El colmillo del demonio

vampiro_colmilloLo que les voy a contar es la historia de un colmillo y de los infelicez dentistas que intentaron extraerlo.
A pesar de que es un pasaje escalofriante, vereis que no es más terrorífico que cualquier visita al odontólogo cuando sabes que algo no anda bien.
Comienzo:
Era el año 1992.
Disfrutaba para entonces de una cómoda situación económica y de un cierto prestigio como periodista y presentador.
Todo iba sobre ruedas. El destino nos había bendecido con un par de encantadores gemelos que se unían a otro par de idem y a una preciosa niña y se ve que cada uno vino con un pan debajo del brazo, porque el día que nacieron, la cadena me premió con la triplicación del sueldo. ¡Sí, sí! Me multiplicó el sueldo por tres, pero todavía creo que ese aumento estratosférico no fue por el nacimiento de los críos, sino que el alumbramiento sirvió de pretexto para blindarme en la emisora habida cuenta del inusitado éxito que estaba alcanzando mi programa intimista “La Hora del Ensueño y del Amor” que arrasaba en audiencia en la noche de Madrid.
¡Vamos! Que todo iba bien.
Sin embargo, un día cerca de la Navidad  quise partir una nuez y la nuez resultó tan dura que lo que me partí fue el colmillo derecho desde mi punto de vista y el izquierdo desde el vuestro.
¡Colmillo del demonio!
Se desprendió limpiamente toda la corona, quedando dentro la raíz.
Pasado el dolor, me percaté que no sentía molestias ni con la cerveza del desayuno, ni con el vino del mediodía, ni con el wiski de la merienda que me mandaba el médico para la tensión, ni el licor de melocotón que me zampaba cada noche como bajativo antes de dormir. Tampoco era sensible aquella raíz abierta a las copas que muchas veces compartíamos en la radio Gabi, Ángel, Adolfo y yo, ni aquellas otras cervezas que solíamos beber después del informativo estelar de las dos, Eduardo, el mismo Adolfo, Carmen, Jesús y también yo.
Me miraba en al espejo para ver si el estrago se percibía a través de una sonrisa y… ¡tampoco! Lo que sí me preocupaba era una mierda de verruga que me crecía en la nariz y que me desmejoraba bastante mi ya inevitable desmejoramiento innato. ¡Imaginaos! Feo y con una verruga.
Así es que dejando de lado el colmillo del demonio, opté por sacarme la verruga y no veais lo desmejoradamente guapo que quedé.
Poco después, una eminencia médica me diagnosticó, tratándome de una afonía total de tanto hablar, un cáncer de hígado y tras comprobar semanas más tarde su error, me prohibió volver a su lujosa consulta:
“Vosotros, bohemios asquerosos de la radio, sois unos alcohólicos. ¡No me regrese usted más por aquí o le saco a patadas!
Y me fui de lo más contento sin mi cáncer al hígado y sin la corona del colmillo del demonio cuya raíz permanecía dormida.
Posteriormente se me diagnosticó cáncer en una tumoración adherida a la tráquea, para cambiar al poco el diagnóstico por el de un tumor cancerígeno en la tiroides. Pero tras meses de angustiosos examenes y tratamientos, resultó ser una tumoración cebacea sin adherimientos (todavía la tengo como un objeto de museo, al lado de la “manzana de Adán”).
Una nueva alegría mientras la raíz del colmillo del demonio seguía dormida y yo contento. Tenía una familia estupenda (todavía la tengo aunque aumentada con cuatro pequeñísimos miembros), un trabajo que combinaba magistralmente mi pasión compartida por la radio y el periodismo y un punto en la boca que por lógica debía dolerme, pero que no me dolía.
Una mañana, sin embargo, yendo al hospital Severo Ochoa de Leganés, soportando una temperatura de siete grados bajo cero, un niño de esos “metemeentodo” le preguntó a su mamá: “¿Mami, a ese señor no le da vergüenza ir por la calle con un flemón tan grande?”.
Quise disimuladamente dar un golpe de vista al desafortunado hombre del flemón, pero en cincuenta metros a la redonda solamente estabamos el dulce niño, su avergonzada madre que me miraba con una media sonrisa de disculpas y yo.
Me toqué el lado derecho de la cara y tenía -¡Madre mía!- un flemón tan grande que más parecía estar chupando una manzana entera puesta entre el labio superior y las encías.
No me dolía, pero aquella raíz dormida, al igual que los bellos pero peligrosos volcanes inactivos, no tardó ni medio día en volcar toda su lava en forma de intenso dolor por su cráter.
¡Colmillo del demonio!
Una noche de angustia, de aspirinas y buscapinas, precedieron a la visita a la destista de urgencias.
La buena mujer, a la que escuchaba entre suspiros de dolor y veía a través de unos ojos de los que salían lágrimas de manera espontánea, me sacó una radiografía y me explicó que la raíz que parecía la lengua bífida de una serpiente, era tan profunda que debían operarme.
Primero el tratamiento de antibióticos y antiinflamatorios y una semana después al Centro de Cirugía Odontológica de La Fortuna, en Leganés.
Dos días después solamente me quedaba la molestia en forma de punzantes latidos.
Y al final llegó el momento de verme recostado en una camilla rodeada de luces y uno de los dos odontólogos, me inyectó la anestesia.
Salí a esperar en una pequeña salita a que me hiciera efecto el producto. El flemón que me salió fue descomunal y por más que me tocaba, la sensibilidad de la zona afectada era la misma de todos los días.
A las nueve de la mañana me recosté de nuevo en aquella desagradable cama.
Cuando uno de los cirujanos intentó introducir en la raíz una especie de diminuta anclita, fue tan intenso el dolor que más que un grito, dí un alarido.
-¡Anestesia! ¡Anestesia! -gritó el otro dentista y sin sacarme el ancla, me inyectaron anestesia en cantidades tales que se me adormeció parte de la frente y toda la boca excepto donde estaba la raíz rota.
Movió el hombre un poco su ancla y un gemido natural emergió por mi garganta.
–Aguante un segundo, sólo un segundo y estará la raíz fuera, -me dijo.
Sentí como si me enterraran un clavo hirviendo por la raíz y no pude contener otro grito espontáneo.
Al ver el ancla fuera, di un suspiro, pero cuando el profesional me dijo:
-Ahora sí que sí -me percaté que no habían movido la pieza ni un milímetro.
¡Colmillo del demonio!
Se repitió, después de un largo descanso toda la operación anterior y los gritos ya desfallecidos por un dolor aumentado, pero la raíz no cedió.
Poco antes de la una, informada mi mujer del porqué de una intervención de cinco minutos se había convertido en un calvario de cuatro horas, los dos  carniceros dialogaron, y logré captar palabras como “hospital”, “anestesia total”, “ambulancia”, “dolor intenso” y -lo más dramático de todo- “romper el hueso” y “seguro que aguantará un poco más”.
Se introdujo un bisturí en mi exhausta boca, comenzó a salir sangre a borbotones a través de una manguerilla que me había puesto.
Salió fuera el bisturí. Había soportado el dolor de no sé cuántos cortes en las encías porque ya nada podría ser igual a los dolores inciales.
¿Nada?
Esta vez se introdujo un alicate en mi boca y un sonido a rama rota acompañado del dolor más intenso que haya sentido hasta ahora, me llevó a una profunda inconsciencia y al despertar no sé cuánto rato después, el dolor aunque aguantable tenía forma de agudísimos pinchazos que latían al ritmo del corazón.
Ya la raíz estaba fuera y en mi boca los señores habían acumulado la asombrosa cantidad de 38 puntos.
Cuando ocho días después fui a quitarme los puntos, la dentista de urgencias que me había enviado a ese centro de cirugía, vio la masacre en mi boca., no se lo podía creer.
¡Colmillo del demonio!
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