Chiguayante en el corazón

Chiguayante, cuando lo conocí en 1966, era un pueblo sin pretensiones, feo, largo, con su plaza de Armas, con asfalto solamente en la carretera principal, que era la que unía a Concepción con Hualqui y que bordeaba el río Bío-Bío y la vía del tren a Chillán y Santiago.
Fue una noche de octubre cuando, tras viajar todo el día sin prisas, parando, recuerdo en Talca, una ciudad que no transmitía nada, aunque muy presumida porque cuenta su tradición oral que sus apellidos adquiridos de aquellos aventureros y ex convictos españoles que colonizaron las tierras de América, provenían, no sé a cuenta de qué milagro, de la más rancia nobleza hispana y así apellidos como Pérez, González, Rodríguez, etc., si provenían de Talca, eran respetablemente aristocráticos (sobre este curioso tema ya escribí hace tiempo una nota en este blog, que se titula “Chile el país de los apellidos”).  Finalmente, antes de llegar a Concepción (a 11 kilómetros de Chiguayante) y donde sin pensarlo por aquellos días, estudié unos meses después, Periodismo en su Universidad, visitamos Chillán, más gris, pero más ciudad que Talca.
Llegamos a Concepción de noche como digo y la ciudad me encantó. Moderna a costa de las constantes reconstrucciones obligadas por los terremotos (el último, devastador, seis años antes) y de allí a Chiguayante. Dormimos en el casino de la fábrica de Tejidos Caupolicán cuya planta de Santiago dirigía mi padre. Antes, después de la cena caminamos por los caminos de piedrecilla, ripio se le llama por aquellos lados, disfrutando de una brisa fresca y un aire tan puro, como contaminado era el de la capital chilena. Tenían aquellas casas de madera del pueblo, un aire de tranquila paciencia, de una especie de monotonía aldeana. En muchas ventanas se asomaron algunos curiosos a contemplar aquel pequeño séquito de tres extraños: mi padre, mi hermano Juan y yo.
Al día siguiente muy temprano, seguimos viaje hacia el sur y pudimos disfrutar a la salida, de la exhuberante vegetación que rodeaba al pueblo y de la majestuosidad del ancho aunque poco profundo Bío-Bío. Cuando llegamos a Concepción para seguir camino a Los Angeles, me invadió una especie de incomprensible nostalgia. Me había gustado el aire nocturno del pueblo y me había gustado el pueblo que había visto con las primeras luces del día. Aunque lo natural era que no volviera a verlo, aquella nostalgia quizás fuera la premonición de que tanto en Concepción como en Chiguayante, pasaría casi seis increíbles años de mi tardía adolescencia y primera juventud.
Recorrimos Los Ángeles, Temuco, Osorno y Puerto Montt, ciudadades preciosas, y además fuimos en avioneta hasta Ancud, pueblo bastante decepcionante donde pretendíamos comprar productos de importación aprovechando que era Puerto Libre y lo que nos trajimos fueron un mechero americano, pero de mala muerte cada uno. Aquello parecía más bien un mercadillo semanal, pero que ofrecía sus escasas mercancías diariamente.
Quedamos prendados con los volcanes Villarrica, Osorno y Calbuco, con el Lago Villarrica y el Lago de Todos los Santos, pero el recuerdo de Chiguayante emergía repetidamente, incluso cuando pocas semanas después de aquel viaje por el sur, regresé a Barcelona. Y estando aquí, me enteré que a mi padre lo habían trasalado  a la planta principal de la fábrica, o sea a la de Chiguayante y mis planes de estudiar periodismo en la Escuela Oficial de Madrid, se fueron al traste y comencé a dar caña para volver a vivir junto a los míos, pese a que aquí había sembrado, consechado y cultivado una importante legión de amigos.
En octubre del 67 llegué de nuevo a Chiguayante, a la Casa del Bosque, una pequeña mansión enclavada entre bosques de eucaliptus, pinos y cedros del Líbano y que por tener, hasta tenía un campo de golf de nueve hoyos. Su parte posterior comunicaba con el río Bío Bío.
El primer día ya tuve mi primera novia y a los pocos, un enorme grupo de amigas y amigos, que Juan me fue presentando. No sé por qué él me había creado una aureola de intelectualidad tal, que en ocasiones la gente de mi edad temía franquear una barrera invisible, pero aparentemente poderosa. No me costó mucho afortunadamente que desapareciera.
Allí conocí a Cecilia Zambrano, una vecina menudita, morenita, seria pero simpática, encantadora, bonita y muy, pero que muy inteligente, tanto que a veces asustaba. Además, pese a su juventud era asombrosamente comedida y equilibrada. Mi hermano y yo, mayores que ella la convertimos en nuestra consejera sentimental. Un día, años después, perdimos el contacto y hace pocas jornadas ella me encontró, naturalmente a través de Facebook.
También conocí en Chigua como le llamábamos, a las hermanas Prat, especialmente a Ximena y Patricia, dos chavalas encantadoras, con una madre preciosa. Con Ximena tuve una amistad muy íntima con tintes ocasionales de noviazgo, pero se ve que no estábamos destinados el uno para el otro, porque de repente el encanto estalló como una burbuja de jabón, aunque siempre seguimos siendo amigos.
María Olga Toro, mi amor no correspondido y Loreto Zapata, una chica preciosa pero a la que jamás intenté abordar porque tenía la intuición de que nunca me aceptaría más que como amigo, fueron dos de las chavalas que también me marcaron. Ambas eran de Concepción. Por cierto, uno de los tantos días  que fui a merendar a casa de María Olga y con la intención de tratar de lograr su amor -Juan que es un cabroncete y que lo sabía, me hizo aquel día una buena jugada-, estuve dándole vueltas al tema del amor, de los sentimientos, de lo bueno que soy como pareja, como hombre y como ente dispuesto a dar y recibir cariño “hasta que la muerte nos separe”. En fin, que hablé sin parar y vanamente, porque no logré más que María Olga me mirara fijamente a los ojos y luego a la frente y luego a los ojos y luego, etc. A estas miradas se unió más tarte Loreto que llegó a importunar. La cosa es que una hora después de un monólogo finalmente repetitivo, la madre de María Olga nos invitó a merendar y yo, como es lo suyo, pedí pasar al servicio a lavarme las manos… y ¡Oh, Dios mío!… al mirarme en el espejo ví que tenía pegado un tremendo moco en la frente. No recuerdo cómo terminó aquella velada, pero cuando al anochecer le pedí explicaciones a Juan, comenzó a reirse y al final, ambos terminamos riendo. Con las chicas continuó mucho tiempo la amistad, pero nunca tuve los cojones suficientes como para volver a cortejar a María Olga.
En aquella época de Chiguayante conocí también, pero en la escuela de periodismo, a las dos grandes amigas de mi vida, Sandra y Olga Garretón.
Supe en Chiguayante lo que era dejar a la fuerza tu casa, supe lo que era meter a fondo la pata, supe lo que era un estado de sitio, supe lo que era la amistad verdadera y lo que eran las miserias humanas. Supe lo que eran, asimismo, los enfrentamientos entre clases sociales, lo que era el compañerismo en la Universidad, pese a las diferencias políticas; supe lo que era la persecusión. Conocí la esencia del periodismo en Irene Geis, la politización de la información con Manfredo Mayol y José González, el periodismo barato con Hernán Osses Santa María, la amistad férrea pese a las circunstancias con Oscar Humberto Yévenes y la sencilla grandeza de una juventud provinciana de verdad inolvidable.
Por eso, cuando el 27 de febrero de 1973 dejé para siempre a Chiguayante y fui víctima de un intento de detención policial en el Aeropuerto de Pudahuel, aún años después no sé a cuento de qué, lloré amargamente.
Dejaba años de paisajes de ensueño, de historias y anécdotas, tanto positivas como negativas tremendamente enriquecedoras y unas amistades que como suelen serlo las de aquellos años en que se entra con fuerza y pasión en la vida de adulto, recuerdas para siempre con especial cariño y añoranza.
Ha querido el destino que debido a diversas circunstancias, muchas de las amistades de aquellos años, hayan vuelto a entrar en mi vida, con mayor o menor intensidad y eso es de agradecer.
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2 comentarios en “Chiguayante en el corazón

  1. Hermosos recuerdos Ricardo. Con tu elegante descripción y una mejor redacción me imaginé al mozalbete que sólo miraba a las féminas de esos años (luego que sólo se nombra a Juan -que no soy yo- en el sexo opuesto).
    Llegué a esta nota por casualidad buscando algo nuevo de Irene.
    Un abrazo y un recuerdo para tí.

    Juan Costa

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