La tacañería y la ingenua humillación

camareroNunca en mi infancia vi una película completa. ¡Nunca!
Yo no sé por qué extraño motivo mi añorado y adorado padre, jamás pudo salir de la casa con dirección al cine, como no fuera a la misma hora que comenzaba la función.
Y menos mal que entre la publicidad tipo diapositivas, los spots y finalmente el dichoso No-Do ofrecidos durante el frenético trayecto desde la casa al sitio de la exhibición, nos permitían ganar algo de tiempo.
En ocasiones, mi hermano y yo, porque a mi padre parecía no importarle, rogábamos que los créditos que por aquel entonces precedían a la peli, fueran largos, para perdernos lo menos posible la trama. Pero no. Llegábamos poco más o pocos menos, veinte minutos tarde, lo que le servía de pretexto para no comprarnos chucherías en la entrada. Como comprenderéis si no se tratara de una superproducción tipo “Los Diez Mandamientos” o “Ben-Hur”, pues no llegábamos a enterarnos de qué iba todo aquel resto que habíamos visto. Lo que en este sentido fue el acabóse fue aquel día en que acudimos ilusionados a ver Pinocho y entramos justo en el instante en que aquel títere de madera había sido convertido en un niño de verdad y se miraba sus tiernas manitas, mientras exclamaba “¡Papá, papá, soy un niño de verdad!”, observado por una cortina brillante con reminiscencias de mujer, un enano horroroso con aspecto de grillo cabezón y un anciano que debía ser su padre pero que paracía su tatarabuelo y que de seguro lo dejó huérfano en un par de meses.
De pasada he dicho que mi padre utilizaba el retraso como excusa para no comprarnos chucherías y es que el viejo querido, era no medio tacañete, sino tacaño de solemnidad y es que cuando el acomodador o acomododadora con su linterna nos dejaba en algún sitio cómodo entre los cabreados asistentes que debían moverse para dejarnos pasar, el pobre acomodador o acomodadora, se quedaba con la mano estirada esperando una propina que de manos de él, jamás saldría. Respecto a esto, debo añadir, que cuando el acomodador o acomodadora ya se habían marchado frustrados y refunfuñando, mi padre nos comentaba en voz baja “si quiere tener dinero que trabaje… ¡so penco!”. Solía ser, como veis, muy poco profundo en sus apreciaciones, amén de contar con una generosidad extremadamente limitada.
Y ya que he concluido el tema del retardo en nuestra llegada a las salas de cine y casi por un conducto natural hemos recalado en el de la tacañería de mi progenitor, contraída y no innata como quedará demostrado en breve, lo que se constituía en un verdadero tormento semanal eran las cenas en algún restaurante de lujo, por disposición de nuestra nueva madrastra, que no admitía réplicas en ese sentido y que para ella parecía ser la continuación de una especie de ritual que se seguía en su familia desde la infancia y tal vez por generaciones.
Poco le importaba a su mujer el rutinario epílogo de cada una de aquellas cenas desde que se unió a mi padre. Total, a la hora de pedir la cuenta se iba a retocar el maquillaje y no regresaba hasta que la tormenta hubiese pasado y cuyos últimos vestigios eran el brillante rubor carmesí en los rostros de mi hermano y mío, las miradas de reojo de los otros comensales, el cabreo a tope del camarero y del maitre y la cara de satisfacción de mi papá. muy propia del que es consciente de haber cumplido con su deber.
La cosa es que después de cenar (yo nunca pedí otra cosa como no fuese un bisté a lo pobre con la carne muy hecha), mi padre que había comido, bebido y tragado con verdadero deleite lo que había pedido y se le había puesto por delante, teniendo eso sí, especial cuidado de dejar en el borde del plato algunas sobras, especialmente de la carne de ternera, cerdo, cordero, pollo o pescado, según lo que hubiese pedido.
Una vez concluída la cena, el postre, el café y los bajativos de los que solía disfrutar mi madrastra y sufrir por su inncesario coste mi padre que no los degustaba, comenzaba el drama.
Ponía el buen viejo cara de mala hostia y levantaba la mano para llamar al maitre y le contaba unas barbaridades sobre el estado de aquella carne de la que había disfrutado a tope, como que estaba pasada, que tenía mal sabor, que estaba tan poco hecha que se había sentido como un animal comiéndola, etc.. Obviamente a medida que se animaba con las protestas, alzaba la voz hasta lograr que el avergonzado maitre le asegurara que su comida no le sería cobrada.
Deespués de este acto, comenzaba el segundo, con la cuenta modificada a última hora. Cogía mi padre una pluma (una estilográfica, claro) y perdía sus buenos quince minutos sumando las cifras de aquel papel y como siempre era de esparar, la suma estaba correcta, por lo que argumentando la mala calidad de la comida, el retardo en la atención y cualquier otro motivo del que pudiera disponer, exigía que le quitaran ese diez por ciento destinado al camarero que se solía cobrar por aquellos años (no sé si aún ahora, porque no suelo ser cliente habitual de restaurante alguno). Y, amigos míos, así como en ocasiones lograba que le descontaran ese diez por ciento, en otras, no pocas, no le cobraban nada, bajo su promesa formal de que no volvería a hacer acto de precensia por allí. Y salíamos del local, pletórico de satisfacción él, humillados mi hermano y yo y como si la cosa no fuera con ella, su mujer.
Pero lo peor, y con esto termino, era cuando a la rutina se le añadía la presencia de mi abuela, de quien había heredado mi padre la tacañería, que nos acompañaba cuando no podía hacerlo la esposa de mi padre.
Todo comenzaba normal. El maitre -ignorando lo que le venía encima- nos daba la bienvenida, ofrecía la especialidad de la casa en aperitivos, junto a unas exquisiteces que nos terminarían por abrir el apetito (para mi hermano y para mí, toda aquella oferta se resumía en una Coca-Cola que debería acompañarnos durante el resto de la velada).
Todo continuaba normal, primero mi padre, después mi hermano y yo en ese orden, hacíamos la solicitud de nuestro primer plato y en ocasiones ya adelantábamos hasta el segundo y de ser posible, el postre. Finalmente pedía mi abuela y ya comenzaba el primer atisbo de anormalidad.
Siempre mi querida abuela -que afortunadamente nos acompañó en pocas ocasiones evitando ahondar permanentemente el infinito pozo de las vergüenzas-, cuando le tocaba el turno para hacer su escogencia, se desmarcaba de la carta y simplemente requería aceite de oliva y “un poquitín de nada” de sal.
Tras la fugaz mirada propia del que cree haber entendido mal, se retiraba el camarero a encargar la lista y lógicamente lo primero que llegaba era una aceitera y un salero y se hacía escuchar la única pregunta, sin respuesta, de la abuela: “¿Por esto no me cobraréis, verdad?”
Pero lo peor llegaba casi al instante. Ponía la yaya su gran bolso sobre la mesa y de él extraía una bolsa de papel, de aquellas que se usaban antes de las de plástico.
Bajaba, como si de una ceremonia se tratara, el bolso grande y dejaba el de papel. Nos miraba uno a uno como si fuésemos idiotas y de todos ella la única inteligente, y comenzaba a sacar
Primero: Una Coca-Cola familiar, de aquellas que precedieron a las de 2 litros, de 750 cl.
Segundo: Un plátano
Tercero: Una barra de pan
Cuarto: Una barra de tabletas de chocolate de leche.
Obviamente el asombro del personal del local de turno y del resto de los clientes que por mucho que lo intentasen no lograban sustraerse de tamaño sacrilegio en un restaurante de gente de bien, era patente y patético. Bocas y ojos muy abiertos.
Con su elegancia y delicadeza que le eran absolutamente ajenas, destapaba con sus dientes, la Coca-Cola.  Después abría el pan con los dedos, le echaba aceite de oliva, la sal, cortaba el plátano en rodajitas, lo distribuía dentro del pan y finalmente coronaba su bocadillo distribuyendo equitativamente las tabletas de chocolate.
Y a comer “gratis en un retorán de gente de postín”, como prologaba su particular festín. Lo demás era lo ya conocido.
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