Un día viajé en la motonave Yapeyú

Hace muchos años, más de los que quisiera, ciertamente, presto a viajar desde Santiago de Chile hasta Barcelona en avión, como era lo deseable dada la enorme distancia y la comodidad de llegar a tu meta después de pasar la noche durmiendo, mi padre me compró un billete en barco desde Buenos Aires hasta el mismo destino. Protesté hasta la extenuación, pero me dieron folletos de la motonave Enrico C y aparte de que ya se veía lo bien que estaba, terminaron por convencerme de que era un trasatlántico de lujo y que me pasaría las tres semanas más espléndidas de mi vida. En fin, que me convencieron. En lo que no transigí para nada fue en hacer el viaje Santiago-Buenos Aires en tren y finalmente obtuve como premio de consolación un pasaje en un Caravelle de Aerolíneas Argentinas.
Sin embargo, una semana antes del viaje, llegó desde Noruega mi primo Agustín y se decidió que nos marchásemos juntos (con 18 años en aquella época al ser la mayoría de edad los 21, no tenía derecho a voto, aunque sí a cierto pataleo). Me agradó, no obstante la idea, aunque me restaba aquella libertad fuera del hogar que había venido soñando en los últimos meses. En fin, que Agustín permanecería menos de una semana en Barcelona y yo quedaría bajo la tutela de un buen amigo de mi padre, Jose-María Cos, aunque según lo estipulado no interferiría, como en efecto lo hizo, para nada en mi vida. Un gran hombre ese señor Cos, del que probablemente hable en alguna otra oportunidad.
La cosa es que no quedaban plazas en el Enrico C y se compraron los pasajes en la motonave argentina Yapeyú, donde compartiríamos un camarote doble. Ya comenzábamos aplazando el viaje, porque este buque salía una semana más tarde y devaluando mi original habitación privada.
Llegó el día 28 de febrero y a las cinco de la tarde salimos en lo que fue un accidentadísimo vuelo hacia Mendoza primero y Buenos Aires después. Todo el pasaje iba a la capital argentina, pero todos, menos mi primo, una amiga suya que encontramos en el avión y yo, se quedaron en Mendoza. No entraré en detalles acerca de lo ocurrido, porque es una anécdota para contar aparte, aunque sí anticiparé que las dos azafatas tuvieron durante las horribles turbulencias sobre Los Andes, actitudes nada  tranquilizadoas, pues mientras una gritaba presa de un ataque de histeria que logró contagiar a varios pasajeros, la otra vaciaba el contenido de su estómago, vía oral, por el pasillo del aparato, entre sollozos, coreados por la parte del pasaje que no chillaba histéricamente. Menos mal que Agustín que estaría tan aterrorizado como el resto de los pasajeros, mantuvo un autocontrol admirable y logró con sus palabras de hombre experimentado en desplazamientos internacionale, que tanto su amiga -aunque lo intento no logro recordar su nombre- y yo, fuésemos los dos únicos miembros de aquel grupo, que mantuvimos la más absoluta e irracional tranquilidad. Una vez en Buenos Aires, nos reconoció que estaba convencido de que el avión se iba a estrellar.
Por cierto, seis años después, en un viaje entre Santiago y Caracas, no sé qué pasó con el Super DC-8 de Iberia, pero lo cierto es que desapareció durante varias horas de los radares y tampoco sé por qué, perdió su rumbo (esto lo supimos después de arribar a Maiquetía). La cuestión es que entre Bogotá y la capital venezolana, un trayecto de dos horas y media, llevábamos cuatro volando sin ninguna explicación, hasta que la aeronave fue rodeada por varios caza bombarderos de las FAV que participaban en las labores de búsqueda y rescate y guiaron al piloto hacia Maiquetía. Los gritos de alegría y los llantos emocionados de quienes nos esperaban en la terminal aérea nos sorprendieron hasta que los pasajeros supimos que hacía tres horas que se había dado al avión por perdido y se temía lo peor. En fin, aquello no tuvo más historia.
La cosa es que nos quedamos tres días en Buenos Aires, incluyendo a la amiga de Agustín que además compartió hotel y luego barco, pues se dirigía en la misma línea a Marsella.
Cuando el 3 de marzo nos fuimos al puerto, después de haberlo pasado “pipa” comiendo parrilla al más puro estilo gaucho y haber gastado dinero como descosidos, visitando los puntos más típicos de aquella enorme ciudad y de que, además, se me confundiese con uno de los protagonistas de la serie televisiva “La familia Colón”, lo que en ocasiones nos permitió comer en buenos restaurantes sin tener que pagar. Como decía, cuando el 3 de martzo nos fuimos al puerto bonaerense, la desilusiíon al ver al “Yapeyú” fue indecible. Estaba amarrado detrás de la motonave italiana Rossini y al lado de ésta, el nuestro no es que pareciese su hermano menor, sino simplemente un feto nonato. Pequeñajo, viejo, sin personalidad… ¡Vamos, horrible!
Pero en su interior viví 23 días, conocí gente, me enamoré para variar, aunque en aquella ocasión fuese algo fugaz, y vi mar… ¡Muuuuuucho mar! Además supe que los peces voladores no eran parte de una leyenda ni que tampoco lo es la proverbial belleza de las cariocas. Lo que sí conocí fue lo que es el aburrimiento en toda su extensión y la sensación de encierro, principalmente cuando el barco inició aquellos interminables 15 días que tardó en cruzar el Atlático entre Río y Canarias.
¿Anécdotas?
Cinco días después de iniciar el viaje entre Buenos Aires en el Río de la Plata y la partida de Río de Janeiro, ya me conocía al dedillo toda aquella poco lustrosa “barcaza” flotante y quise ser amable, cuando aún se escuchaban las alegres estridencias de quienes se despedían de sus allegados desde el puerto, y acompañé a un obeso, sudoroso y calvo sujeto recién embarcado hasta su camarote y una vez allí, el muy guarro, me arrastró hacia su interior, me arrancó la camisa y me tiró sobre una litera inferior, al tiempo que intentaba besarme en la boca. Al caer sobre la cama, le dí tal patada en el vientre que el aberrado se retorció de dolor, momento que aproveché para  escapar y buscar ayuda y el muy hijo de puta salió corriendo detrás de  mí. Dos cubiertas más arriba, me encontré con Agustín, Carlos, un chico que había iniciado el trayecto en Montevideo y que se convirtió en un gran amigo hasta que seis años después cayó fusilado en el estadio Nacional de Chile, por pertenecer al grupo guerrillero Tupamaro y haber tenido la mala suerte de estar de turista en Chile cuando sobrevino el golpe de Pinochet. También estaban tres muchachas chilenas que se dirigían a Francia y la amiga del avión. Rápidamente les conté lo sucedido, mientras que el infeliz refrenaba sus pasos. Fue contar y que todas las mujeres lo hundieran en un manto de insultos irreproducibles. Todo el entorno, que no eran pocos pasajeros, incluidos los miembros de un grupo llamado El Ballet Azul, integrado por una veintena de travestidos que se dirigían a realizar una serie de actuaciones en Lisboa, donde  no se les permitió desembarcar, por lo que siguieron rumbo a París, vía Marsella. donde también tenían contratos, remataron al individuo con otro rosario de adjetivos poco recomendables. Recuerdo que estos chicos, los del Ballet Azul, encantadores por cierto, aunque en aquella época era un verdadero estigma ser “maricón”, ofrecieron una presentación no programada y autorizada por el capitán, que se ganó las simpatías hasta de las más rancias ancianas, que aplaudieron a aquellas guapas “bailarinas” en paños muy menores, con un entusiasmo insuperable.
La cuestión es que minutos después, entre Carlos, Agustín y algún que otro integrante de “El Ballet Azul”, dieron tal paliza al pederasta que no le quedarían ganas de seguir acosando a menores. Al llegar a Santa Cruz de Tenerife, el hombre fue detenido, pese a que su destino era Lisboa, por los grises.
¿Más anécdotas?
Entre el pasaje había un señor de mediana edad, argentino que se ufanaba de ser campeón sudamericano de ajedrez… Dicen, no lo digo yo (Dios me libre) que el mejor negocio del mundo es comprar un argentino por lo que vale y venderlo por lo que dice que vale. Bueno, este hombre, decía, que viajaba a Europa para disputar el campeonato mundial de Ajefrez. Sin embargo, un día, nuestro nuevo amigo Carlos le retó a un enfrentamiento. Después de eludirlo durante un montón de rato, argumentando que no perdía el tiempo con novatos, accedió y mira tú por dónde, Carlitos le hizo antes que cantara un gallo, un mate Pastor.
Los murmullos de asombro acompañaron a esta derrota tan poco honrosa de todo un campeón ajedrecístico. Pero no fue lo único, pues Agustín -diablo viejo- se solidarizó con el argentino, asegurando que Carlos había hecho trampa y le pidió a aquella celebridad que le diera unas lecciones de aquel maravilloso juego que apenas dominaba. Satisfecho el charlatán retó a mi primo a una partida. “Jugando con un experto, aseguró, es como se aprende”… y mira tú por dónde… ¡Zas!… otro Pastor, seguido de risas sacásticas por parte de los curiosos y un arrebato histérico del pobre hombre, que después supimos que era el cocinero del Enrico C que en una borrachera en tierra había perdido su barco.
¡Y más!
Al cruzar la línea del Ecuador, se eligió a la Reina del “Yapeyú”. Las candidatas eran una guapísima argentina, alta, rubia y antipática y una guapísima uruguaya, menos alta, también rubia y muy tímida (hasta que al final desistió, mucho le costó a su pequeño grupo de amigas , convencerla de que presentara su candidatura). Yo me convertí, coladito como estaba de sus ojos y estampa, en su secreto promotor. No obstante, la aplastante mayoría de argentinos que se dirigían a Italia, permitieron que la corona y los fugaces y superficiales homenajes, se los llevara la chica argentina. Desde aquel día, la chica uruguaya me miraba de reojo y no fue sino hasta llegar a las proximidades de Barcelona que pensé que me estaba reprochando ser el presunto causante de su derrota. Pero, cuando el barco des deslizaba suavemente a mando del práctico de puerto, camino a la ciudad condal, se me acercó esta chavala, me cogió de la mano, me dió un dulcísimo beso en la boca y me dijo “te quiero”… ¡Flipé! Intercambiamos direcciones, pero nunca más volví a comunicarme con ella, pese a que recibí tres o cuatro cartas seguidas. En Barcelona me había reencontrado con viejas amistades que no tardaron en sepultar en el olvido a todos esos personajes que viajaban en el Yapeyú, a excepción de Carlos con el que me unió una gran amistad hasta el día de su desgraciado e inútil asesinato a manos de los esbirros de Pinochet.
Llegué al puerto de Barcelona y solamente me giré hacia el barco una sola vez, pero no para ver aquella pequeña motonave que llegué a aborrecer, sino para despedirme de la guapa montevideana cuyo amor provisional nos había negado nuestra mutua timidez.
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12 comentarios en “Un día viajé en la motonave Yapeyú

  1. Me encantó el cuento, y me sorprendió pues yo buscaba datos de la motonave Yapeyú pues yo viajé hace muchisiiiiiimo tiempo. Muy entretenido ygracioso, no comparto algu
    nas cosas , a pesar que coinciden las fechas, yo no vi todo tan feo , ni tan aburrido, yo lo
    pasé bomba. y en cuanto al mar , he visto muchas veces , el mar pero como lo viví esos quince dias con esa transparencia y esos cambios hermosos de color .nunca más.
    Me alegro haya nombrado a los peces voladores que me asombraron tanto.
    Estoy haciendo un sencillo cuaderno de memorias y su cuento me trajo muchos recuerdos. lo saludo cordialmente. Koki ( suerte con su nuevo libro !!!!)

  2. A todos los que lean esto .yo no escribire mucho de esto pero la verdad que viajé en el Yapeyú en el año 62 cuando contaba con seis añitos recién cumplidos tan cumplidos que zarpó desde buenos aires rumbo a Vigo el mismo dia del año 62. Pocos recuerdos tengo pero el general de todos es que la pasçe muy bien
    siendo tan crío. posteriormente tuve que emigrar a España en noviembre del año 77 y tuve la suerte por viajar otra vez en barco desde Bs. Aires pero esta vez fue en el Enrico C y a pesar del desagradable momento de tener que irme de Buenos Aires sin ganas tanto que fue practicamente por obligación en el barco me la pase muy muy bien con una atención excelente de la tripulaciçon italiana y de la gente que en aquel momento viajó en el mismo barco. Si alguno de estos amigos lee esto reciban un fuerte abrazo de Manuel. estos fueron Magdalena
    Héctor
    Marcelo y alguno más
    Bueno un saludo para todos y muchísimos besos
    de mi parte y si queréis saber algo de mí me encontrareis por el facebook

    • Hola, por casualidad he leido esto y yo estaba de vacaciones en Vigo y creo que en ese mismo año cuando me quedé prendado yendo a las islas Cies y vi aquel buque que recuerdos….tenía 9 años

  3. Yo también he viajado en el Yapeyú y tengo hermosos recuerdos de ese viaje. Lo que no puedo entender es como alguien puede haberse aburrido en quince días en
    el mar. Es lo más hermoso que uno puede imaginar con sus colores maravillosos, verde esmeralda, azul cielo, plateado, dorado… calmo, bravío… Lleno de hermosa gente entre los cuales hice muchísimos amigos con los cuales me comuniqué a través del tiempo y pasamos muy divertidos y gratos momentos. Qué lindo viaje!!!

    • Hola, yo tambien viaje el YAPEYU, embarque en Vigo, 1962, hasta Santos en Sao Paulo y lo hacia con mi madre y hermanos, tenia 14 años y recuerdo de habermelo pasado muy bien durante el viaje, años mas tarde regrese 1968 y lo hice en el barco Italiano
      Guilio Cesare.
      El YAPEYU tenia un gemelo que se undio, no recuerdo ahora su nombre.

  4. Hola Ricardo,
    Muchas gracias por esta linda historia. Mi abuelo era marino y trabajó toda su carrera en la parte de máquinas del Yapeyú. No me cabe duda que en él vivió los momentos más felices de su vida. Hace casi 12 años que falleció, pero gracias a tu relato volvieron a mi memoria las mil y una historias que me contaba sobre sus días navegando.
    Saludos!

  5. yo tambien viaje en el yapeyu que zrpo del puerto de buenos aires el 23 de diciembre del año 1967y quisiera encontrar unas anigas que eran de san rafael mendoza y eran docentes ellas eran hermanas y un muchacho pelirrojo que tenia 17 años y viajava solo.

  6. Gracias al Sr. Ricardo Salvador y a todos los viajeros del YAPEYÚ. Yo hice mi primer viaje en el Yapeyú junto con mi Madre, María del Carmen Puente de Codesido y con mi hermano José Ramón (Moncho, para todos).Tenía yo 9 añitos. Dejaba en Galicia la aldeíta gallega en la que había nacido, a todos mis familiares maternos y paternos, amigos, vecinos, todos con esa mezcla de tristeza por la separación y esperanza por el futuro que nos esperaría en el puerto de Buenos Aires, junto a mi Padre, Santiago Codesido Quintans, quien tras partir de Galicia cuando yo tenía 9 meses, había aprendido a trabajar en la gran ciudad, había logrado comprarse un techito y ahí pudo reclamarnos a mi madre, a mi hermano y a mí.
    Recién con los muuuuuuuchos años transcurridos y las experiencias vividas, a un año y medio de muerta mi madre a sus 94 años, en Buenos Aires, puedo valorar y suponer, como se habrá sentido mi madre, una aldeana gallega, con familiares muy queridos en Argentina, desde su nacimiento, tanto por parte de su familia, como por parte de la familia de su esposo, y su esposo al que amaba, que la esperaban en Buenos Aires a donde partía, dejando a sus padres amados dulces y tiernos, a sus abuelos queridos, sus suegros, cuñados, cuñadas, sobrinos, amigos, vecínos….., en fin, tierra segura y firme, por su primer viaje en el barco YAPEYÚ de 19/20 días por el mar (a cargo de sus dos hijos, uno varón que vivía trepándose a los carballos en el camino de los domingos a visitar a los abuelos paternos, tíos y primos y yo), en el que tocaríamos desde la partida en Vigo, los puertos de Santos y Río de Janeiro (Brasil), Montevidéo (Uruguay), para llegar a Buenos Aires el día 21 de Mayo de 1957.Allí, al bajar del Yapeyú, conocí a mi padre a los 9 años…..que me había dejado a los 9 meses en Quistislans, con la esperanza de que tuviéramos un futuro mejor en ARGENTINA!
    Después en 1960 hice mi segundo viaje en el YAPEYÚ con mi padre, desde Buenos Aires hacia Vigo, con 11 años, también 19 días, pasando por Rio de Janeiro y Santos, con motivo del fallecimiento de mi abuelo materno en Galicia, para acompañar a mi abuela y mi bisabuelo(de 95 años) allí, ya que mi madre quedaba trabajando en Buenos Aires, no se consideraba competente para enfrentar los lios que se provocaban por la muerte de mi abuelo Ramón Puente, y tanto mi madre como mi padre, veían mas seguro el viaje en barco. Ojalá pudiera ubicar a otros viajeros de esa travesía en el Yapeyú, Buenos Aires-Vigo.
    Y la tercera travesía Vigo-Buenos Aires, en el Yapeyú fué en 1962, con mi padre y mi abuela BALBINA BEADE FREIRE. Ya fallecido mi bisabuelo, se desarmaba y vendía la casa de Beade, y SANTIAGO CODESIDO QUINTANS llevaba a su hija por segunda vez a Buenos Aires, y por primera vez a su suegra, donde le esperaban sus hermanos JOSÉ Y RAMON BEADE FREIRE en la Capital y CASTORA BEADE FREIRE en Mar del Plata. Recuerdo ese maravilloso viaje en el YAPEYÚ, con sus escalas, con los amigos que se conocian en esos viajes, y las charlas de famillas de toda galicia que emigraban, o que se conocían distintos familiares en distintos trabajos en Buenos Aires,y quisiera determinar la fecha de esa llegada a Buenos Aires, que mis emociones me impiden recordar.

    Y prometo contar nuevas cosas de la historia de los emigrantes gallegos, sus luchas, sus sentimientos, sus emociones, alegrías, morriñas…… y más…..
    GRACIAS,……

  7. A mi me encantaría ver fotos y dependencias del YAPEYU fui la primera niña que nació en el, el 6/3/1952 y al día siguiente una galleguita a la que llamaron Eva. Y como me gustaría conocerla!. Carmen Cuesta Perez-Rioja

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