Los maitines de unos pompis muy cansados

Rosita y Lucy según el libre recuerdo de un autor con mala memoria

En ocasiones me las veo negras para recordar algún pasaje de mi vida que sea merecedor de formar parte de este blog, porque en la medida de lo posible prefiero las anécdotas a los cuentos y en otras, cuando me acuerdo de algo digno, lo laborioso es darle un mínimo tinte de atracción.

La cosa es que anoche me acordé de una tontería, pero que en su momento nos dio mucho de qué hablar. Anoche, como decía, me vino a la memoria una situación que me hizo reír como un idiota, en medio de la plaza principal de mi pueblo, atestada de gente, pero que hoy, pasada la noche y con ganas y disposición para escribir, no me ha arrancado ni siquiera una sonrisa.

¡Vamos al grano!

Mi querida madrastra Gloria tenía a finales de los cincuenta, principios de los sesenta, una amiga que podríamos decir que era su mejor amiga que a todos en la casa nos caía fatal, incluido para desazón de su mujer, a mi padre. Se llamaba Rosita y no era muy guapa, simpática a la fuerza y sosa de cuidado. Y una de las características de esta mujer es que tenía una hermana siamesa, que ni siquiera estaba adosada a su cuerpo y tampoco era su gemela, pero que donde iba la una, iba la otra, y la una era la Rosita y la otra, la Lucy, que era tímida, apocada y mucho, pero que mucho más fea que la hermana.

Nunca vimos a la Rosita sin la Lucy y viceversa. Además, aquella fraternidad extrema le costó a la Rosita el amor de Antonio que era su novio porque sin tener novio, la Lucy era la que rompía la pareja de dos creando la insólita pareja de tres y el Antonio parecía el amo de un corto harén hasta que decidió en mala hora que el idilio es cosa de dos, dejó a las dos y se buscó a una con la que sumó un par de verdad.

Pero quedémonos con la tímida, apocada y casi invisible Lucy que dicen que cantaba muy bien, pero que las pocas veces que lo hizo en casa, yo no escuché más que los rasgueos melódicos de la guitarra. El hilito de voz que salía de su garganta, obligaba a pegar las orejas a su boca e intentar aguantar su mal aliento lo que comprobé que era muy difícil y al final, quienes tenían un oído muy sensible y un olfato atrofiado, aseguraban que la pobre mujer tenía una voz prodigiosa… No vamos a ponerlo en duda.

Era además la Lucy, muy sensible y si tú le decías a uno tonto, ella se ponía colorada y a otra, inútil, ella bajaba la vista, incluso aunque todo no fuese sino en tono amable y amistoso.

Grande era esa mujer en su timidez histórica…

Un día, cuando aún no se había regulado el número de pasajeros que podía transportar un turismo, ni menos el uso del cinturón de seguridad, íbamos en el gran Buick de mi padre adelante él, que conducía, mi madrastra Gloria, Rosita y mi primo José Miguel y atrás, la señora Colita, o sea la madre de Gloria que tenía bastante volumen corporal, mi hermano Juan, yo mi tío Renán, el hermano de Gloria y en una punta, sosteniendo con esfuerzo no exento de milagro el culo en el aire para no robarnos espacio, la pobre Lucy.

Podéis imaginaros la tremenda cháchara que producíamos tantos en tan poco espacio. Era tal el cruce de palabras que habíamos bloqueado su oportunidad al silencio. Como era de noche, sólo puedo deciros que me imagino que la Lucy permanecía en su asiento imaginario, sosteniendo en su faz la sempiterna sonrisa con la que posiblemente deseaba significar que participaba en las opiniones de los demás, aunque a los demás poco o nada nos interesaban las suyas.

Después de horas de viaje, la algarabía decayó aunque solamente Renán y Lucy, él con su culo bien puesto sobre el asiento y ella haciendo increíbles equilibrios para no quitarnos espacio, dieron a algunos síntomas de adormilamiento con constantes cabeceos. En Renán la situación era comprensible, ocupando como de hecho ocupaba casi un tercio del asiento trasero, pero no en el de la Lucy.

El run run del motor, los bostezos y los esporádicos ronquidos de aquel par de entes que luchaban contra el sueño y a los que el sueño a ratos y por momentos les vencía, se hicieron cansonamente rutinarios, tanto que nadie imaginó que el estruendo de un pedo descomunal nos sustraería de la modorra. Renán dio un brinco sobresaltado y la Lucy permaneció en su difícil posición. Al pedo siguió un incómodo silencio, roto al fin por el hilillo de voz de la Lucy apenas audible, pero así y todo, más audible que nunca…

-Perdón Renán.

Las sonoras carcajadas de mi tío, la réplica con alegres aullidos de los menores, el silencioso bochorno de mi madrastra, de la Rosita, de mi abuela política, el cruel tormento de la Lucy y el respetuoso silencio de mi padre que con continuos carraspeos intentaba disimular la risa reprimida, marcaron el resto del viaje.

Tras dejar a las damiselas en su casa, Renán nuevamente estalló en una verdadera sinfonía de risas para enfado, claro está de sus severas madre y hermana. La primera la espetó con imperativa resolución:

-¡Basta ya, Renán, que eso le puede pasar a cualquiera!

Y Renán sin dejar de reír, le respondió.

-Sí mamá, tirarse un pedo le puede pasar a cualquiera, pero no que te lo tires y además te pidan disculpas.

Fue la primera y única vez que vi a la matrona riéndose.

Gloria estuvo cabreada por mucho tiempo. Era una amiga de verdad.

HACE 42 AÑOS QUE INICIÉ MI TRUNCADA CARRERA RADIAL


Hoy, 11 de enero, se cumplen 42 años desde que junto a mis antiguas amigas y compañeras de universidad, Sandra y Olga, nos enfrentamos por primera vez a un micrófono- A las dos en punto de aquel domingo, con un guión de por medio que incluía la presentación de ocho canciones, parimos y dimos forma a Fogata Juvenil en Radio Cooperativa de Concepción, en Chile.
Teníamos media hora para dar vida a un espacio juvenil que tenía más planes que tiempo para llevarlos a cabo, pero que en sus dos primeras ediciones se nos hizo larguísimo atemorizados por el hecho de que el guión se quedara corto y ninguno estaba preparado para improvisar. No ocurrió en el primer programa, pero sí al domingo siguiente y realmente la improvisación le dio la soltura y frescura que necesitábamos en una pequeña franja horaria en que no nos escucharía más que nuestra familia.
Sin embargo, aquel programa que comenzó musicalmente con el tema Sugar Sugar, interpretado por The Archies, llegó a ser en su nuevo horario estelar el programa estrella de la emisora y a marcar pautas musicales en toda la extensa zona a la que llegaban las ondas del dial CC-59 de la Onda Media.
Con 120 minutos teníamos tiempo de escuchar buena música, poner el día a la juventud acerca de las informaciones más destacadas de la semana y entrevistar a gente importante y en menos de un mes y durante dos años mantuvo una audiencia cercana al por noventa por ciento entre trece emisoras de la región.
Fogata Juvenil fue considerado un fenómeno radial y sus conductores, o sea nosotros, alcanzamos tal notoriedad entre la chiquillería que trascendió cualquier cálculo optimista que hubiésemos podido soñar.
La animación de festivales, programas en vivo y la satisfacción del éxito ratificado cada domingo, no hacían presagiar que aquel primer programa desapareciera de un día para otro, en medio del éxito…
Años después, en las ondas madrileñas tuve la ocasión en solitario de revivir durante un largo período tras una no menos larga incursión por el periodismo escrito en Venezuela, el éxito de la radio, el éxito de La Hora del Ensueño y del Amor.

Hubo un tiempo que en lugar de hacer el tonto con skates, intentábamos agradar a las chicas

Hubo una época en que los dolescentes de los sesenta parecíamos tontos comparados con los de otras etapas posteriores, pero llegados a la de los skaters, la verdad es que comparativamente parecemos genios sin haberlo sido… pero es que lo de hoy no admite comparación.

En fin. Por aquellos años, llegar a los trece o a lo sumo, a los catorce significaba dejar los patinetes o los patines -jamás las bicicletas- y enamorarse y dejarse enamorar por cualquier chavala en edad de merecer al precio que fuese, incluso el de hacer el mayor de los ridículos del mundo. Aquella situación nos distanciaba enormemente en cuanto a madurez de las chavalas que siempre han trenido la cabeza mejor amueblada que la nuestra.

Además que siendo la edad de los granos, no teníamos derecho -y de ello éramos conscientes- a escoger, sino con suerte, de ser escogidos para el primer amor de nuestra vida cuya búsqueda y no otra cosa parecía ser la meta única y última.

Inmersos en esa realidad, estábamos mi hermano y yo pasando nuestras vacaciones en Viña del Mar, cuando llegó a casa de nuestra abuela política, la sobrina de nuestra adorada tía Gladys, una modelo tan guapa que incluso había ocupado portada en la prestigiosa revista Life. La chavalilla por el contrario, era escuálida, con un pelo que parecía un estropajo y flacucha amén de pequeñaja… Y feilla, la pobre. Muy feílla.

Pasaron un par de días y mi hermano y yo no cejábamos de hacer el tonto frente a María Eugenia, una vecina preciosa pero que por preciosa aspiraba a algo mejor que nosotros, dejando de lado a aquella aparición en forma de niña esquelética.

Mas, amigas y amigos, un buen día, nuestra adorada tía Gladys nos abrió los ojos… Aquel ser escuálido y soso con un estropajo por cabellera, no tenía diez sino 14 años… O sea que estaba en edad de llamar nuestra atención, pero su apariencia no es que nos pudiese dar algún caché delante de nuestros amigos,,, hasta que mi hermano la clavó:

“La Elena es super inteligente” O sea, que era fea pero tenía cualidades que la hacían admirable. Sin embargo, por más que intentamos cortejarla o llamar su atención, nuestros rostros plagados de granos rojos y con pus muchos de ellos, no permitieron que la chica que aparte de todo era antipática, nos dejara franquear su mundo.

Un año después en el mismo escenario, apareció una prima de nuestro primo José Miguel. La moza era guaoa, alegre, simpática y buena amiga.

Habiendo cedido nuestras espinillas a los rigurosos tratamientos con rayos ultravioletas, tanto mi hermano como yo, así como toda la chiquillería adolescente del vecindario, nos sentimos merecedores de las atenciones de Isabel.

La ventaja corría de parte nuestra porque compartíamos techo. Pero yo con la nariz hinchada y mi hermano con los huevos adoloridos, recibimos nuestra violenta respuesta a nuestros ingenuos requerimientos de amor.

Con Isabel mantuvimos, no obstante, durante años una buena amistad, pero el orgullo herido no nos permitió volver a intentar un acercamiento, aunque en ocasiones ella pareció buscarlo, al menos conmigo.

Chita, un simio inolvidable

El día previo a la Navidad del 2011, murió la mona más famosa del mundo, Chita, aquel animal que vivió casi ochenta años por lo que fue calificado como el chimpancé más longevo del mundo.

Triste noticia que no logra llevarse consigo los maravillosos recuerdos de las distintas generaciones de chiquillos que disfrutamos en sus estrenos y reposiciones, de las gracias de tan espectacular mico.

Aunque no era hembra sino macho y aunque la de Weismuller se calcula que falleció antes de cumplir los 30 años para dar paso al animalillo que murió a finales de este año y que emergió en los filmes de Tarzán a partir de los 60 con Lex Baxter, Chita ha tenido su continuidad en el nombre, en sus peripecias y en su payasería humanoide, aparte de ser la compañera de un Tarzán, una Jane y un Boy encarnado, también por distintos actores que protagonizaron como el simio, a los mismos personajes.

Si en efecto, Chita hubiese sido la misma (o el mismo) que entró en la inmortalidad a la par que la preciosa Jane (que en la vida real la odiaba) en la serie de filmes y que prolongó su existencia durante ocho décadas, habría dejado en el camino a la primera familia cinematográfica del rey de la Selva, ya que Boy, el más joven fue el último en dejar este mundo en 2010.

Sea como sea, no obstante, la noticia de la muerte de aquel gracioso chimpancé, nos llena de tristeza y de nostalgia y nos devuelve las risas que arrancó a varias generaciones de chavales que acudían en tropel al cine para seguir las heroicidades de Tarzán, el rey de los monos.

El día que murió el Papa Pío XII

Aun recuerdo aquella fresca mañana de octubre de 1958, cuando al poco rato de haber llegado al Cole y en plena clase de historia con el Hermano Humberto, entró abruptamente en el salón el padre Bernardo, un alemán declaradamente nazi. Tenía el hombre rubio, de piel roja, ojos azules y de mirada maligna, obeso y siempre ataviado con una sotana blanca, el rostro descompuesto. Se persignó distraidamente y por inercia le imitamos.

El padre Bernardo que no se destacaba precisamente por su bondad, nos conminó a gritos a dirigirnos en fila y respetuosamente a la enorme capilla del colegio. Mientras formábamos, le dijo algo al oído al Hermano Humberto, que volvió a santiguarse imprimiendo a su rostro una profunda mueca de dolor.

La iglesia olía a incienso y alrededor del altar, de cara al Sagrario, permanecían arrodillados y con atuendos propios de las misas de difuntos, todos los religiosos de la Congregación. En esos momentos, las campanas de nuestra capilla así como las del resto de iglesias que quedaban a nuestro alcance acústico, tañían a muerte.

El rector del cole, un cura alto, seco y antipático, que fungía además como capellán de un regimiento de caballería cercano, se puso en pie, se giró hacia nosotros, abrió ambos brazos y mirando hacia el cielo, clamó con profundo dolor y consternación:

“El Papa Pío XII ha muerto”.

El órgano irrumpió en sacra melodía, mientras que los santos sacerdotes adaptando sus voces a la forma más cercana a las de los barítonos, comenzaron a cantar canciones lastimeras en latín.

Fue en aquel instante en donde por primera vez y a mis nueve tiernos añitos, di rienda suelta a mi profunda hipocrecía y a mis tempranas dotes histriónicas. Un dolido ” ¡No, Dios mío!” se escapó de mi infantil y aguda garganta, mientras cubría teatralmente mi rostro con ambas manos para ocultar unas lágrimas que no tenían motivo alguno para regar mi faz. Los curas y mis compañeros no disimularon su admiración hacia mi dolor y fervorosa veneración por aquel santo varón que acababa de sentatse al lado del Todopoderoso.

Con una abuela marxista limitada por dogmas primarios y un padre republicano de derechas y anticlerical, estar en un colegio de curas era lo menos indicado del mundo y a falta de alternativas, la teatralidad y la hipocrecía eran mis armas.

Tras la larga misa, nos mandaron a casa por tres días durante los cuales debíamos rezar por el alma del Pontífice, pero del que solo nos acordamos para agradecer que su muerte nos había significado unos días de inesperado asueto.

Recuerdo con la perspectiva de los muchos años transcurridos desde entonces que Pío XII había sido el único Papa romano que conocía y que de él sabía muchas cosas… las que me decían los sacerdotes, que eran mentiras según mi abuela y lo que me contaba ella, que era la única y pura verdad, o sea que el finado era un fascista perdido y antijudío declarado y que cuando muriese, se pudriría en el infierno

Sobre si era bueno o no, si era fascista o no, si era antijudío o no, eso lo dirá la historia. Lo que sí quedó como hecho inesmentible para la historia es que su incorruptibilidad no fue uno de sus primeros milagros para canonizarlo.

Me explico.

Se ha convertido en una tradición en la iglesia Católica aseverar que los cuerpos de los santos son incorruptos y para demostrarlo, han recubierto con máscaras de cera los despojos de muchos de aquellos que mantienen en morbosa exhibición, ocultando el crédito del artista en beneficio del ficticio milagro.

La cuestión es que el cuerpo de Pío XII, aquel hombre que moría según la Iglesia en estado de santidad, por las causas que fuesen, no duró incorrupto ni siquiera seis horas. Incluso los guardias suizos apostados alrededor del cadáver, comenzaron a desmayarse víctimas de la pestilencia que emanaba de los regios despojos y luego, se le envolvió en un gran plástico para disimular no solamente el olor sino la piel ennegrecida y cuando se hubo hinchado lo suficiente como para temer que el santo padre explotara, se le metió prestamente en un ataúd.

Y mi abuela nunca llegó a enterarse de esos detalles.