Ataques de perros furiosos

Pasan los años y me hago mayor pero hay dos episodios de mi vida, relacionados con perros, que no acabo de entender del todo, es más, no entiendo para nada.

Ambos ocurrieron en los primeros años de mi infancia y fueron lo suficientemente trascendentes como para que aún los recuerde con meridiana claridad. Asimismo, ambos acontecimientos se sucedieron, si no me equivoco, con poca diferencia de días, o a lo más, de semanas.

Una mañana estábamos mi hermano y yo, sentados en el patio lateral de nuestra casa, jugando o pasando el tiempo como lo pueden hacer dos chavalines que aún no van al cole (por aquellos tiempos, la edad de escolarización eran los cinco años), cuando se apareció desde la parte de atrás, el perro de la casa, que francamente no recuerdo cómo se llamaba.

En condiciones normales, que se nos acercara el can no tendría nada de particular, pero se da el caso, que el chucho, un guardián, al decir de mis padres y abuela, sin igual, se la pasaba durante el día atado con una gruesa cuerda en el único manzano del jardín. Pese a ello, mi hermano y yo usualmente dejábamos transcurrir nuestras horas ociosas a su lado y parecía tenernos mucho aprecio. Ya durante la noche, cuando mi padre le dejaba en libertad, al único que respetaba y así nos lo hacía saber con sus amenazantes gruñidos, era a él. Ya por las mañanas, el animal se acercaba dócilmente al tronco del manzano a esperar agitando su cola, que cualquiera de los adultos volviera a atarlo en aquel punto.

Ese día, fue ver al perro por la esquina de la casa e intuir que algo no andaba bien, porque no corrió. ni movió el rabo, simplemente con el lomo encorvado, sin gruñir ni nada, se acercó a mi hermano y cerró sorpresivamente el hocico sobre su ojo derecho. Nuestros gritos alertaron a mi madre y a la abuela, quienes ni con bastonazos lograron zafar al perro. Finalmente llegó un vecino y le echó un balde de agua, con lo que el animal dejó a su presa y corrió hasta el árbol donde le esperaba el trozo de cuerda que había cortado con sus filosos dientes.

La sorpresa, sin embargo, no estuvo centrada en el suceso, sino en la reacción de mi buena abuela, que en lugar de castigar el comportamiento del animal, cogió una correa y comenzó a golpear a mi hermano del que brotaba abundante sangre en el entorno del ojo… Sería el nerviosismo… pienso.

Las palabras rabia, médico, inyecciones, practicante, curas y muchas más, todas ellas relacionadas, se sucedieron en boca de los vecinos en las horas siguientes, pero un constante “no hace falta, que ya le hemos curado con agua oxidenada”, era la única respuesta.

El perro siguió allí por muchos años más y ni a mi hermano, al que se le fueron cicatrizando las huellas de los colmillos alrededor del ojo, ni a mí, se nos ocurrió volver a acompañar al cuadrúpedo, sujeto desde aquel día y hasta su muerte de viejo, con una gruesa cadena de hierro.

Poco después, al menos desde la óptica posiblemente distorsionada por los años, aunque de lo que estoy seguro es que mi madre ya no estaba con nosotros, el revuelo levantado por unos chavales, probablemente adolescentes, en la calle, logró alterar el orden y sacar de sus casas a los vecinos más próximos que no contaban por aquellos años con la idiotizante presencia de la tele. Así, en pocos instantes, los tres jovenzuelos que discutían a viva voz acerca de cómo recolocar en su sitio la cadena de una de sus bicicletas, se vieron rodeados por una decena de vecinos a quienes les cubrían la retaguardia una decena de vecinas y toda una brigada de niños de todas las edades, que comenzábamos a revolotear por la calle, aprovechando aquella inesperada salida en las oscuras primeras horas de la noche invernal.

Los padres opinaban como expertos mecánicos de bicicletas, las madres hablaban de otras cosas, todas relativas a la cena, los bordados o la radionovela de la tarde.

Finalmente, un padre más listo que los otros, creo que era el finado señor Cosme, logró encajar la cadena y cuando el agradecido muchacho (en aquella época el agradecimiento era lo habitual), se aprestaba a marcharse, quise yo, pobre de mí, impresionar a los presentes dando unas demostraciones de conomientos en cosas de bicicletas y metí mi dedo índice en la cadena y allí se quedó aprisionado, mientras retornaban las doctas opiniones en ese caso, de cómo sacar el dedo y uno de los hombre optó por ir a su casa a buscar las herramientas adecuadas y como si éstas fuesen muy pesadas, le siguieron el resto de vecinos, vecinas y chiquillería y así nos quedamos los tres mozalbetes, su mismo número de bicicletas y yo con un dedo aprisionado, a la espera de que alguien cortase la cadena.

A todo esto, cuando la algarabía indicaba que regresaba la comitiva, pasó por allí un perro grande, peludo, con cara de mala hostia y posiblemente atraído por mis agudos chillidos, se me acercó, de un mordisco me arrancó un trocito de pierna y, finalmente ahuyendado por los asombrados vecinos, desapareció entre las sombras de la noche.

No sé cómo, pero antes de que destrozaran la cadena, mi dedo quedó libre, aunque formando un ángulo recto en la dirección contraria a la natural. Y así, con un dedo aparentemente fracturado y una pierna de la que chorreaba la sangre, los vecinos y vecinas comenzaron a opinar.

Otra vez las palabras rabia, médico, inyecciones, practicante, curas y muchas más, todas ellas relacionadas, se sucedieron en sus bocas, pero un constante “no hace falta, que ya se lo curaremos con agua oxidenada”, fue la única respuesta.

No recuerdo quién ni cómo me enderezó el dedo, pero sí cuando me curaron la herida con agua oxigenada mientras el señor Cosme y su mujer, la señora Adrianita, insistían en llevarme a que me viera un médico, porque el perro podría tener la rabia, la herida necesitaba puntos y el dedo una escayola. ¡Vanas sugerencias!

 

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