Un cementerio sin vida

Desconozco el motivo, pero en el último año me he dado cuenta que cada vez que cuelgo una historia cercana al mundo de los muertos que es, a no ser que tengas alguna fe, el mundo de la nada, la página se me llena de visitantes. Será, digo yo, el morbo que cada uno de nosotros lleva dentro.
Lo malo es que no todos los rincones de mi inquieta vida han estado próximos a ese mundo, al menos en lo que al apartado fantasmal se refiere.
Quizás, de lo que no os haya contado y que si bien no tiene nada que ver con apariciones, cacofonías o similares, pero sí con la proximidad a un camposanto, y que está no próximo al mundo de los muertos, pero sí a los muertos con sus huesos, gusanos y olores fétidos e insoportables, se refiere a aquellos días en que todos en la familia estuvimos de acuerdo en alquilar aquella preciosa casa colindante con las bajas paredes del triste, solitario y abandonado cementerio viejo de Píritu, en Venezuela.
El cementerio está ubicado en las faldas de una loma, al lado de la Iglesia del pueblo, una verdadera joya cuyos acabados interiores con madera dorada, aseguraba a mediados de los ochenta el sacristán a los turistas que se acercaban a visitarla, que era de oro macizo y cuyos santos y vírgenes de yeso, malamente colocados en cualquier rincón, eran obras de Picasso y de Miguel Ángel, de Rafael y de Leonardo, esculpidas en mármol de carrara. Cuando un día un ladronzuelo de medio pelo se quiso llevar parte de una viga de oro macizo, ¡tremendo chasco se habrá llevado el pobre!
En fin. El cementerio como decía estaba situado a las faldas de una loma, una muy suave loma y era además de triste, solitario y abandonado, centenario y pobre. Algunas cruces de hierro oxidado, destacaban sobre las centenares de madera carcomida y en el que unas cuantas tumbas de cemento mostraban que entre tanto cadáver de pobre, había uno que otro en que la pobreza era menos opresiva.
De los pocos sepulcros formados por apenas perceptibles montículos, amén de aquellos de cemento que ya he mencionado, a los que aún se podía adivinar la fecha, ninguno tenía menos de sesenta años, es decir que la tierra albergaba polvo, calcio y algunos huesos con apenas carne seca adherida. O sea, no había allí nada que un museo no pudiera contener.
Por eso, cuando nos ofrecieron aquella encantadora casa pegada a una pared lateral del camposanto, al otro extremo de la Iglesia de Píritu, ninguno, ni los tres niños, pensamos en espectros o en zombies, sino en el enorme jardín de la vivienda, sus espaciosas habitaciones y su confortable salón separado por una mampara del comedor.
El salón y la habitación principal tenían vistas al cementerio, las de los niños hacia el bosque que rodeaba, salvo por el espacio que ocupaban los terrenos del chalet, al cementerio.
El lunes debía firmar el contrato y el lunes mismo realizaríamos el traslado, pero quiso el destino que el domingo ocurriera un suceso que nos cambió los planes.
Un cambio de planes ligado absolutamente a las emociones y sensibilidad humana.
Durante la madrugada, un gran número de jóvenes de ambos sexos tuvieron un accidente en la sinuosa carretera de la costa. Eran ocho chavales, casi niños y los ocho fallecieron de inmediato.
Vi el sitio del accidente a poco de ocurrir y vi los cadáveres de aquellos seres que venían seguramente de una fiesta, esparcidos a lo ancho de la carretera a la que habían entregado buena parte de su joven y ya inútil sangre.
Vi, a media mañana, los cuerpos ordenados y al descubierto, depositados en un extrtemo de la Plaza de Puerto Píritu, donde permanecieron durante algunas horas para el reconocimiento de los cadáveres.
Y vi, también, el lunes, el entierro de los infelices adolescentes en el cementerio viejo de Píritu.
De pronto aquel triste, solitario y abandonado camposanto, cobró una dimensión distinta. La muerte se apoderó de él y con ella, todos los fantasmas de la mente emergieron con sus miedos e inquietudes.
No alquilamos aquella encantadora casa.
Entrada actual del cementerio piriteño

Entrada actual del cementerio piriteño

Desconozco el motivo, pero en el último año me he dado cuenta que cada vez que cuelgo una historia cercana al mundo de los muertos que es, a no ser que tengas alguna fe, el mundo de la nada, la página se me llena de visitantes. Será, digo yo, el morbo que cada uno de nosotros lleva dentro.

Lo malo es que no todos los rincones de mi inquieta vida han estado próximos a ese mundo, al menos en lo que al apartado fantasmal se refiere.

Quizás, de lo que no os haya contado y que si bien no tiene nada que ver con apariciones, cacofonías o similares, pero sí con la proximidad a un camposanto, y que está no próximo al mundo de los muertos, pero sí a los muertos con sus huesos, gusanos y olores fétidos e insoportables, se refiere a aquellos días en que todos en la familia estuvimos de acuerdo en alquilar aquella preciosa casa colindante con las bajas paredes del triste, solitario y abandonado cementerio viejo de Píritu, en Venezuela.

El cementerio está ubicado en las faldas de una loma, al lado de la Iglesia del pueblo, una verdadera joya cuyos acabados interiores con madera dorada, aseguraba a mediados de los ochenta el sacristán a los turistas que se acercaban a visitarla, que era de oro macizo y cuyos santos y vírgenes de yeso, malamente colocados en cualquier rincón, eran obras de Picasso y de Miguel Ángel, de Rafael y de Leonardo, esculpidas en mármol de carrara. Cuando un día un ladronzuelo de medio pelo se quiso llevar parte de una viga de oro macizo, ¡tremendo chasco se habrá llevado el pobre!

En fin. El cementerio como decía estaba situado a las faldas de una loma, una muy suave loma y era además de triste, solitario y abandonado, centenario y pobre. Algunas cruces de hierro oxidado, destacaban sobre las centenares de madera carcomida y en el que unas cuantas tumbas de cemento mostraban que entre tanto cadáver de pobre, había uno que otro en que la pobreza era menos opresiva.

De los pocos sepulcros formados por apenas perceptibles montículos, amén de aquellos de cemento que ya he mencionado, a los que aún se podía adivinar la fecha, ninguno tenía menos de sesenta años, es decir que la tierra albergaba polvo, calcio y algunos huesos con apenas carne seca adherida. O sea, no había allí nada que un museo no pudiera contener.

Por eso, cuando nos ofrecieron aquella encantadora casa pegada a una pared lateral del camposanto, al otro extremo de la Iglesia de Píritu, ninguno, ni los tres niños, pensamos en espectros o en zombies, sino en el enorme jardín de la vivienda, sus espaciosas habitaciones y su confortable salón separado por una mampara del comedor.

El salón y la habitación principal tenían vistas al cementerio, las de los niños hacia el bosque que rodeaba, salvo por el espacio que ocupaban los terrenos del chalet, al cementerio.

El lunes debía firmar el contrato y el lunes mismo realizaríamos el traslado, pero quiso el destino que el domingo ocurriera un suceso que nos cambió los planes.

Un cambio de planes ligado absolutamente a las emociones y sensibilidad humana.

Durante la madrugada, un gran número de jóvenes de ambos sexos tuvieron un accidente en la sinuosa carretera de la costa. Eran ocho chavales, casi niños y los ocho fallecieron de inmediato.

Vi el sitio del accidente a poco de ocurrir y vi los cadáveres de aquellos seres que venían seguramente de una fiesta, esparcidos a lo ancho de la carretera a la que habían entregado buena parte de su joven y ya inútil sangre.

Vi, a media mañana, los cuerpos ordenados y al descubierto, depositados en un extrtemo de la Plaza de Puerto Píritu, donde permanecieron durante algunas horas para el reconocimiento de los cadáveres.

Y vi, también, el lunes, el entierro de los infelices adolescentes en el cementerio viejo de Píritu.

De pronto aquel triste, solitario y abandonado camposanto, cobró una dimensión distinta. La muerte se apoderó de él y con ella, todos los fantasmas de la mente emergieron con sus miedos e inquietudes.

No alquilamos aquella encantadora casa.

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