El recuerdo de un día que me cagué encima siendo bebé

Yo siempre he sido muy listo. Tanto, que recuerdo uno de mis primeros baños en la bañera, dando tales berrinches, que es más discreto un cerdo en el matadero. Similares berrinches solté durante mi primer corte de pelo en la peluquería y también almaceno en mi memoria una de las cagadas que me eché encima siendo aún un bebé.
Del baño solo recuerdo esta escena. Yo tirado cuan corto era (siempre he sido pequeño de estatura) sobre una bañera a medio llenar, con mi abuela echándome jabón en el cuerpo, la cara y los ojos y yo alterando al vecindario con mis alaridos ultra sónicos.
De la peluquería tampoco recuerdo de aquel día, que calculo que sería el primero, mucha historia. Mi padre y mi abuela me sujetaban con fuerza la cabeza, mientras que el señor peluquero que rogaba que volviésemos otro día, intentaba, en medio de mis agudos berridos, cortarme la escasa pelambrera que adornaba mi coronilla. Ignoro el resultado. Lo que sí sé es que durante años, todos los viernes después de clase, seguíamos visitando la peluquería para mantener mi padre, mi hermano y yo, ese impresentable corte de pelo prusiano que tanto le gustaba al viejo. Lo bueno es que después del corte, mi padre nos compraba el TBO, el DDT y los comics del Pato Donald, el Tío Gilito, Goofy y el Super Ratón.
En jornada memorable, no obstante, se constituyó aquel día en que me cagué encima. No sé qué edad tendría, pero por la vivienda que ocupábamos, debían faltar al menos tres años para entrar en el prescolar, o sea que, tomando en cuenta las usanzas de entonces, no pasaría de los dos años. Recuerdo hasta la ropa que llevaba: Una camisetita roja, unos leotardos azules muy claros y unas bombachas blancas. Hacía tanto frío que cuando ocurrió el percance mi querido padre me estaba llamando para cubrirme con mi monísimo abrigo azul celeste.
Caminaba hacia él, movido por el entrañable amor que le prodigaba, cuando de pronto, sentí que mi culito era bendecido por una reparadora sensación de calor y noté, además, cómo se llenaban mis calzoncillos (¿o serían pañales?) de aquel viscoso elemento que espantaba el frío de mis nalgas. Comprendí lo ocurrido, cuando mi padre, al ir a ponerme el abrigo, respingó la nariz y gritó… ¡¡¡María Teresa, que el niño se ha cagado!!!
Y colorín colorado, la historia por falta de mayor memoria, se ha acabado.
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