Un cura hundido en las sombras del tiempo

El padre Daniel, es uno de esos religiosos sin historia, que ha pasado sin apenas dejar huellas, un año o menos compartiendo ruta con algún otro mortal, entre quienes me cuento y que casualmente hoy, por uno de esos reflejos espontáneos, ha vuelto a aparecer en mi mente.
Pertenecía a la Congregación francesa de los Sagrados Corazones.
Era bajo, con una deformidad en pecho y espalda leve pero que dejaba a la vista tras su negra sotana, su incipiente joroba. Con poco pelo, debido a una alopecia no podríamos decir que prematura porque cuando le conocí tenía sus buenos años, solía peinarse arrancando unos cabellos bastante crecidos a un lado de la cabeza, para cubrir de esa forma tan poco elegante, la calva superior, ridiculizando algo que de por sí no lo es.
Sus antiguas gafas nos llamaban la atención a todos, aunque no tanto como su voz aguda, desagradable y estridente o como su forma de andar, con la cabeza ladeada como si quisiese disimular su defecto físico, pero con lo cual lo único que lograba era agudizarlo a la vista.
No recuerdo ni cuándo ni de dónde llegó. Ni si daba clases de algo, aunque pienso que su función era la de organizar la salida de los alumnos del colegio.
Cuando casi llegábamos a la gran puerta de salida, terminaba de poner orden otro sacerdote. alto, soberbio, antipático, evidentemente clasista que se llamaba Carlos… El padre Carlos,  por ser como era nadie quería que le confesara ni menos que le diera la comunión.
Cuando se juntaban ambos religiosos, Daniel adquiría, por comparación, una aureola de humildad, sencillez y bonhomía, de las que carecía aquel otro sacerdote que tenía en su aspecto absolutamente todo lo que no debe tener un hombre de Cristo.
La cuestión es que después de aquellos primeros meses en que el padre Daniel hubiese aparecido por los más oscuros rincones del colegio (no tenía, por no tener, ni un atisbo de luz propia), llegaron las vacaciones estivales y al regreso ya no estaba.
Semanas después algún compañero preguntó por él y al saber que había fallecido a las dos semanas de habernos marchado, no hubo ni lamentaciones, ni sorpresa ni nada. Tampoco volvimos a mencionarlo.
Y hoy, cuando casualmente como digo, me ha venido su imagen a la memoria pienso que a pesar de esa costumbre vanidosa de cubrir la calva con los restos de pelo que le quedaban, su opacidad tal vez no se debiera a otra cosa que a querer pasar de puntillas por el mundo, dedicando su potencial interior, o sea el espiritual, a ese Dios en el que indudablemente creía.
Gracias a esta nota, padre Daniel, creo que no le volveré a olvidar.
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