Al guateque con Maribel

Lo único que recuerdo de la guapísima  Maribel Bofill era la preciosa forma  de su nariz que he dibujado con mi mal hacer plástico

Lo único que recuerdo de la guapísima Maribel Bofill era la preciosa forma de su nariz que he dibujado con mi mal hacer plástico

De esto hace muchos, muchísimos años, aunque menos que los que tengo si no no hubiese podido ser el protagonista.

Fue una tontería como suelen serlo todas las anécdotas de una vida sin importancia, pero la recuerdo con una mezcla de vergüenza y de diversión.
Caminaba no sé por qué calle de Barcelona cuando una voz de mujer llamó mi atención.
-¡Ricardo! -Lo hizo a mis espaldas.
Me volví y me encontré cara a cara con Nuria, la mujer de Antonio Bofill, un buen amigo de mi padre. No la veía desde que había entrado en la pubertad, aunque nunca hasta hoy me había preguntado cómo logró reconocerme, y más aún, estando de espaldas, aunque debo reconocer que mi forma de caminar es algo peculiar. En fin, tan peculiar que hasta mis hijos en ocasiones me imitan para entretenimiento de sus amistades.
La cosa es que estuvimos hablando un buen rato y al final, cuando ya había perdido las esperanzas de que lo hiciera, me invitó a su casa a comer.
Recordé por el camino que tenía dos pequeñas hijas, Maribel y, creo que la pequeña era Nuri y bueno, cuando entramos en el portal de su casa en la Vía Augusta, venía bajando por las escaleras una chavala guapísima y espectacular.
-¿Te acuerdas del Ricardo?, -le preguntó la señora.
La alegría se reflejó en el rostro de aquel encanto. Un gran abrazo y un par de besos rubricaron el reencuentro con la preciosa Maribel.
Con la emoción de enlazar tantos años vacíos, Maribel olvidó a qué iba a la calle y regresó a casa con nosotros.
Nuri, si es que así se llamaba la pequeñaja, seguía siendo una niña, pero despuntaba a sus trece años, una promisoria belleza.
La cuestión es que al día siguiente, un viernes, Maribel iría a un guateque y no se lo pensó dos veces para pedirme que la acompañara. ¿Yo? ¡Pues encantado!
Durante la mañana del viernes iríamos de compras para llevar nuestra aportación a la reunión juvenil.
¡Madre mía! Aquella noche me acosté vestido y soñé despierto hasta que al dormirme dejé de soñar. Pero mientras estaba consciente de mis idealizaciones, cruzaron por mi mente todo tipo de probabilidades respecto a Maribel, incluso hasta que me pidiera en matrimonio, a lo que yo aceptaría encantado. Lo que sí no llegué a pensar en ningún momento fue con llevármela a la cama, porque para entonces era este servidor muy de avanzada, muy medio hippie, muy intelectualoide, muy de todo, pero a fin de cuentas no era más que un romántico empedernido.
A eso de las diez de la mañana -había quedado con Maribel a las once-, me desperté, me vestí, me calcé, me cubrí con una chaqueta y salté a la calle.
Ya en el bar donde solía degustar mi desayuno americano, café con leche, tostadas con mantequilla y mermelada, un par de huevos fritos con tocino y un buen vaso de zumo de naranja, me habían mirado como bicho raro y posiblemente porque ya tenía la fama de serlo o seguramente porque todo el barrio estaba enterado de que días antes había entregado el libro que había escrito con Jaime Hales, “Literatura de gente joven”, a Franco en mano, en el mismísimo Palacio de El Pardo, nadie me dijo nada.
Por la calle también sentí que me miraban y algunas mujeres de cierta edad, lo hacían sin pudor ni reparo. Sin embargo, con mi pelo largo -muy largo para la época- mis gafas de gruesa pasta negra y en general mi aspecto de bohemio, ya me había acostumbrado a las miradas indiscretas… ¿Pero tantas y tan descaradas?
Finalmente llegué caminando a la oificina de mi banco, el Atlántico que por aquellos años estaba situado en la calle Balmes, 4 Bis y en la mirada de sus empleados ví en algunos asombro y en otros, estupor, así a secas.
Demás está decir, que como lo había hecho al menos un par de veces antes de entrar al banco, pasé mi mano derecha sobre mi cabello, a ver si había olvidado peinarme, pero lo sentía bien puesto y me tanteaba por los alrededores de la nariz, por si algún moco indiscreto me estuviera jugando una mala pasada, pero… ¡tampoco!
Aquel día, como siempre lo hacía con los buenos clientes y yo era uno de ellos, el director me atendió con su misma flema antipática de siempre, pero, posiblemente pensando que retiraría mi suculenta cuenta de aquella oficina si cometía alguna indiscreción, calló como un maldito.
Salí del banco cargando con mi creciente curiosidad y mi dinero, y me dirigí a casa de Maribel y a medio camino, entrando por la Vía Augusta, la vi que venía de frente acompañada Nuri, la peque. La distancia no me impidió notar cómo enrojecían sus rostros y verlas después huir de vuelta a su casa a toda carrera.
Corrí tras ellas, pensando que alguna de las dos había sufrido alguna inportuna indisposición estomacal.
Comencé a picar en el timbre del portero y dale y dale, y nada.
Hasta que de pronto me percaté en la manga que salía por debajo de la manga de la chaqueta. ¡Madre mía! No me había puesto la camisa, sino que me había quedado con la parte superior del pijama.
¡Quise que la tierra me tragara y para querer hundirme definitivamente, miré mis pantalones… eran los del pijama…
¡Y cómo cantaba aquel pijama con sus grandes cuadros rojos, verdes y blancos.
¡Menos mal que el calzado era el ordinario!
No teneis una idea de lo que me costó dar cada paso de regreso a mi casa. Iba cabizbajo e intentando pensar en la corrida de toros del último domingo.
De Maribel -¡y mira que lo intenté!- nunca más supe nada. Ni se ponía al teléfono ni estaba cuando me abría la puerta su madre o su padre.
Si Maribel Bofill lee esta nota, me gustaría preguntarle… ¿Qué tal estuvo aquel guateque.
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