La profesora muerta

Durante mi época de estudiante de secundaria, me ocurrió algo que no va, racionalmente, más allá de una visión, pero que en todo caso me dejó una marca. No obstante, la sensación de que aquello fue algo real jamás me ha abandonado del todo.
No haré uso de los detalles ni de los nombres porque no viene al caso.
La cosa es que en el Instituto donde estudiaba mi hermano había, según el mismo me contó muchas veces y que en una oportunidad tuve ocasión, de pasada, de comprobar, una profesora muy joven -unos 25 años- y muy guapa. Ciertamente a mí me lo pareció con su figura espigada, su pelo largo y suelto, con destellos dorados, al menos aquella tarde soleada que me crucé con ella, y un rostro realmente de ensueño.
Al verla comprendí por qué aquella muchacha era no solamente el amor platónico de mi hermano, sino el de casi todos los chavales del instituto, aunque ninguno llegaba a los 18 años. La profe, me contaba él, era consciente de su atractivo y le añadía el de una simpatía a toda prueba. Era tanta la admiración que despertaba que en su clase, por muy pelmazo que fuese el estudiante, nadie se atrevía a ser víctima de un suspenso. ¡Era cuestión de amor propio! Con las alumnas ocurría un poco más de lo mismo hipnotizadas con la natural alegría que sabía imprimir a cada instante.
Un día que me encontraba de viaje lejos de casa -cada vez que tenía un desencuentro con la que hoy, ya muerta, es mi querida y recordada madrastra, me iba lejos de casa para hacer sufrir a mi padre- mi propio padre me llamó a casa del amigo donde me hospedaba para pedirme que regresara, pues mi hermano había caído en un estado depresivo tras haber sido testigo de cómo un autobús atropellaba mortalmente a “una de las profesoras” de su instituto. No me hicieron falta más datos para saber de quién se trataba. Me puse en contacto con él y me pidió entre sollozos que no regresara, que quería estar solo.
Al volver a casa, diez días después del acontecimiento, ya más calmado, me contó los detalles del accidente, que no viene al caso relatar y me pidió que le acompañase al cementerio a dejarle a la difunta un ramo de rosas blancas, obsequio que le llevaba diariamente desde su inhumación.
De camino al camposanto y después dentro del mismo, sorteando mausoleos y lápidas, noté que mi pobre hermano hablaba de la docente como si estuviese viva y, peor aún, como si entre ellos existiese una relación sentimental muy profunda y esto ciertamente me inquietó.
El cadáver reposaba en un nicho situado a la altura de mi cabeza. Al llegar, mi hermano cayó de rodillas y comenzó a implorarle que saliera de aquel hueco porque sin ella se sentía desvalido.
Fue entonces cuando tuve la sensación de que el cemento y los ladrillos se desvanecían y dejaban al descubierto un lustroso ataúd negro. Pero ese lustroso ataúd también pareció desvanecerse y pude contemplar, iluminado por la claridad del día, una claridad que por lógica no debiera llegarle, el cuerpo del amor platónico de mi hermano.
No parecía en absoluto al de aquella esbelta joven, pues estaba hinchado a punto de estallar y su hasta hacía poco dulce rostro, parecía un globo del que pugnaban por saltar sus ojos y su boca permanecía abierta en un rictus de eterno dolor. Su piel combinaba colores entre el gris y el azul. Sin mortaja, la ropa había cedido a la presión de la carne putrefacta y no pude apreciar en su pecho las cicatrices de la autopsia (tiempo después supe que la familia había logrado impedir que se mancillara el cuerpo inerte de la chica).
Sucedió que mientras veía lo que la razón indicaba que no veía, tuve tiempo para percibir no sin asombro, los estragos que perpetra la podredumbre hasta en los más hermosos de los seres humanos, pero cuando esos estragos se concentraron en el más nauseabundo de los hedores, comprendí que aquello era un simple despojo, que la profesora de mi hermano ya no estaba allí y antes de vomitar en aquel mismo sitio justo en el momento que las imágenes del ataúd primero y el material del nicho después volvían a materializarse, le miré y logré musitar: “aquí no está ella”.
No sé qué expresión tendría o qué reflejo se proyectó hacia él, la cosa es que después de asistirme afectuosamente en mi transitoria indisposición, nos fuimos del cementerio sin hablar y no volvió a visitar la tumba hasta un año después, ocasión en que también le acompañé y durante todo ese período me habló en algunas ocasiones con afecto de su antigua docente, hasta que más de cuarenta años después del hecho, creo que ya la ha olvidado si no completamente al menos casi del todo.
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