VIVA LA VIDA

La vida se asemeja a un círculo, lamentable o afortunadamente no vicioso, pues regresamos al sitio de donde venimos… ¿A la nada? ¿Al todo? Eso, en definitiva no lo sabremos si es lo primero y ya nos enteraremos, sin poder contárselo a nadie, al menos de este barrio, si es lo segundo.
Dicen algunos que el nacimiento es una muerte al revés, aunque otros afirman tajantemente que morir es nacer al revés. Aquí, si nos ponemos a analizar, se puede aplicar sin temor a equivocarnos que “el orden de los factores no altera el producto”.
Si todo fuera perfecto y no hubiesen enfermedades, ni accidentes, sino solamente la vejez como la causa única del fallecimiento, nos percataríamos que el anciano terminaría sus días sin enterarse ni cómo se llama, imberbe, calvo de miseria, babeante y con pañales para contener sus desechos fuera de la vista pública, aunque no con la misma suerte con los hedores. Asimismo, al anciano -muy anciano, porque estamos abordando el caso de que la gente solo se muriera de vieja- se le debe dar la comida hecha papilla porque los dientes le van abandonando en el transcurso de los últimos años.
Al neonato, prolongando todo ello a los primeros dieciocho meses de vida, más o menos, le sucede lo mismo, pero al revés, porque mientras que al bebé se le desarrolla la inteligencia y el sistema motor, al viejo, se le deteriora todo.
De esta forma, dos entes arrugados, calvos, babeantes, meones y cagones y que no pueden masticar, son los extremos de la vida, conforman el círculo.
Pero al pequeñín se le ha estado esperando con ansiedad y al segundo, también con ansiedad, se espera que se vaya, aunque siempre con la frase aquella llena de fingido pesar… “pobrecito, necesita descansar” (trad.: ¡Cóño, cuando nos dejará en paz este martirio).
Esto ocurre por la extraña razón de que el recién llegado al que no le debemos nada, se lo damos todo y al que le debemos todo, no le damos nada.
Al bebé en ocasiones nos peleamos por cambiarle los pañalitos, por darle el biberón, por limpiarle sus babitas y sus moquitos… ¡Es tan mono!
Sin embargo, al viejo, lo mandamos a una residencia donde no nos moleste y donde realicen tan inmundas tareas, escudándonos en otra gran hipocrecia… “allí estará mejor atendido”, sin pensar en lo que este ser piensa y si éste, como suele ocurrir con quienes buscan una demostración de apego y de cariño, pide que se le lleve a una residencia, en lugar de decirle que no, que para eso tiene su familia, pues más que volando se le envía a ese exilio impersonal… “él nos lo ha pedido” explicamos satisfechos… ¡Y tan panchos!…
Y si no hay dinero para residencias, pues lo llevamos de viaje, le quitamos la documentación y lo dejamos “olvidado” en una gasolinera. Total, nuestra mierda de legislación sanciona este “olvido” con 60 euros… (el abandono de un perro, la misma mierda de legislación, la pena con mil doscientos.)
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