La “Nené” Vásquez

NENEDe esto, hacen algo así como 44 años, lapso que demuestra no solamente el tiempo transcurrido, sino que me hago viejo a pasos forzados.

Pero ni es la edad ni la relatividad del tiempo lo que hoy quería abordar, sino la figura etérea a estas alturas, de una chavala chilena, de origen hispano, si mal no recuerdo, a la que conocí muy poquito, pero a quien dediqué, no obstante, la parte del libro que escribí junto a mi amigo Jaime Hales, allá por 1965.
Se llamaba “Nené” Vázquez. Era alta, muy alta y su figura se adelgazaba según se fuera subiendo la vista, o sea que tenía unas piernas gruesas y muy bien hechas, un culo bastante bien provisto, una cintura sensualmente estrecha y en el camino hacia su cabeza, hay que decir que uno se encontraba conque la naturaleza había sido bastante egoísta al momento de dotarla de sus glándulas mamarias. Pero ¡ojo! que en su conjunto “Nené” -no me viene a la cabeza el nombre de pila para nada- era muy atractiva y además tenía un rostro que a pesar de sus gruesas gafas para la miopía, era bastante agraciado.
A sus dieciséis años de entonces, parecía tener 18 ó 20, contaba con una inteligencia muy desarrollada, un sentido artístico muy claro y convencido, y, lamentablemente porque no le hacía falta hacerlo, se había rodeado de un halo bohemio, que le restaba algo de naturalidad a sus cualidades.
Ni recuerdo cuándo la conocí y apenas la última vez que la vi. Solo sé que me gustaba, lejos eso sí de cualquier sentimiento, como mujer y como persona. La veía tan segura de sí misma, que quería verme en su espejo, aunque al final tuve la sensación de que en esa armadura de autodominio, se escondía un ser frágil e inseguro y peor, aún, atenazado por una incipiente depresión.
Entró en mi vida, creo que a través de mi hermano Juan, cuando Jaime y yo ultimábamos los detalles previos a la publicación de nuestro “Literatura de Gente Joven”. Y uno de esos detalles era concretar a quién dedicaríamos aquella edición. Jaime lo tenía claro en su falta de claridad. Estamparía en letras de molde para la eternidad a Teresita, un nombre sin más cuerpo y más alma que las que le dio mi amigo a través de sus sueños que le llevaban por los caminos de un perfecto amor utópico.
Yo, más pragmático y que aún no conocía a Claudia, el primer amor de mi vida a la que sin duda se lo hubiese dedicado, quise agradecer la presencia en aquel momento de “Nené”, sus consejos, su amistad y su cuerpo que me volvía loco, principalmente después de haberla visto en biquini, permití que se plasmara la única opción que me pareció lógica, es decir, dedicarle a ella el libro.
Cuando le comuniqué mi decisión, recuerdo que la chavala, que pocas veces sonreía, se puso muy contenta, tanto que a veces pienso que al igual como me sucedía a mí, yo también le gustaba sin que los sentimientos la entorpecieran.
Sin embargo, aquella amistad fue fugaz. Un día indeterminado dejé de verla y mucho tiempo después, después incluso de haber regresado de Madrid, en otro día indeterminado, la encontré sentada al borde del estero Marga-Marga en Viña del Mar. Iba completamente vestida de negro y lloraba desconsoladamente. La saludé con un par de besos, le pregunté qué le sucedía y no me respondió. Con su silencio supe que quería buscar refugio en su propia tristeza y soledad. Le acaricié el cabello y me aparté de “Nené” Vázquez.
Algo supe de ella no hace mucho. Creo que se dedica a una de las especialidades del mundo del cine europeo con bastante éxito.
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