El camino de las ánimas (versión real)

rengoEn una web chilena dedicada a asuntos de ultratumba “absolutamente verificados” transcribieron textualmente una historia que había colgado en la sección de terror de notimundo.es, material que posteriormente se recopiló en el blog “Comentarios y cuentos de Ricardo Salvador”, hacia donde transfiere el antiguo link de la sección de terror de la citada web informativa.
Pues bien, esa historia que titulé “El camino de las ánimas” ocurrió siendo yo bastante joven y afectó de tal manera a toda la familia, que al plasmarla la primera vez, quise hacerle unos retoques, cambiarla de ambiente y de nombres. De esa manera la sentía más ajena y los escalofríos no me recorrerían el espinazo como cuando trataba de volcar a través del teclado, el recuerdo de aquella noche, que era solamente un episodio de una larga lista de acontecimientos relacionados con un hombre bueno que había fallecido conociendo la agudeza de la depresión y el sabor de la incertidumbre al final de una larga vida de esfuerzos y éxitos en su campo.
La historia la situé en México, en un pueblo imaginario, y puse por testigos, también ficticios, al párroco y al alcalde de la pedanía. Fueron estos dos personajes los que al autor de la web chilena le bastaron para darle total y definitiva credibilidad a la historia.
Es probable que el responsable de esa página dedicada a cosas del más allá, se sorprenda,  si llega a saberlo, que lo narrado, ya lo digo, con elementos añadidos y excluidos por los motivos que he citado, no ocurrió en una pequeña y desconocida villa mexicana, sino en una hacienda situada en las afueras de la ciudad chilena de Rengo, cercana a Rancagua, en la zona central de aquel país. Y los hechos transcurrieron en el cementerio, así como en la señorial vivienda de la Hacienda, enclavada a pocos metros del camino, y también en ese camino que por ser el que bordeaba el cementerio en dirección al pueblo, era conocido como “El camino de las ánimas”
De lo que venía aconteciendo y siguió aconteciendo y de lo ocurrido aquella noche en la que toda la familia fue aterrorizado testigo presencial, no podríamos citar como avaladores ni al párroco de Rengo ni a su alcalde, porque aunque muy probablemente tuviesen conocimiento de los extraños sucesos que acaecían en torno al camposanto y en las tierras del finado don Antonio Noriega, no podrían muy probablemente dar fe de ello.
Testigos fuimos mi padre, mi abuela, mi hermano y yo. También su viuda doña Mercedes, y sus hijos Antonio, Alicia y Lucía, y los campesinos que residían cerca de la gran mansión y los perros que aullaban durante las apariciones espectrales que lo hacían envueltas en una extraña brillantez opaca y una brisa inquietantemente gélida.
No fue tan espectacular lo sucedido tras la muerte de don Antonio como lo que escribí en mi primer “camino de las ánimas”, porque aquello lo adorné de tal forma que los únicos elementos originales de los sucesos, fueron el cementerio y el llamado camino de las ánimas. No fue tan espectacular digo, pero fue lo que en realidad ocurrió.
Y ya que tengo escalofríos en el espinazo, rescatado el recuerdo siempre vivo de aquellas últimas horas de la jornada, se los cuento antes que me arrepienta.
Pasábamos un mes en el campo -en realidad alcanzamos a estar una semana- en aquella casa que a mi hermano y a mí nos enloquecía porque significaba el contacto más puro con la naturaleza, con los animales, con la tierra, el barro, los arroyos. Los cerdos llamaban especialmente nuestra atención y a mí un caballo ciego en el cual solía montar para acompañar junto a mi hermano Juan, a Antonio que nos llevaba a recorrer los sembradíos de su enorme propiedad
Los primeros días, la actividad incesante, el calor, los “madrugones” para colaborar en el ordeño de las vacas y la comida que nos saciaba con su cantidad y su pureza campesina, nos lanzaba a la cama extenuados bastante antes de las nueve de la noche, incluidos mi padre y mi abuela que hacían los mismos trayectos nuestros pero andando.
Antonio, que cumplía una jornada agotadora de sol a sol y doña Mercedes, Alicia y Lucía que hacían las mismas rutas que mi familia mayor, no se acostaban temprano y cuando en grupo nos despedíamos, una extraña sensación de placidez se dibujaba en sus rostros y  sus cuerpos asumían poses relajadas.
A la sexta noche, quizás porque nos fuimos al pueblo, comimos y merendamos en un restaurante y solo caminamos conociendo las poco atractivas calles y casas de la villa, al llegar las nueve continuamos conversando en el gran salón y pese a la evidente inquietud de nuestros anfitriones, nos hicieron compartir un exquisito licor de frutas, una sorpresiva tarta de plátano y como si la noche fuese eterna nos ofrecieron una segunda cena en base a huevos fritos y pan horneado recién hecho por doña Marcedes.
De pronto, la calidez estival nocturna dio paso a una gelidez inexplicable, mientras las luces del alba comenzaron a filtrarse por entre los cortinajes cerrados del salón. Pero cuando esto ocurría eran apenas las once de la noche. No hubo, no obstante sorpresa alguna en torno a aquella luminosidad, puesto que era lógico pensar que un coche con sus luces se habría detenido en el camino. Lo inquietante era el frío intenso, el vaho que salía de nuestras bocas y de las fosas nasales en pleno verano austral.
Mi hermano y yo optamos por irnos a nuestra habitación. Mi padre evidentemente alarmado, se ofreció a acompañarnos.
Su alarma y su asombro, nuestra alarma y nuestro asombro iba más allá del frío, se proyectaba por toda aquella extensa campiña a través de los multiplicados aullidos de quizás cuántos perros claramente atemorizados.
Una vez en nuestra habitación, cuya ventana estaba abierta, pudimos contemplar aquella brillantez opaca que se extendía por entre árboles y cabañas de campesinos hasta el horizonte. Una luminosidad que había puesto fin al descanso de las aves. Trinaban los pájaros entre las ramas y las gallinas buscaban alimento escarbando la tierra, con el aliento del inicio de un nuevo día en plena noche.
-¡Alicia, alicia! -rompió una voz hueca y lejana la anormalidad de la noche, sin imaginarnos en absoluto, que ese llamado no hacía más que produndizar toda aquella extraña sobrenaturalidad.
-¿Don Antonio? -se preguntó casi ahogado mi padre que al igual que nosotros había reconocido la voz del muerto.
Como respuesta, las hojas de los árboles se movieron mecidas agresivamente por una ráfaga de viento.
Todos a una nos asomamos e la ventana y allí, justo en la puerta de acceso a la propiedad, enclavado en el camino de las ánimas, estaba sonriendo don Antonio que nos saludó con un ademán de mano. Parecía ser un sol pues en su cuerpo nacía sin más brillo ni menos opacidad, aquella luz que todo lo alumbraba pero que no generaba sombras aunque sí se podían adivinar las formas y los perfiles, otro elemento añadido a nuestra creciente angustia e inevitable terror.
-Pasa papá, -invitó Alicia a nuestras espaldas y don Antonio se asomó por la ventana con una sonrisa que imploraba tranquilidad, pero que no logró su objetivo.
Alicia le rogó:
-No te vayas, papi, -pero el muerto fue absorbido por la natural oscuridad  y el calor que volvía a reclamar su sitio. Mientras los pájaros dejaron de trinar y las gallinas se acomodaron rápidamente en el lugar en que les sorprendió la nueva noche, los lastimeros aullidos de cientos de perros que se perdían en la distancia, fueron cesando en la medida que tal vez les iban pareciendo innecesarios.
El resto de los hijos y la madre volvieron a invitarnos al salón, donde la abuela se reponía de una situación que le resultaba asombrosa, pero que no había alcanzado a vivir a plenitud como nosotros. Estaba recostada sobre un sillón, con una taza de tila humeante asida por su mano derecha. Su palidez era evidente.
Supimos entonces que las conversaciones familiares con el difunto se sucedían casi a diario.
Avisaba, proponía, advertía, sugería con una cordura impropia de un humano, en todo lo concerniente al quehacer del hogar, la familia y la administración de las cosechas.
También pedía ayuda, como una noche en que un grupo de vándalos profanó el camposanto, destrozando las lozas de varias tumbas, entre ellas la propia.
-¡Tengo frío! ¡Tengo mucho frío! -retumbó en aquella ocasión la voz temblorosa del fantasma, que aterrorizó a todos aquellos que vivían en las proximidades del cementerio  profanado y en toda la extensión del camino de las ánimas hasta acabar en su antigua morada terrenal.
Escuchada las explicaciones, organizamos el equipaje, nos despedimos de una comprensiva familia, nos subimos al coche y nos regresamos a nuestra casa en Santiago.
Al pasar por un costado del cementerio, mi padre aceleró y nadie miró hacia su interior. Las tristes farolas del pueblo nos tranquilizaron, aunque la estrecha carretera hacia Rancagua, produjo el milagro de hacernos sentir lejos del alcance del miedo.
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