El “maestro” Tito

1chabolaEsto ocurrió cuando yo era muy pequeño, aunque no tanto como para olvidar el incidente que hoy les cuento que emerge entre los recuerdos como una burbuja entre las tinieblas de un pasado muy lejano.
No estoy seguro de dónde vivíamos. Ese detalle no me viene a la memoria, aunque sí el hermoso chalé que habitábamos, ayudado por una antigua fotografía en la que aparecemos en su porche mi hermano, mi abuela y este servidor. En esa imagen llevo pañales de tela y es una de las pocas constancias que tengo de que mi pelo gris era por aquel entonces tan rubio que casi pasaba por blanco.
La cosa es que al lado de la casa había un terreno vacío en cuyo fondo, una familia, el “maestro” Tito, su mujer y su hijo “Pochito”, ocupaban una chabola construida con diferentes trozos de madera y unas láminas negras cuyo material ni me debe haber interesado entonces ni sería capaz de recordar hoy.
El “maestro” Tito era un borracho simpático y servicial. Todos los vecinos que desconozco por qué le llamaban “maestro”, le encargaban arreglos en el jardín, algún que otro retoque de albañílería y no sé que más, pues solo repito los retazos que recuerdo de las conversaciones de mi padre y mi abuela y las ofertas del buen hombre para ayudar a cambio de la voluntad del vecino.
Aunque mi hermano y yo lo teníamos prohibido, nos escapábamos de la casa y nos íbamos a la chabola del “maestro” Tito, que siempre dormía, para jugar con el simpático “Pochito”, que nunca llevaba zapatos, al igual que su padre y su madre. Aquella infravivienda siempre combinaba tres olores básicos, el primero, a mierda, porque seguramente la familia hacía sus necesidades en algún rincón cercano a su morada, el segundo, un fuerte olor a vino o halitosis de vino y el tercero a café muy fuerte. Siempre había humo dentro de la chabola.
Un día la chabola fue derribada por unos obreros y la policía se llevó al “maestro” Tito.
No había robado, si es lo que pensáis. Lo que sucedió es que un sábado por la mañana se fue mi padre a la chabola y le llevó unos zapatos al “Pochito”.
Las exclamaciones de agradecimiento del “maestro” y de su mujer las escuchábamos desde la casa. Pero cuando no hacía mucho que mi padre había regresado expresada la satisfacción en su rostro, los alaridos del “Pochito” y de su madre, hicieron que todos corriésemos a su humilde vivienda. También lo hicieron los vecinos más cercanos.
Allí estaba el “maestro” Tito explicando a gritos para que se le escuchara por sobre los alaridos del niño y la mujer, que los zapatos le habían quedado chicos. Lo espeluznante es que con una navaja ya había cortado varias rebanadas de carne de aquellos callosos piesecitos de niño, para que le cupiera el calzado recién regalado.
Ese fue el único día que vi a mi padre golpeando a alguien.
Nunca más volvimos a saber de aquellos vecinos.
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