Claudia Barraza, mi primera novia

ClaudiaLa primera novia formal de mi vida se llamaba Claudia Barraza y un segundo apellido muy raro que si Dios quiere recordaré antes de terminar (eso de recordar es un decir para intentar desconocer los estragos que hace la edad en la memoria, porque lo que haré en realidad será buscar a todos los Barraza que aparezan en Google y si alguno de ellos -su hermano Arturo, por ejemplo- tiene ese segundo apellido, lo recordaré).
Fue ese con Claudia, como acabo de decir, el primer noviazgo formal que tuve en mi vida y como lo tuve en Chile, pocos meses antes de regresar a Barcelona, en realidad se llamaba “pololeo”.
¡Cómo me gustaba la Claudia! Para entonces bebería las babas por ella. ¡Ya lo creo que sí!
Sin embargo, ese “pololeo” del que guardo tan felices y profundos recuerdos, duró lo que duró la película “El Dr. No” de cuando Sean Connery interpretaba al agente 007.
Sin embargo, todo el proceso y la etapa de amistad anterior y posterior a la relación, fue una episodio que por lo menos podría calificar como de tierno.
La conocí a principios de 1966 durante un paseo mixto entre los chavales del último año de bachillerato del colegio de curas donde estudiaba y las chavalas de un colegio de monjas de la misma congregación donde estudiaba ella. ¡Toda una osadía progre por aquellos años cuando la educación católica veía casi como un delito de lesa humanidad el compartir aulas chicos y chicas. ¡No sé! Pienso que a lo mejor se temían que terminásemos todos follando a la primera de cambio, cosa que desde luego no ocurría en los liceos públicos (hombre, que a lo mejor un que otro un polvete se echarían, pero en la intimidad y no en la mesa del profesor).
Respecto a lo anterior, un día, en un arrebato de sinceridad, uno de los religiosos, muy buena gente ciertamente, me confesó que esa separación tendía a evitar los malos pensamientos y la distracción en las clases. Y para ser franco, comprendí perfectamente esa postura, porque para un chaval sería más interesante verle el culete a la Pilarcita o los turgentes senos de la Paula, que la gordura desordenada de Madame Marie, la profesora de francés y para una chavala tendría más importancia el paquete del Sergio o los músculos del Horacio que la cabeza de peonza del profesor Órdenes, de Castellano.
La cosa es que ese día, ambas clases, la de chicos y la de chicas, nos fuimos al campo en un mismo autocar, nosotros delante y ellas detrás, cantando, chillando, llamando la atención y todo eso que se estila cuando se quiere conquistar. Bueno, eso de cantar, chillar y llamar la atención no iba ni con mi amigo Jaime Hales ni conmigo, que acabábamos de publicar nuestro primer libro, “Literatura de Gente Joven” y debiamos, aunque quisiéramos estar en la primera fila del desorden controlado por adustos sacerdotes y poco agraciadas religiosas, preservar nuestra incipiente fama de intelectuales y juntos ambos en un asiento, conversábamos sobre la “inmortalidad del cangrejo” con palabras represivas de nuestra innata anarquía.
Pero no tardaron mucho las chicas en interesarse por ese par de jovencísimos escritores que alcanzaban por entonces la efímera fama de ser los más jóvenes literatos de habla hispana. Así poco a poco nos fuimos integrando a un extenso grupo de chicas que dejaron el alboroto para compartir con nosotros su presunta intelectualidad -tan presunta como la nuestra, todo hay que decirlo-.
Entre las chicas estaba, si no me equivoco, la que más tarde sería la mujer de Jaime y la Claudia que por no gustarme, no la noté. Mis ojos se habían ido hacia el sitio que ocupaba una moza pequeñita, regordeta, muy puesta en sus cosas y que destilaba seguridad en sí misma. Se llamaba Inés Co, así, como el cloqueo de las gallinas: Co-co-co-co. Durante nuestro paseo por el campo me dediqué a importunar a la pobre Inés que se ve que no quería nada, pero que absolutamente nada conmigo y a rehuir la presencia de la Claudia y un par de amigas que no cejaban en su empeño de importunarme a su vez, a mi.
A la hora de la merienda fallé en mi intento por sentarme a la vera de la Inesita, intento que para Claudia fue exitoso y la tuve al lado la media hora larga que tardamos en ingerir como muertos de hambre un chocolate caliente y tres pastas baratas y medio secas. Supe que estaba a mi lado por su voz que intentaba llamar mi atención.
Injustamente la culpé por impedir mi aproximación a la Inesita, pero cuando apuraba el último sorbo de chocolate de mi taza, miré hacia Claudia que llevaba ya un rato callada y pude ver esos ojazos preciosos, muy negros, esa nariz graciosa, esa cara alba y redondita y esa sonrisa triste que terminó por robarme el corazón. Pero ella se alejó con sus amigas y no tuve bríos para acercarme.
El regreso lo hicimos conversando Jaime, su posible futura esposa y una chica dicharachera y simpática que también estaba próxima a viajar a España, pues su padre Alberto Nogués, para entonces embajador del Paraguay en Chile, debía hacerse cargo de la legación en Madrid. Aquí, en la capital de España, tuvimos ocasión de mantener una breve aunque simpática amistad, la que no obstante no fue lo suficientemente profunda como para recordar su nombre.
Bueno.
La cosa es que llegué a mi casa “profundamente” enamorado de la Claudia. No recuerdo cómo, averigüé su dirección y en varias ocasiones la fui a visitar, en otras tantas nos fuimos al cine y en una, viajamos, ella, sus compañeras, mi compañero Rodrigo Yáñez y yo a Viña del Mar, en tren. Lo pasamos super bien.
Y mi amor seguía por la senda de la pureza y el platonicismo, porque no me atrevía a expresarle mis sentimientos.
Un día, sin embargo, Odette, una amiga común de Claudia y mi hermano Juan, le contó que la chiquilla estaba enamorada de mi y que esperaba que ese viernes, en que habíamos quedado para ir al ver “El Dr. No”, comenzáramos oficialmente nuestra relación sentimental.
¡Coño, qué alegría cuando me enteré!
Pero las cosas cuando comienzan mal, acaban mal.
Camino de su casa, en el ático de dos plantas de un edificio céntrico sobre el Cine Santa Lucía, me puse tan nervioso, que llegué con unas ganas de cagar horribles, con retortijones y todo.
Como era habitual, su hermano Arturo me abrió la puerta y antes que anunciara mi presencia, le supliqué que me dejara entrar en el lavabo. Me abrió una puerta que estaba a un costado del salón -como quien dice eyectaría mis desechos sólidos casi  en el mismo salón, donde debía declarar mi amor a la Claudia-.
Sacarme los pantalones y los calzoncillos y sentarme en el váter fue una cosa. La voz de Claudia llamándome y un pedo que debe haberse escuchado en todo el extenso centro de Santiago, fueron también paralelos. La tormentosa descarga intestinal líquido gaseosa posterior casi puso el colofón a aquella penosa jornada.
Las risas del Arturo, la Claudia y su madre, me pusieron negro como el carbón. Pero todavía faltaba algo más.
Desahogué mi tripa hasta la saciedad y cuando me fui a lavar las manos, abrí el grifo y salió tal chorro de agua en forma de explosión que mis pantalones quedaron como si me hubiese pegado tres meadas encima.
La cosa es que humillado, abochornado, con los pantalones, especialmente por los contornos de la bragueta,mojados y rodeado del olor a mierda que me acompañó al abrir la puerta del lavabo y con las indisimuladas risas de hermano y madre en la planta superior del ático y el rostro a punto de romper en carcajas de la Claudia, le expresé mi más profundo y eterno amor.
Entonces se puso seria, soltó una tierna lagrimilla y también me confesó sus sentimientos. Eran infinitos, indestructibles, incondicionales. La sensación de vergüenza se esfumó, como también lo hizo el olor a mierda huído por las ventanas abiertas no casualmente, en la misma proporción que el sentimiento se iba compartiendo en las palabras.
Nos fuimos al cine cogiditos de la mano. Y mira tú por dónde, mis palmas que nunca sudan, se convirtieron ese día, debido al nerviosismo, en duchas incontrolables.
En el cine no cesamos de decirnos cosas bonitas y mirarnos a los ojos en la semipenumbra y cuando llegamos a su casa, me confesó que me quería mucho pero que no podíamos seguir.
Y no seguimos siendo novios, pero sí amigos, hasta que llegó el momento de regresar a mi tierra.
Al ir a estudiar a Chile un tiempo después, la vi un par de veces y nunca más he vuelto a saber de ella.
¡Ah! Y si no me equivoco, el nombre completo de mi recordada primera noviecita era Claudia Barraza Lifschitz.

————-

NOTA: Según me informó en agosto de 2012 un amigo  del fallecido hijo de Claudia, ella murió en 1991, es decir 19 años antes de haber escrito esta nota.

Siempre guardaré su recuerdo con inmenso respeto y cariño , engrandecido por la aureola del primer amor.

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5 comentarios en “Claudia Barraza, mi primera novia

  1. Yo y mi hermana Gabriela fuimos muy amigas de la Claudia, estábamos en el mismo colegio y vivíamos a 2 cuadras , mis padres la querían mucho y pasaba con mi familia mucho tiempo, en Enero se iba con nosotros al campo y mi familia era suya .
    Cada vez que se sentía deprimida y agobiada nos llamaba a mi hermana y a mi
    La Claudia era muy sola y en su vida no lo paso muy bien

  2. mi tía Inés fue su nana y la de su hermano, la madrina de Claudito, que atravez de esta nota me entero que falleció yo si supe lo de Claudia y sé que estan en el cementerio General eran unas bellas personas,

    • Que historia tan bonita Ricardo , me retrocedio en el tiempo, recorde el dia que entraste al living de los Casanueva en conception y nos ptresento la sra Lauri , tu eras el Hermano del pololo de Carmen y yo la polola de Ivan ….. Que tiempos !!!

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