Ana María Escribano Bradley

anamariaAna María, una rubita de Viña del Mar, hija de una dama norteamericana y de un padre bombero voluntario y contador de profesión, pertenece a la prehistoria de mi vida, es decir a aquella etapa de la que tengo mis primeros recuerdos, aunque son escasos y brumosos y por lo tanto susceptibles de no ser anecdóticamente exactos.
De ella, sin embargo, puedo afirmar categóricamente que fue la primera amiga que mi hermano y yo tuvimos en Chile.
Corría el año de 1953
La chiquilla pecosita, rubia como ya he dicho y de ojos azules, era la vecina inmediata en la casa a la izquierda de la nuestra, mientras que a la derecha vivía Björn, un noruego de once años, que venía siendo algo así como nuestro padre y consejero y cuando digo “nuestro”, es que amén de a mi hermano y a la pícara Ana María, incluyo a María Luisa, una preciosa nenita que como todos nosotros, excepto el chaval nórdico, rondaba los cuatro o cinco años. Destaco a María Luisa porque su hermana de 17 años, era a la sazón Miss Viña del Mar y obviamente, la pequeña amiguita era la más importante de todos. La dulce niña desapareció un día que coincidió con la muerte de su padre, un joven médico, amigo de los padres de Ana María, que siempre nos dejaba su estetoscopio para que jugásemos con él. (“le salió un grano en el pecho -nos contó mi abuela- y después de sufrir mucho, se murió”).
No haría un par de días que habíamos llegado a Chile donde mi abuela, atenazada por dogmas ancestrales cargados de ignorancia, nos había advertido que debíamos cuidarnos mucho de los “indios” que eran muy peligrosos. Justamente en prevención al peligro, la verja del jardín estaba asegurada con doble cadena y candado y de noche electrificada. Como decía, no llevábamos más de un par de días en Chile, cuando se personó al otro lado de la verja la pícara Ana María. En pocos minutos nos enteró de su entorno y se enteró del nuestro, se encargó de sortear la reja y quedar dentro de nuestra propiedad, mientras los ojos avisores de la abuela observaban la escena cargados de recelo, desde la segunda planta.
Ana María, por ser rubia y de ojos azules y María Luisa por tener la belleza y picardía típicas de una chavalina andaluza, fueron aceptadas a regañadientes por mi yaya. Aunque cuando se enteró que la primera era hija de una señora estadounidense, le cogió algo de ojeriza, porque era mi abuela comunista, marxista leninista, estalinista y franquista (cosa de las ideas políticas poco claras).
A la madre de Ana María no le hizo ni pizca de gracia que su retoñita tuviese amistad con unos “godos”, pero no le quedó más remedio que aceptarnos, una aceptación que se acabó cuando nos dio por jugar al papá y la mamá (Juan y Ana María) y a la hija y al hijo (María Luisa y yo) o cuando no estaba con nosotros María Luisa, al médico, la enfermera y el enfermo (Juan, Ana María y yo, en ese orden) juego en que se tocaban partes indebidas del “paciente”, como el ombligo o la barriga.
Aun cuando nos ingeniábamos para que la relación de juegos y amistad continuara, el constante control de la madre de la niña, unido al control que de pronto comenzó a ejercer la yaya, cada vez nos era más difícil continuar con nuestras prácticas infantiles cargadas de nervio e ingenuidad.
Así, cuando nos fuimos, el contacto se había devaluado a cómplices miradas preñadas de la intención de que todo volviese a ser como al principio.
Doce años más tarde, de paso por aquel balneario chileno, fui a visitar a Ana María. Medía al menos una cabeza más que yo y se había convertido en una jovencita muy atractiva, pero casi no tuvimos nada que decirnos.
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