El cine de terror conque crecimos

momia_egipciaDesde muy pequeño creo haber sentido la presencia de seres espectrales en mi entorno, una presencia que se afianzó de tal forma durante mi juventud que llegué a dudar de si me estaba volviendo loco o es que los fantasmas que me rodeaban eran los majaras.
Hay acontecimientos de los que estoy absolutamente seguro que ocurrieron porque fueron momentos en que compartimos el terror varias personas, pero otros que aún no logro discernir si fueron parte de una pesadilla recurrente o eso es en lo que pretenden convertirla mis defensas cerebrales.
Cuando a eso de los seis años vi la primera fotografía de la momia de un faraón, tuvo una doble repercusión en mi mente infantil. Por un lado me fascinó y por otro me aterrorizó de tal manera que esa figura seca y majestuosa fue mi fiel compañera desde el momento mismo que cerraba los ojos en las noches. Y es que en esa etapa de vigilia entre lo real y lo onírico, la momia cobraba vida, me perseguía y mis pies no me respondían para huir y siempre me abrazaba férreamente hasta que me despertaba gritando sobresaltado.
Pero si a alguien debo agradecer esa sensación fantasmagórica que he llegado a estar convencido que me rodea, es a Walt Disney, aquel dibujante millonario que a cuenta de entretener a los peques, lanzó al mercado las más espeluznantes películas de terror, muchas veces adobadas con no refinadas dosis de necrofilia, como el asqueroso caso de Blancanieves, una princesa a la que manda a matar su madrastra pero que al quedar milagrosamente viva, la adoptan como esclava siete enanos, hasta que la madrastra enterada de que su rival seguía viva, se transformó -pavoroso pasaje del film- en una bruja horrible, mala y fea y la envenenó. Los enanos consternados por la pérdida de la mujer que les cocinaba, les lavaba, les planchaba y que muy posiblemente también les satisfacía sexualmente, le hicieron una urna de cristal para ver morbosamente cómo mientras se pudría, muy lentamente a causa del frío, se iba transformando su pétreo rostro en una descarnada calavera.
Mas ocurrió, amigos míos -os cuento la película para aquellos que no la hayáis visto- que llegó un príncipe azul, curiosamente también de nombre Felipe y que a causa de sus propias carencias (falta de baño, de jabón, de desodorante y de papel higiénico) olía aún peor que la carne en proceso de putrefacción de la desdichada Blancanieves y el muy guarro la besó en los labios…
¡Trinaron los dulces pajarillos, saltaron con caras de idiotas los peluditos conejos del bosque!
Y, -¡Oh, milagros del cielo!- la damita que dormía el sueño de los justos posiblemente habiendo quedado insatisfecha en vida con el amor que le prodigaban unos hombrecitos poseedores de unas ávidas y ardientes pollitas, pero que no pasaban a fin de cuentas de ser pollitas, abrió sus ojos a la vida y a la esperanza de que aquel guarro aunque macizo príncipe tuviese una polla de verdad y le devolvió el beso, follaron un par de veces dentro de la urna de cristal y marcháronse el zángano y su zombie, felices y contentos por siempre jamás.
Recuerdo que cuando terminó la película y salíamos del cine de la mano de mi padre que tenía la misma cara de satisfacción que ponen aquellos depravados que han visto una película porno, le pregunté si los enanitos tenían testículos o testiculitos y me respondió con una soberana hostia que aún hoy más de medio siglo después, me hace arder la cara y desconocer la respuesta a mi interrogante.
Hubo otras películas terroríficas de producciones Disney, aquella factoría que convirtió una asquerosa rata en su personaje principal y más querido y creó una saga de patos exhibicionistas que andaban sin pantalones ni ropa interior exhibiendo sus vergüenzas sin vergüenza. Hay otro ejemplo, La Cenicienta, la hijastra envidiosa de sus hermanastras y que se quejaba por todo y que se valió de una hechicera para convertir ratas inmundas en briosos caballos y calabazas en carruajes y al perro en paje y a los cerdos en cocheros, todo para engatuzar a su alteza el zángano real de un reino de mentira, del que estaban enamoradas sus dulces hermanastras y ¡vaya que lo engatuzó! Y tanto que se llevó toda esa purria de animalejos que la rodeaban, llegando incluso algunos historiadores a especular sobre la presunta zoofilia de la descarada Cenicienta.
Y en la película “La Bella Durmiente”, Walt Disney nos ofrece escenas del más puro cine del terror, unos pasajes que dejan a Drácula, Frankenstein, al Hombre Lobo y a Zapatero, para que lo vean niños de teta. ¿No recordáis el dragón horrible en el que se convierte la bruja mala de la película? Esa transformación constituye el climax del maquiavelismo cinematográfico (suponiendo que fuese cierto que en alguno de los párrafos de su libro, Macquiavelo hubiese escrito “el fin justifica los medios”, que no aparece en ningún rincón de la obra). En esta “joya” ciematográfica infantil, también fuimos testigos de una escena de necrofilia, cuando otro zángano real, por medio de un beso, despierta a Aurora, el nombre de la Bella Durmiente, que llevaba cien años en el mundo de los finados, tras recibir el pinchazo de la aguja untada con curare que le puso la bruja mala, en la rueca que manipulaba.
Otros ejemplos son el de aquella pobre ballena que se come sin querer a Pinocho y a su ¿padre? Ghepetto y después los vomita sin remilgos en medio del océano. Eso sin olvidar la transformación de los niños fumones y borrachos en burros de carga.
Vamos, que hemos y he crecido entre las pesadillas de los sueños, las de la realidad y las de Walt Disney… Y yo que soy muy sensible para mis cosas, les he dado vida propia.
¡Al menos eso quiero creer!

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