Gloria

GLORIAUn once de junio me enteré de la muerte de Gloria. De eso hacen ahora veintitres años. Trabajaba aquellos días como redactor del diario El Expreso en Ciudad Bolívar, Venezuela.
Me llamó Juan, mi hermano desde Caracas y me comentó que Gloria había fallecido sorpresivamente en su casa mientras conversaba con su hermana Carmen en Viña del Mar, Chile.
¿Pero quién era esa tal Gloria, se preguntarán ustedes?
Pues Gloria era mi MADRASTRA, así, con mayúsculas y en negrita.
A vuelo de pájaro, podría atreverme a decir que la felicidad pocas veces golpeó su puerta y las escasas veces que lo hizo fue efímera y terminó en amargura. Sin embargo, pese a que tenía un caracter muy fuerte, quizás la paciencia y su enorme capacidad para perdonar fueron sus mayores virtudes, aparte de tener unas manos de oro en la cocina, en especial con las cosas dulces, así, en ocasiones con muy pocas cosas, era capaz de hacer unos platos que sabían a gloria, o sea a su nombre, aunque realmente Gloria no era su identificación ni legal ni baustimal, sino un apodo que ella misma se había puesto por la evidente vergüenza que cargaba sobre sus hombros con el nombre que sus padres le habían impuesto: Rosa Guacolda (donde estés, si es que estás en algún sitio, te ruego que me perdones esta infidencia y si esta noche el cielo se tiñe de rojo, habré recibido el mensaje de tu abochornado rubor.).
El primer contacto con Gloria fue estupendísimo. Yo tenía seis años. Mi padre que acababa de anular su matrimonio, nos llevó a un parque de atracciones y Gloria que ya era su novia se portó a la altura de un niño de nuestra edad, luego fuimos a cenar y tuvo una actitud tan tierna y maternal, que desdecía radicalmente las advertencias de mi abuela de que esa “bruja”, quería apartar a mi padre de su madre (ella) y de sus hijos (nosotros). Así pequeño y todo, desde mi perspectiva simple e ingenua, creo que percibí deseos no solamente de dar cariño, sino también de recibirlo. Ni mi hermano ni yo veíamos en esa mujer joven y guapa, dulce y cariñosa, al enemigo solapado que espera el instante oportuno de dar el zarpazo y arrancar a mi padre de nuestro lado.
Esa sensación la seguimos teniendo hasta que regresaron de su viaje de Luna de Miel. Nada más llegar, Gloria fue a buscarnos al colegio y la explosión de alegría la expresamos a dúo Juan y yo seguidos luego por toda la chiquillería con agudos gritos de “¡Viva la novia! ¡Viva la novia!”.
Fue quizás la última vez.
Desde ese día, entre mi buena abuela, que defendía a su manera la primacía que creía tener sobre mi padre y Walt Disney que con películas como La Blancanieves y La Cenicienta, le daba un apoyo moral indecible a la matrona, llegaron a inculcarnos de tal forma la idea primero y la convicción después, de que Gloria era un ser malvado, egoísta y pendenciero, que de aborrecerla, pasamos a odiarla de tal forma, que el infierno en el que convertimos su vida, lo fue también para nosotros, reconvertidos en reptiles siempre al acecho para inyectarle el terrible veneno del desprecio.
Entre mi abuela y nosotros le hicimos, literalmente la vida imposible. Por ejemplo mi hermano y yo nos marchábamos de casa exigiendo como condición para regresar el que ella se fuera y ella, sabiendo la importancia que cada uno tenía para mi padre, prefería batirse en retirada.
Fueron once o doce años contínuos de rechazo total, de intentos casi desesperados por su parte por recuperar aquel cariño efímero y muy pasajero del primer encuentro y como una manera de salir de aquel escenario en el que desde mi punto de vista aquella mujer al que un maldito médico le arrebató la posibilidad de ser madre y a la que el destino le arrancó brutalmente al más querido y allegado de sus sobrinos, de dieciocho años, cogí mis cosas y me vine a Barcelona.
Un año solo no solamente hizo que aflorara en mi espíritu la nostalgia familiar, sino que además emergiera una asombrosa añoranza por la madrastra, muy tenue, eso sí, superficial, tal vez, pero añoranza a fin de cuentas.
Al regresar al lar familiar, éste se había trasladado a un sitio paradisíaco, en medio de un parque, con bosques, con río, con campo de golf.
Los cuatro años siguientes, alejada físicamente mi abuela, fueron tiempos de llevárnosla bien con Gloria. Quizás lo adecuado sea decir que la llegamos a tolerar. Incluso en ocasiones a defender ante la andanada de ataques verbales en su contra que debíamos escuchar cuando íbamos de visita a casa de la abuela.
En esos cuatro años, nuestras noviecillas vieron siempre en ella a una aliada formidable en la juvenil convicción de que el amor es eterno y que sus buenos oficios serían suficientes para lograr nuestra fidelidad, pero con Gloria o sin ella, la fidelidad duraba hasta que duraba ( y ojo, que en más de una ocasión el fallo estuvo de parte de la joven damita de turno).
Gloria demostró con nosotros y nuestras amistades, que era amiga de todos y se comportó respecto a nosotros, como la madre que cuida a los cachorros.
¡Cómo nos aconsejaba Gloria en asuntos amorosos! Y es que era tremendamente equilibrada e inteligente.
Luego, cuando formé mi propia familia muy lejos del clan paterno, la relación se normalizó, aunque en cada discusión propia de cualquier núcleo familiar, no sé por qué, resurgía de manera incontrolable, toda esa hilera de años de constante lavado cerebral en su contra y muchas veces intercambios de palabras sin mayor importancia, terminaban convirtiéndose en agrias e hirientes discusiones. Luego la distancia no dejaba lugar a una reconciliación presencial.
Y en una de esas extrañas e indeseadas situaciones, me enteré aquel once de junio de 1986, que Gloria había muerto.
Hoy, sin presiones, con la objetividad que regala el tiempo y aplacadas las pasiones por la madurez, me doy cuenta de que si se lo hubiésemos permitido, recordaríamos a Gloria como a una madre estupenda.
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