Un poco más acerca de los 40 años del ingreso en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción

Como ya lo dije hace unos cuantos días, la próxima semana, el 30 de octubre, la mayoría de los ex compañeros que entramos hace 40 años a la primera clase en el primer año de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción hoy llamada (en una suerte de recesión nominal) Carrera de Periodismo, se reunirán festejando fecha tan señalada.
Muchos no estaremos presentes físicamente, aunque sí de corazón, porque si bien es cierto que en términos generales de aquella etapa que se consituyó en un episodio inolvidable, los rostros, los nombres, las ideas se fueron esfumando -al menos en mi caso-  recurriendo a fusiones personales para dar vida a personajes importantes de aquellos días, tampoco es menos cierto que a través del creciente intercambio de correos electrónicos de todos los involucrados, cada quien ha ido, a la par de perfilando figuras y pasajes, tomando el lugar que en su época tenía y así, aparte de mis entrañables mellizas Sandra y Olga y Patricio Gajardo y Eduardo Olivares y como no, el inolvidable amigo Mario Pantoja, se ha reconstruido en mi mente aquel rompecabezas desestructurado por el involuntario olvido para dar la forma de hace ocho lustros a personas tan apreciadas como Ana María, Lucy, Graciela (¿sería cierto que cantaba tan bien el Sapo Cancionero de los Chalchaleros?), Eliana, María Elena, Godoy, Pelayo, Juan Carlos. En esto han colaborado las fotos del ayer que algunos han enviado en las que al ver una en particular exclamé… “¡Coño, mira al Richard Vera!” . Hay muchos más pero si me pongo a nombrarlos parecerá que estoy pasando lista en clase.
Lo que puedo decirl es que el 30 estaré todo el día brindando no con vinos canonizados del cual mis amigos del 69 han excluído muy acertamente el SA(ta)N AUGUSTO, sino con mi preferido desde hace muchos años, el Señorío de Los Llanos, cosecha del 2003, D.O. Navalcarnero (Madrid) -una mierda para los entendidos, pero un néctar de los dioses para mi ordinario paladar-. En la noche haré un descanso tratando de mantenerme en pie y recibiendo los ya acostumbrados improperios de mi buena y sacrificada mujer en las escasas ocasiones en que le he dado este tipo de motivos en los 33 años que llevamos casados y el 31, pues a continuar brindando por los camaradas de ayer.
Y también a través de esos entretenidos intercambios epistolares, he recordado otras actividades extra académicas, guardadas posiblemente en el armario trasero de las vergüenzas con el apoyo de un ciclo tremendamente fatigoso que en pocos años, antes y después del paraíso de Barros Arana, me llevó a Buenos Aires, Río, Lisboa, Madrid, Barcelona y Caracas, que me ayudaron a echar un buen cargamento de situaciones para dejar bien en el fondo las escapadas a Orompello, (nombre que había olvidado por completo hasta esta semana), en una de las cuales, nos fuimos siete conocidos en un VW escarabajo y tras recibir en una de las casas de mujeres de perdición, los servicios ofrecidos, además de un baile etílico producto de una inacabable hilera de copas, nos dimos cuenta, uno a uno que no teníamos ni un duro encima y a una sola voz salimos corriendo, seguidos de dos de las pecadoras que dejaron dentro del lenocinio su dulce y cariñosa sensualidad para convertirla en el exterior en verdaderas fábricas de las más inimaginables groserías. Una vez dentro del coche que arrancó con una premura lógica, contandos y recontados éramos ya no siete, sino ocho, aunque nunca supimos -el alcohol es muy malo, lo puedo jurar- quién fue aquel octavo pasajero, aunque seguimos hasta la madrugada esa juerga que culminó con un desayuno en el mercado.
También a través de esas cartas virtuales, reconstruyo indirectamente la proyección hacia el futuro en relación a la importancia de la formación básica inicial -independientemente de la posterior- recibida en la escuela, ligada a la práctica de calle o de aula, y mis éxitos en el devenir profesional, se los achaco a esos años y los fracasos a mi fuerte vocación que siempre -incluso hoy, sexagenario- me han tenido buscando algo nuevo, diferente, aunque a esta edad ya las nuevas generaciones no se pueden creer que tengas nada que ofrecer, porque dan por hecho que no estás actualizado y que en lugar del Word utilizas una Underwood y del Excel, un ábaco.
Hubo momentos, también, en que maldije mi vocación, como aquel día en que parapetado junto a mi fotógrafo y un pequeño grupo de militares en un lugar asolado por las turbas cabreadas, esperábamos que una multitud de vociferantes manifestantes prendieran fuego a la construcción que nos ofrecía una cuestionable protección. Fue un momento en que no me cagué ni me meé encima, porque siempre he tenido la facilidad de enfrentarme a situaciones terminales con el aplomo que da la absurda sensación de inmortalidad que siempre llevamos dentro, aunque después tiembles enfrentado a la escasa lista de probabilidades que se ofrecían en un determinado momento. Esa tarde, la descarga de la munición de dos viejos aviones Bronco sobre la muchedumbre, nos abrió paso entre gritos, heridos, muertos y mucha sangre. Semanas después recibí la condecoración correspondiente a capitán del ejército por los servicios prestados, que consistieron en no haber publicado lo que si lo hacía me hubiese costado probablemente la vida.
No es difícil darse cuenta del efecto que ha tenido esta reunión en mi humilde caso, porque ha rescatado capítulos vitales relacionados con mi profesión y por ende con aquella casa, alejada del Campus (¿Se le llama Barrio Universitario todavía?) en donde se nos dio el pistoletazo de salida hacia ese ¿oficio? que por aquellos años era por naturaleza, de riesgo y de compromiso, algo bohemio y absolutamente vocacional.

t_bronco_107Como ya lo dije hace unos cuantos días, la próxima semana, el 30 de octubre, la mayoría de los ex compañeros que entramos hace 40 años a la primera clase en el primer año de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción hoy llamada (en una suerte de recesión nominal) Carrera de Periodismo, se reunirán festejando fecha tan señalada.

Muchos no estaremos presentes físicamente, aunque sí de corazón, porque si bien es cierto que en términos generales de aquella etapa que se consituyó en un episodio inolvidable, los rostros, los nombres, las ideas se fueron esfumando -al menos en mi caso-  recurriendo a fusiones personales para dar vida a personajes importantes de aquellos días, tampoco es menos cierto que a través del creciente intercambio de correos electrónicos de todos los involucrados, cada quien ha ido, a la par de perfilando figuras y pasajes, tomando el lugar que en su época tenía y así, aparte de mis entrañables mellizas Sandra y Olga y Patricio Gajardo y Eduardo Olivares y como no, el inolvidable amigo Mario Pantoja, se ha reconstruido en mi mente aquel rompecabezas desestructurado por el involuntario olvido para dar la forma de hace ocho lustros a personas tan apreciadas como Ana María, Lucy, Graciela (¿sería cierto que cantaba tan bien el Sapo Cancionero de los Chalchaleros?), Eliana, María Elena, Godoy, Pelayo, Juan Carlos. En esto han colaborado las fotos del ayer que algunos han enviado en las que al ver una en particular exclamé… “¡Coño, mira al Richard Vera!” . Hay muchos más pero si me pongo a nombrarlos parecerá que estoy pasando lista en clase.

Lo que puedo decirl es que el 30 estaré todo el día brindando no con vinos canonizados del cual mis amigos del 69 han excluído muy acertamente el SA(ta)N AUGUSTO, sino con mi preferido desde hace muchos años, el Señorío de Los Llanos, cosecha del 2003, D.O. Navalcarnero (Madrid) -una mierda para los entendidos, pero un néctar de los dioses para mi ordinario paladar-. En la noche haré un descanso tratando de mantenerme en pie y recibiendo los ya acostumbrados improperios de mi buena y sacrificada mujer en las escasas ocasiones en que le he dado este tipo de motivos en los 33 años que llevamos casados y el 31, pues a continuar brindando por los camaradas de ayer.

Y también a través de esos entretenidos intercambios epistolares, he recordado otras actividades extra académicas, guardadas posiblemente en el armario trasero de las vergüenzas con el apoyo de un ciclo tremendamente fatigoso que en pocos años, antes y después del paraíso de Barros Arana, me llevó a Buenos Aires, Río, Lisboa, Madrid, Barcelona y Caracas, que me ayudaron a echar un buen cargamento de situaciones para dejar bien en el fondo las escapadas a Orompello, (nombre que había olvidado por completo hasta esta semana), en una de las cuales, nos fuimos siete conocidos en un VW escarabajo y tras recibir en una de las casas de mujeres de perdición, los servicios ofrecidos, además de un baile etílico producto de una inacabable hilera de copas, nos dimos cuenta, uno a uno que no teníamos ni un duro encima y a una sola voz salimos corriendo, seguidos de dos de las pecadoras que dejaron dentro del lenocinio su dulce y cariñosa sensualidad para convertirla en el exterior en verdaderas fábricas de las más inimaginables groserías. Una vez dentro del coche que arrancó con una premura lógica, contandos y recontados éramos ya no siete, sino ocho, aunque nunca supimos -el alcohol es muy malo, lo puedo jurar- quién fue aquel octavo pasajero, aunque seguimos hasta la madrugada esa juerga que culminó con un desayuno en el mercado.

También a través de esas cartas virtuales, reconstruyo indirectamente la proyección hacia el futuro en relación a la importancia de la formación básica inicial -independientemente de la posterior- recibida en la escuela, ligada a la práctica de calle o de aula, y mis éxitos en el devenir profesional, se los achaco a esos años y los fracasos a mi fuerte vocación que siempre -incluso hoy, sexagenario- me han tenido buscando algo nuevo, diferente, aunque a esta edad ya las nuevas generaciones no se pueden creer que tengas nada que ofrecer, porque dan por hecho que no estás actualizado y que en lugar del Word utilizas una Underwood y del Excel, un ábaco.

Hubo momentos, también, en que maldije mi vocación, como aquel día en que parapetado junto a mi fotógrafo y un pequeño grupo de militares en un lugar asolado por las turbas cabreadas, esperábamos que una multitud de vociferantes manifestantes prendieran fuego a la construcción que nos ofrecía una cuestionable protección. Fue un momento en que no me cagué ni me meé encima, porque siempre he tenido la facilidad de enfrentarme a situaciones terminales con el aplomo que da la absurda sensación de inmortalidad que siempre llevamos dentro, aunque después tiembles enfrentado a la escasa lista de probabilidades que se ofrecían en un determinado momento. Esa tarde, la descarga de la munición de dos viejos aviones Bronco sobre la muchedumbre, nos abrió paso entre gritos, heridos, muertos y mucha sangre. Semanas después recibí la condecoración correspondiente a capitán del ejército por los servicios prestados, que consistieron en no haber publicado lo que si lo hacía me hubiese costado probablemente la vida.

No es difícil darse cuenta del efecto que ha tenido esta reunión en mi humilde caso, porque ha rescatado capítulos vitales relacionados con mi profesión y por ende con aquella casa, alejada del Campus (¿Se le llama Barrio Universitario todavía?) en donde se nos dio el pistoletazo de salida hacia ese ¿oficio? que por aquellos años era por naturaleza, de riesgo y de compromiso, algo bohemio y absolutamente vocacional.

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