen e incauto viejo y su buena y también incauta madre, volvieron a asentir, aunque el olor del dinero de los gastos duplicados, asomó sombrío en ambas faces.
¡Con qué facilidad el galeno había endosado dos operaciones a esa pareja de hijo y madre!
No fue de extrañar la camaradería con la que el doctor Marshall se despidió de todos. Pero la despedida no fue un hasta luego, o hasta el día de las operaciones… ¡No!
Entre frases tranquilizadoras dirigidas a Juan y a mí, que realmente no las necesitábamos, porque con tan solo decirnos que estaríamos quince días de baja, lo que nos evitaba ir al cole, ya era una gran noticia. Decía que entre frases tranquilizadoras y ratificaciones de la conveniencia de las operaciones, el médico preguntó si en la familia había algún o algunos niños de nuestra edad y, claro, por ahí andaba mi primo hermano Jordi y, obviamente, recomendó que le visitara. Y así fue.
Después de análisis de sangre, de orina, de heces y todas esas sandeces, sin incluir las lavativas, que debía haber omitido por pudor, nos fuimos un día a las siete de la mañana desde Viña del Mar hasta el Hospital Deformes en Valparaíso en el Chevrolet modelo 1951 de mi padre. Allí íbamos, adelante, mi padre, Juan y mi tío Agustín y atrás, mi abuela, mi tía Soledad, Jordi y yo.
Llegamos y una enfermera gorda y desagradable nos ordenó ponernos las pijamas y acostarnos, Juan y yo en una habitación y Jordi en otra contigua.
-¿Quién es el mayor?-, preguntó a poco de llegar, un hombre que traía una camilla y como el mayor era Juan, lo pasaron a la camilla y se lo llevaron, acompañado de la yaya y de otra enfermera gorda y desagradable. Ello no fue obstáculo para que Juan se fuese haciendo morisquetas.
Diez minutos después, regresó el hombre de la camilla y en lugar de preguntar “¿quién viene ahora?”, el muy hijo de puta, inquirió:
-Me llevo al menor. -Y Jordi se fue acompañado de mi tía Soledad y de la misma enfermera gorda y desagradable que se había ido con Juan. Jordi también se fue haciendo morisquetas, como Juan, como si ambos hubiesen ido a un parque de atracciones.
Otros diez minutos después, regresó el hombre con la camilla, pero con mi hermano acostado en ella, sumido en tan profundo sueño, que más bien se parecía al “Tordillo”, aquel amiguete de juegos que un día se murió y al que todos fuimos a ver.
Para más remate, la Yaya, posiblemente sensibilizada por la operación de tres de sus cuatro nietos (Agustín se había salvado, porque nos llevaba unos quince años de diferencia), lloraba a moco tendido mientras asía una de las inertes manos de Juan.
¡Coño!
Visto lo visto, salté de la cama e intenté correr fuera de la habitación, pero la primera enfermera gorda y desagradable que habíamos visto al llegar a nuestras habitaciones, me cogió de un brazo, como quien coge a una gallina que intenta salvar la vida y con una destreza impresionante, me envolvió en una gruesa manta que me inmovilizó por completo. Me levantó como si fuese un fardo, me puso en brazos de mi padre y entre unos gritos que difícilmente os podríais imaginar, me llevó hasta las puertas de la sala de operaciones, que quedaba en otro edificio  cruzando la calle y allí me dejó en brazos de una tercera enfermera gorda y desagradable, que a diferencia de las dos primeras, no iba vestida de blanco, si no de verde, con una gorrita y una amplia mascarilla del mismo color.
La mujer, bajo amenaza de darme un par de tortazos, me obligó a mear unos orines que no tenía y luego me recostó en una cama bajo unos enormes focos, me ató a ella a la altura de los tobillos y de las muñecas, pasando además, un cinturón sobre el pecho.
¡La hecatombe!
¡Me estaban asesinando como lo habían hecho con mi pobre hermano y seguramente también con Jordi!
Y en aquella mesa de sacrificios, rodeado por tres o cuatro sujetos o sujetas con batas, gorras y mascarillas verdes, uno me tapó la boca y la nariz un con paño humedecido con un líquido horrorosamente mal oliente y tras pedirme que contara al revés del diez hasta el uno (¡estaba mi ánimo para contar!), me acercó a la cara un artefacto que parecía ser de acero y tras luchar contra miles de rayos que se mezclaban con la oscuridad y de sentir cómo se elejaban las voces, me desperté de pronto en la habitación del hospital, viendo muy malamente cómo mi hermano, vivo a Dios gracias, gesticulaba signos difíciles de entender.
¡Una semana estuvimos ingresados!
¡Claro, que de aquello hacen cincuenta y tres años! Sin embargo, esa imagen y esas circunstancias me han perseguido toda la vida como una pesadilla.
Cuando el pasado viernes 22 de enero, mi moto hizo una cabrioleta extraña y nos caimos juntos, ella, la muy desalmada, dejó aprisionada mi pierna derecha y sentí a la altura de la ingle algo muy similar a la sensación de cuando picas un huevo y echas clara y yema sobre la cacerola, es decir una especie de “blurp”, ya me imaginé que debería reencontrarme con los fantasmas del pasado.
Al llegar a urgencias y me vio el cirujano, me dijo con uno de esos rostros inexpresivos que caracterizan a los médicos de urgencia…:
-Lo que tiene es una hernia inguinal derecha sintomática no complicada… y ¿ya sabe como se soluciona esto, no? -Y antes que djiera que no, el hombre había clavado el puñal de la pesadilla hecha realidad.
-¡Con una operación! -Concluyó
Y aquí estoy, escuchando las experiencias de todos los que se han sometido a ella, que no son pocos considerando la edad, incluyendo la de Ricardo Olivares, que para darme ánimos, me contó que cuando le iban a operar de una hernia -siendo adulto- huyó del hospital y tuvieron que cogerle dos fornidos enfermeros para llevarlo a la sala de operaciones.
No me dio mucho ánimo, pero la risa incontenible que me ocasionó me llevó nuevamente derecho a urgencias, donde constataron que el hueco a través del que mi intestino delgado sale y entra se había agrandado y que por lo tanto, debía adelantarse la fecha de la operación.
¡Sí! ¡Ya lo sé! Soy un “cagao”!
¿¿¿Y???
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4 comentarios en “Hernia inguinal derecha sintomática no complicada

  1. buenos dias, alguien me puede ayudar. Tengo una hernia inguinal derecho, mi pregunta es es nescesario pasar por cirugia o es que hay tratamiento con algun medicamento y que medicamento devo tomar, el otro es tambien puedo hacerme una operacion laser, gracias por su tiempo y espero una respuesta muy agradecido.

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