De jóvenes, es decir hace muy poco tiempo, Jaime Hales y yo, nos reuníamos con un grupo de chicas y chicos, principalmente chicas, para recitar los tristes poemas y cuentos de nuestro libro “Literatura de Gente Joven”. Obviamente el grupo, compuesto por siete u ocho chavalas entre las que recuerdo a Cecilia Hales, la hermana de mi amigo y a Chepita Lira, creo que su amor platónico y algún chaval despistado, alababa con entusiasmo nuestro trabajo.
“Besé suavemente su moreno rostro…”
Tronaba la voz de Jaime y algún gemido doliente e inspirado salía de alguna garganta emocionada…
“…de mi linda Teresita”,
culminaba con voz cálida y acariciadora el joven bate, entre sollozos de la concurrencia… ¡Y aplausos!
Luego, impostando una voz suave y trémula, comenzaba yo:
“En una calle de un gran barrio…”
… y algún gemido doliente e inspirado salía de alguna garganta emocionada…
Y al terminar…
“…la gorriona estaba… ¡¡¡Muerta!!!
Mi voz entrecortada era superada por más sollozos… ¡Y aplausos!
Esto viene hoy a colación, porque tuve la mala idea de asistir esta tarde a un encuentro de poetas de uno de los pueblos cercanos, auspiciado por la Ilustre Asociación de Poetas Inspirados por la Bucólica Naturaleza, de ……….. (me guardo por respeto el nombre del pueblo).
Cuando llegué, diez minutos después de la hora fijada para el acto, me encontré solo en una sala con unas veinte sillas de cara a una mesa con otras cuatro sillas de frente. Solamente estaba iluminada la mesa de las cuatro sillas que tenía tres montones de folios ordenados cada uno frente a cada una de las sillas. Una no tenía nada.
Esperé cinco minutos y como no llegaba nadie, pensé en irme, pero un revuelo senil me indicó que posiblemente allí comenzaría el asunto dentro de poco.
Tres hombres y una dama, todos bastante entrados en años y secos como ramas, indicaban en la satisfacción dibujada en sus rostros que eran los artistas. Venían rodeados de un enjambre de viejas -muy viejas- damas que ya alababan su obra sin posiblemente haberla leído, si es que alguno de ellos había publicado algo en su vida, más que con suerte en el pasquín del pueblo.
Me recordó una vez que vi a Neruda, que rodeado de mujeres de aspecto fingidamente bohemio, daba la sensación de ser un cura de pueblo rodeado de las más beatas de sus feligresas, ensalzando el recién pronunciado sermón.
Pero ni estos poetas eran Neruda, ni las ancianas tenían aspecto de bohemias, con esas canas recién peinadas en peluquería y teñidas de un suave color lila.
Al notar mi presencia, sus miradas no intentaron ocultar el desdén que les merecía un intruso en su íntimo universo poético, así es que me alejé a la última fila.
Dos de los viejecillos y la dama, los artistas, quiero decir, se sentaron frente a los montones de folios y el cuarto en lisa, se quedó delante de la silla en pie, mientras se acomodaban las once damas y un pobre hombre mayor que ya tenía impreso en su rostro el más profundo aburrimiento.
El cuarto hombre presentó a los artistas y a cada nombre, aplausos y vivas…:
¡Xaviiiii! (Guaaaaaaaaaaaaa)… ¡Iniestaaaaaaaaaa! (Guaaaaaaaaaaaaaaa)… ¡Messiiiiiiiiiiiiii! (Guaaaaaaaaaaaaaaa)…
En efecto, era como en el fútbol, pero más o menos así:
Don Leocadio Insulsino Galindo… (Guaaaaaaaaaaaaaaa)…  Don Demetrio Silvairriga Rodrigo… (Guaaaaaaaaaaaaaaa)…  Doña Salutación Ordóñez Constantinez-Pérez… (Guaaaaaaaaaaaaaaa)…
Después se produjo el silencio más absoluto… y luego… ¡el primer poema!
Sentado el primer hombre de la izquierda, con pocos pelos en la cabeza y muchos en sus fosas nasales, alzó su huesudo dedo índice, permaneciendo sentado y comenzó:
¡Falo, nervio falante!
(Noté una extraña avidez en los ojos de las madurísimas damas)
Encrucijada entre sexo y sexo
Movimiento telúrico del alma infinitamente apasionada
¡Falo, nervio falante!
(ya algunas viejas habían comenzado a soltar lágrimas)
Taladro celestial que busca la mina
Y que encuentra dándolo, un placer ceremonial
¡Falo, nervio falante!
(juraría haber escuchado gemidos de placer)
Mete que mete, saca que saca
en las profundas y húmedas honduras del placer
¡Falo, nervio falante!
(Una buena señora se acariciaba sin miramientos el entrepiernas simulando un orgasmo)
orgullo flamante de un hombre en trance
Dulzura atrevida de la musa mía.
¡¡¡Madre mía!!! ¡¡¡Madre mía qué ovación para tamaña porquería!!!
Se avalanzaron las buenas viejas sobre el poeta para expresarle al oído su evidente admiración.
Yo, desde luego, me quedé donde estaba.
Superados los segundos de revuelo, volvieron las arrugadas damiselas a sus sillas y se levantó a duras penas la mujer poeta.
Pensé que dada la sensibilidad femenina, aquella artista, sino vibrar, me haría al menos retornar el respeto perdido por aquel grupo.
Bulba… Bulba mía ardiente, húmeda, toda pasión
Bulba encontrada en mil deseos…
Néctar de abejas, orgullo de panales, alimento de reinas.
Bulba… Bulba mía, deseosa y deseada, calibrante y calibrada
Bulba, nube pasajera, esponjosa y triste. Gozosa y generosa.
Y no aguante más y la interrumpí… Mejor dicho, interrumpí el Encuentro, en medio de una sinfonía de gemidos inadecuados e inesperados dada la edad de los presentes.
¡Señores! ¿Me puede alguien informar dónde coño es el encuentro de poetas del pueblo, porque como comprenderán ustedes con el aspecto de hombre decente que tengo, correcto y fiel a mi mujer, no soy cliente ni de sex shops, ni de putiferios, ni menos de este masturbatorio literario…
Un paraguazos, con uno de esos paraguas que usan muchas viejas aunque no asome una nube por el horizonte en semanas, puso fin a mi requerimiento, acompañado el golpe en la cabeza con improperios y calificativos de blasfemo, ignorante y cosas aún peores que por decencia soy incapaz de reproducir.
Hasta hoy siempre había pensado que con el paso de los años nos ibamos moderando.

Acerca de Ricardo Salvador

El autor, periodista y escritor español (Terrassa, 1949), ha trabajado en diversos medios de comunicación de Chile, Venezuela y España, destacándose por su mensaje atrevido y en ocasiones agudo dentro de un concepto absolutamente interpretativo del periodismo. Paradójicamente alcanzó un éxito inesperado en la conducción de un programa intimista -La hora del ensueño y del amor- a través de una emisora local madrileña, al que imprimió un marcado acento de franco y cariñoso acercamiento hacia su numeroso público. Retirado de los quehaceres profesionales, sus blogs de comentarios (Comentarios y cuentos de Ricardo Salvador y El blog de Ricardo Salvador) así como informativos (Terrassa en la Mira y Notimundo Policial) y su web (notimundo.es), le mantienen vigente en el oficio. Literatura de Gente Joven (1965), cuya autoría compartió con Jaime Hales. Un libro para leer sentado en la Poceta (1985), Segismundo... ¡Pobre ángel! (2002), Que el miedo te acompañe (2009) y El día que llegaron los ovnis y otros relatos menos misteriosos (2010) son sus libros editados y Consejas y consejos del viejo Casimiro, su crónica estrella, publicada diariamente a través de distintos diarios venezolanos así como en algunos periódicos de su país.

Una respuesta »

  1. FaleteFaloides dice:

    Qué bien, eh.

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