El piso de Almería

almeriaPoca historia tiene el piso de Almería, porque estuvimos en él solamente de pasada, un par de semanas, no más, aunque había sido la residencia de mis hijos mayores durante dos años.
Poco comunicativos por naturaleza, durante las conversaciones telefónicas que manteníamos periódicamente mientras vivimos en Barcelona, uno de los temas que nunca pudimos profundizar era el relativo al piso que habían alquilado en la Av. del Mediterráneo, justo donde comenzaba la subida hacia el Hospital Torrecárdenas pasando por el Centro Comercial del Alcampo. Y es que siempre que les tocábamos el tema, les poníamos de mal humor.
A poco de irnos a vivir a Almería para lo cual utilizaríamos su vivienda mientras terminábamos de instalarnos, viajaron a nuestra casa y con la mayor naturalidad del mundo nos contaron que la casa tenía fantasmas.
La fantasía e imaginación que siempre les había caracterizado probablemente estaba presente en esa, digamos, confesión.
Nos contaron, por ejemplo, que por las noches, las puertas se abrían y cerraban… El viento, sin duda, les jugaba malas pasadas.
Un compañero de la Brigada y de piso, lo había dejado, aterrorizado, al despertar con alguien sobre él, intentando ahorcarle (sin que obviamente mis hijos que acudieron a su llamada de auxilio encontrasen a nadie ni sobre ni debajo del chaval)… Una pesadilla, obviamente.
La gente que según nos decían, poblaba el piso en forma de raudas sombras, o era producto de su ya mencionada imaginación o simplemente producida por el juego de luces y sombras, provenientes de la calle.
Lo cierto es que al llegar, dos cosas nos llamaron mucho la atención. Una era el ambiente sombrío del piso, pese a los amplios ventanales que recibían toda la luz exterior a raudales y la otra, la pestilencia que provenía de la cocina.
Lo del ambiente sombrío no tenía explicación, pero el mal olor de la cocina, se lo achacamos, como es natural, a la falta de cuidado de los chicos para mantener aseado aquel cuarto, cosa extraña, porque todo estaba limpio, cada cosa en su sitio y no había basura… No obstante, mi mujer y yo nos dedicamos un par de días a buscar el epicentro de la hediondez, desarmando incluso los sifones del fregadero. Al tercer día, en que la cocina debía oler a lejía y a desodorante ambiental de tanto que la habíamos restregado, notamos cómo miles de gusanos emergían de las cuatro paredes cayendo al suelo donde por su cantidad era difícil eliminarlos. Entonces salimos a comprar un insecticida, pero al llegar, no había ni rastro de aquellos asquerosos e inquietos pequeños bichos blancos.
A partir de aquella noche, tanto puertas como persianas comenzaron a dar unos tremendos golpes y lo que es más extraño, a abrirse inexplicablemente las puertas de las habitaciones, cerradas con llave por dentro.
La sorpresa fue, sin embargo amortiguada por unos días a raíz del asombro producido por los atentados del 11-S, que ocurrieron justo una semana antes de irnos a vivir a nuestra propia casa, cerca de la playa, a la que ciertamente, también se fueron nuestros hijos mayores.
Dos o tres días antes de la mudanza, uno de los peques que hacía sus necesidades sólidas en el cuarto de baño con la puerta abierta, llamó la atención de mi mujer sobre el hombre que se paseaba arriba y abajo por el pasillo que iba y venía de la cocina. La buena costumbre de los hijos menores de jamás mentir, aterrorizó a mi mujer, la que en efecto alcanzó a ver la espalda de un sujeto que cruzaba por el umbral de la puerta de la cocina. Al mirar, no había nadie, aunque las paredes y el suelo volvían a estar repletos de aquellos miserables gusanillos carroñeros.
El último día allí, cuando ya todo estaba en la nueva casa, fuimos mi hija y yo a buscar unacaja que se nos había quedado rezagada.
Serían las ocho de la tarde. Cogimos aquella caja que estaba en la primera habitación, a la derecha del pasillo que llevaba a la cocina y al salir para marcharnos, ambos vimos aquella silueta alta, al fondo, bajo el marco de la puerta de aquella extraña cocina. Una silueta que nos dejó mudos y tiesos del miedo, pero que al moverse, como flotando a gran rapidéz hacia nosotros, nos hizo reaccionar y correr hacia la puerta.
Al intentar cerrarla, vimos aquello casi sobre nosotros y entre mi hija y yo tuvimos dificultades para terminar de cerrar y echar la llave.
Con la caja que tendría algo muy valioso que no queríamos dejarla ni en aquellas circunstancias, corrimos escalera abajo, las cinco plantas que nos separaban de la calle.
Pero en medio nos cruzamos con una anciana que subía dando grandes saltos, con una cruz en la mano y gritando…:
¡Atrás maldito! ¡En el nombre de Cristo, atrás maldito!
Ni nos entretuvimos en averiguar qué quería decir la anciana ni tuvimos interés después en querer saber qué diablos había en aquel piso de apariencia tan normal, tan amplio, tan cómodamente distribuido y de diseño tan grato que habían alquilado mis hijos a precio de verdadera ganga.
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