Chiguayante, cuando lo conocí en 1966, era un pueblo sin pretensiones, feo, largo, con su plaza de Armas, con asfalto solamente en la carretera principal, que era la que unía a Concepción con Hualqui y que bordeaba el río Bío-Bío y la vía del tren a Chillán y Santiago.
Fue una noche de octubre cuando, tras viajar todo el día sin prisas, parando, recuerdo en Talca, una ciudad que no transmitía nada, aunque muy presumida porque cuenta su tradición oral que sus apellidos adquiridos de aquellos aventureros y ex convictos españoles que colonizaron las tierras de América, provenían, no sé a cuenta de qué milagro, de la más rancia nobleza hispana y así apellidos como Pérez, González, Rodríguez, etc., si provenían de Talca, eran respetablemente aristocráticos (sobre este curioso tema ya escribí hace tiempo una nota en este blog, que se titula “Chile el país de los apellidos”).  Finalmente, antes de llegar a Concepción (a 11 kilómetros de Chiguayante) y donde sin pensarlo por aquellos días, estudié unos meses después, Periodismo en su Universidad, visitamos Chillán, más gris, pero más ciudad que Talca.
Llegamos a Concepción de noche como digo y la ciudad me encantó. Moderna a costa de las constantes reconstrucciones obligadas por los terremotos (el último, devastador, seis años antes) y de allí a Chiguayante. Dormimos en el casino de la fábrica de Tejidos Caupolicán cuya planta de Santiago dirigía mi padre. Antes, después de la cena caminamos por los caminos de piedrecilla, ripio se le llama por aquellos lados, disfrutando de una brisa fresca y un aire tan puro, como contaminado era el de la capital chilena. Tenían aquellas casas de madera del pueblo, un aire de tranquila paciencia, de una especie de monotonía aldeana. En muchas ventanas se asomaron algunos curiosos a contemplar aquel pequeño séquito de tres extraños: mi padre, mi hermano Juan y yo.
Al día siguiente muy temprano, seguimos viaje hacia el sur y pudimos disfrutar a la salida, de la exhuberante vegetación que rodeaba al pueblo y de la majestuosidad del ancho aunque poco profundo Bío-Bío. Cuando llegamos a Concepción para seguir camino a Los Angeles, me invadió una especie de incomprensible nostalgia. Me había gustado el aire nocturno del pueblo y me había gustado el pueblo que había visto con las primeras luces del día. Aunque lo natural era que no volviera a verlo, aquella nostalgia quizás fuera la premonición de que tanto en Concepción como en Chiguayante, pasaría casi seis increíbles años de mi tardía adolescencia y primera juventud.
Recorrimos Los Ángeles, Temuco, Osorno y Puerto Montt, ciudadades preciosas, y además fuimos en avioneta hasta Ancud, pueblo bastante decepcionante donde pretendíamos comprar productos de importación aprovechando que era Puerto Libre y lo que nos trajimos fueron un mechero americano, pero de mala muerte cada uno. Aquello parecía más bien un mercadillo semanal, pero que ofrecía sus escasas mercancías diariamente.
Quedamos prendados con los volcanes Villarrica, Osorno y Calbuco, con el Lago Villarrica y el Lago de Todos los Santos, pero el recuerdo de Chiguayante emergía repetidamente, incluso cuando pocas semanas después de aquel viaje por el sur, regresé a Barcelona. Y estando aquí, me enteré que a mi padre lo habían trasalado  a la planta principal de la fábrica, o sea a la de Chiguayante y mis planes de estudiar periodismo en la Escuela Oficial de Madrid, se fueron al traste y comencé a dar caña para volver a vivir junto a los míos, pese a que aquí había sembrado, consechado y cultivado una importante legión de amigos.
En octubre del 67 llegué de nuevo a Chiguayante, a la Casa del Bosque, una pequeña mansión enclavada entre bosques de eucaliptus, pinos y cedros del Líbano y que por tener, hasta tenía un campo de golf de nueve hoyos. Su parte posterior comunicaba con el río Bío Bío.
El primer día ya tuve mi primera novia y a los pocos, un enorme grupo de amigas y amigos, que Juan me fue presentando. No sé por qué él me había creado una aureola de intelectualidad tal, que en ocasiones la gente de mi edad temía franquear una barrera invisible, pero aparentemente poderosa. No me costó mucho afortunadamente que desapareciera.
Allí conocí a Cecilia Zambrano, una vecina menudita, morenita, seria pero simpática, encantadora, bonita y muy, pero que muy inteligente, tanto que a veces asustaba. Además, pese a su juventud era asombrosamente comedida y equilibrada. Mi hermano y yo, mayores que ella la convertimos en nuestra consejera sentimental. Un día, años después, perdimos el contacto y hace pocas jornadas ella me encontró, naturalmente a través de Facebook.
También conocí en Chigua como le llamábamos, a las hermanas Prat, especialmente a Ximena y Patricia, dos chavalas encantadoras, con una madre preciosa. Con Ximena tuve una amistad muy íntima con tintes ocasionales de noviazgo, pero se ve que no estábamos destinados el uno para el otro, porque de repente el encanto estalló como una burbuja de jabón, aunque siempre seguimos siendo amigos.
María Olga Toro, mi amor no correspondido y Loreto Zapata, una chica preciosa pero a la que jamás intenté abordar porque tenía la intuición de que nunca me aceptaría más que como amigo, fueron dos de las chavalas que también me marcaron. Ambas eran de Concepción. Por cierto, uno de los tantos días  que fui a merendar a casa de María Olga y con la intención de tratar de lograr su amor -Juan que es un cabroncete y que lo sabía, me hizo aquel día una buena jugada-, estuve dándole vueltas al tema del amor, de los sentimientos, de lo bueno que soy como pareja, como hombre y como ente dispuesto a dar y recibir cariño “hasta que la muerte nos separe”. En fin, que hablé sin parar y vanamente, porque no logré más que María Olga me mirara fijamente a los ojos y luego a la frente y luego a los ojos y luego, etc. A estas miradas se unió más tarte Loreto que llegó a importunar. La cosa es que una hora después de un monólogo finalmente repetitivo, la madre de María Olga nos invitó a merendar y yo, como es lo suyo, pedí pasar al servicio a lavarme las manos… y ¡Oh, Dios mío!… al mirarme en el espejo ví que tenía pegado un tremendo moco en la frente. No recuerdo cómo terminó aquella velada, pero cuando al anochecer le pedí explicaciones a Juan, comenzó a reirse y al final, ambos terminamos riendo. Con las chicas continuó mucho tiempo la amistad, pero nunca tuve los cojones suficientes como para volver a cortejar a María Olga.
En aquella época de Chiguayante conocí también, pero en la escuela de periodismo, a las dos grandes amigas de mi vida, Sandra y Olga Garretón.
Supe en Chiguayante lo que era dejar a la fuerza tu casa, supe lo que era meter a fondo la pata, supe lo que era un estado de sitio, supe lo que era la amistad verdadera y lo que eran las miserias humanas. Supe lo que eran, asimismo, los enfrentamientos entre clases sociales, lo que era el compañerismo en la Universidad, pese a las diferencias políticas; supe lo que era la persecusión. Conocí la escencia del periodismo en Irene Geis, la politización de la información con Manfredo Mayol y José González, el periodismo barato con Hernán Osses Santa María, la amistad férrea pese a las circunstancias con Oscar Humberto Yévenes y la sencilla grandeza de una juventud provinciana de verdad inolvidable.
Por eso, cuando el 27 de febrero de 1973 dejé para siempre a Chiguayante y fui víctima de un intento de detención policial en el Aeropuerto de Pudahuel, aún años después no sé a cuento de qué, lloré amargamente.
Dejaba años de paisajes de ensueño, de historias y anécdotas, tanto positivas como negativas tremendamente enriquecedoras y unas amistades que como suelen serlo las de aquellos años en que se entra con fuerza y pasión en la vida de adulto, recuerdas para siempre con especial cariño y añoranza.
Ha querido el destino que debido a diversas circunstancias, muchas de las amistades de aquellos años, hayan vuelto a entrar en mi vida, con mayor o menor intensidad y eso es de agradecer.

 

 

Si hay algo a lo que verdaderamente temo, es a un espejo. Es peor, mucho peor, que una pesadilla. Se ha constituído en la más horrenda de mis fobias y no hay película ni novela de terror que pueda igualar el espanto que me produce.
Os lo voy a explicar.
Cada vez que me asomaba a un espejo -como comprenderéis, hace años que no lo hago- veía al otro lado, en su interior, al monstruo más horrible, detestable y asqueroso que os podáis llegar a imaginar.

 

 

Este martes hacen 50 años que murió “Kandy”. Lo hizo dentro de su caseta, mirándonos a Juan -mi hermano- y a mí mientras estudiábamos en la amplia terraza de terracota que había a la salida del comedor de nuestro chalé. Justamente por estar con sus ojitos tristes abiertos, no nos dimos cuenta hasta mucho después que el precioso cocker spaniel ya no respiraba. Estaba el pobre tan mal, que ya el día anterior al encontrarlo en medio del jardín trasero tirado y cubierto de hormigas, habíamos comenzado a abrir una fosa para enterrarlo, aunque de pronto, en lo que pensamos que era un milagro, el animal reaccionó y se fue a acostar en su caseta. Ese día, el de su muerte, incluso estuvo toda la mañana arrastrándose de un sitio a otro, que dado su deteriorado estado, ya era mucho y esperanzador.
“Kandy” llegó a la casa por casualidad y se nos fue por el mismo motivo que su arribo fue casual.
En efecto, un día de febrero del 59 paseábamos en coche mi padre, su mujer, mi hermano y yo, cuando vimos un cartel de madera en una casa “vendo preciosos cachorros cocker”.
Y aunque sabíamos que nuestro deseo chocaría frontalmente con la manía de mi padre de gastar lo mínimo posible y solamente en lo más importante, comenzamos a dar la tabarra con “queremos tener un perro, queremos tener un perro”, un latiguillo al que sorpresivamente se unió nuestra madrastra y eso le complicó un poco las cosas al viejo, porque a veces por “quita allá esta paja”, se montaba tal trifulca en el chalé, que parece ser que se lo pensó.
Habían, me acuerdo, cuatro cachorrillos, dos machos y dos hembras y uno especialmente, destacaba por su mirada triste e inteligente a la vez. Con su pelito color fuego y sus grandes orejas colgando, salió y entró de aquella casa cuatro veces, tantas como fracasaron los intentos de mi padre por rebajar el precio del jovenzuelo ladrador. Al final, rebajado a la mitad y con mi padre refunfuñando porque tal vez quería que se lo regalasen, nos fuimos con el perro que en menos de cinco minutos ya había sido bautizado como “Kandy”.
Gloria lo besó y lo abrazó y mi padre refunfuñó, Juan lo besó y lo abrazó y mi padre refunfuñó, yo lo besé y lo abracé y mi padre refunfuñó. “Kandy” se meó y se cagó casi a la par y a mi padre le dio tal ataque de histeria que aquello parecía el fin del mundo… ¡Un sucio e indeseado animalucho había ensuciado su pulcro Buick! Aquello era intolerable y condenó a “Kandy” a dormir en el jardín. Sin embargo, los gemidos y aullidos del cachorro y los destrozos que hizo en un tiempo récord en las plantas y flores, convencieron al viejo que durmiera dentro de la casa.
Poco a poco cesaron los gemidos y aullidos y en un par de días, todo había cambiado:”Kandy” había destrozado las cortinas y las patas de la mesa y sillas del comedor, en lugar de las plantas del jardín.
Finalmente, un carpintero de la fábrica textil de mi padre le construyó una hermosa caseta y le levantó una cerca de madera alrededor, dejándole un amplio espacio para que pudiera retozar a sus anchas. Juan y yo, al llegar del cole, y muchas veces Gloria a cualquier hora, le dejábamos salir bajo estricta vigilancia, hasta que el cachorro se fue calmando en su afán destructor y lo único que seguía haciendo era mordernos a todos los tobillos… ¡Tenía pasión por los tobillos humanos!… aunque no llegaba a hacer daño.
Un mal día, el perro desapareció y de ello culpamos incluída Gloria su mujer, a mi padre y todos estuvimos siete días sin hablarle, hasta que al octavo, llegó el jardinero de la casa con el perro cubierto de barro, casi muerto y tiritando. Lo había encontrado en un pozo de unos tres metros de profundidad, junto a una perra recién muerta, nos contó.
Como obviamente no lo podríamos llevar al veterinario, Gloria lo bañó, lo secó y lo puso en un sitio tibio cerca de la cocina. En dos días estaba como nuevo.
Era septiembre.
Un mes después, el mejor amigo de “Kandy”, “Rudy”, un pastor alemán de pelaje claro y sin dueño conocido y al que alimentaban todas las familias del barrio, desapareció también y fue por el olor que lo encontramos muerto cerca de las vías del tren. “Grumpy”, el perro de los Soto, también del grupo de perros, cayó enfermo.
El animal apenas podía caminar y los chavales de la familia con los que solíamos jugar al fútbol, lo llevaron rápidamente al veterinario, le completaron el tratamiento para el “moquillo” y cuando ya el perro convalecía claramente mejorado, “Kandy” presentó los mismos síntomas.
Durante un par de semanas estuvimos rogando infructuosamente a mi padre para que lo llevara al veterinario, pero insistía en que los veterinarios eran unos ladrones y que los perros no se morían de eso. Sin embargo, el deterioro físico del animalillo terminó por conmoverle y lo llevó. Allí el doctor explicó que lo habíamos llevado muy tarde, pero que intentaría salvarlo y le comenzó a aplicar el tratamiento en base de inyecciones ese mismo día. Aquella visita terminó con un duro regateo de mi padre que no logró su objetivo de ninguna rebaja.
Como el perro tuvo una reacción positiva con aquel inicio de tratamiento, el viejo optó por diagnosticar una curación rápida que no requería de gastos en medicamentos.
Dos semanas después, regresamos Juan y yo al veterinario, sin “Kandy” con el dinero que habíamos reunidos entre la pandilla, y el hombre al ver el esfuerzo, nos regaló parte del tratamiento, aunque fue poco optimista en cuanto a los resultados. El practicante de la fábrica le puso durante dos días las cuatro inyecciones que nos había dado el profesional, y al tercero, cuando ya no quedaban, la reacción de nuestro amigo el cuadrúpedo, fue la de parecer muerto estando vivo y al cuarto, murió cuando parecía vivo. Era un 24 de noviembre de 1959.
Lo enterramos junto a su amigo “Rudy” entre medio de unos arbustos.
Curiosamente, un mes más tarde, el viejísimo perro de los vigilantes de la casa que también había hecho amistad con “Kandy”, “Rudy” y “Grumpy”, se fue renqueando hasta donde estaban enterrados los dos primeros, se recostó entre ambos y allí murió y allí lo enterramos.

 

 

La vida se asemeja a un círculo, lamentable o afortunadamente no vicioso, pues regresamos al sitio de donde venimos… ¿A la nada? ¿Al todo? Eso, en definitiva no lo sabremos si es lo primero y ya nos enteraremos, sin poder contárselo a nadie, al menos de este barrio, si es lo segundo.
Dicen algunos que el nacimiento es una muerte al revés, aunque otros afirman tajantemente que morir es nacer al revés. Aquí, si nos ponemos a analizar, se puede aplicar sin temor a equivocarnos que “el orden de los factores no altera el producto”.
Si todo fuera perfecto y no hubiesen enfermedades, ni accidentes, sino solamente la vejez como la causa única del fallecimiento, nos percataríamos que el anciano terminaría sus días sin enterarse ni cómo se llama, imberbe, calvo de miseria, babeante y con pañales para contener sus desechos fuera de la vista pública, aunque no con la misma suerte con los hedores. Asimismo, al anciano -muy anciano, porque estamos abordando el caso de que la gente solo se muriera de vieja- se le debe dar la comida hecha papilla porque los dientes le van abandonando en el transcurso de los últimos años.
Al neonato, prolongando todo ello a los primeros dieciocho meses de vida, más o menos, le sucede lo mismo, pero al revés, porque mientras que al bebé se le desarrolla la inteligencia y el sistema motor, al viejo, se le deteriora todo.
De esta forma, dos entes arrugados, calvos, babeantes, meones y cagones y que no pueden masticar, son los extremos de la vida, conforman el círculo.
Pero al pequeñín se le ha estado esperando con ansiedad y al segundo, también con ansiedad, se espera que se vaya, aunque siempre con la frase aquella llena de fingido pesar… “pobrecito, necesita descansar” (trad.: ¡Cóño, cuando nos dejará en paz este martirio).
Esto ocurre por la extraña razón de que el recién llegado al que no le debemos nada, se lo damos todo y al que le debemos todo, no le damos nada.
Al bebé en ocasiones nos peleamos por cambiarle los pañalitos, por darle el biberón, por limpiarle sus babitas y sus moquitos… ¡Es tan mono!
Sin embargo, al viejo, lo mandamos a una residencia donde no nos moleste y donde realicen tan inmundas tareas, escudándonos en otra gran hipocrecia… “allí estará mejor atendido”, sin pensar en lo que este ser piensa y si éste, como suele ocurrir con quienes buscan una demostración de apego y de cariño, pide que se le lleve a una residencia, en lugar de decirle que no, que para eso tiene su familia, pues más que volando se le envía a ese exilio impersonal… “él nos lo ha pedido” explicamos satisfechos… ¡Y tan panchos!…
Y si no hay dinero para residencias, pues lo llevamos de viaje, le quitamos la documentación y lo dejamos “olvidado” en una gasolinera. Total, nuestra mierda de legislación sanciona este “olvido” con 60 euros… (el abandono de un perro, la misma mierda de legislación, la pena con mil doscientos.)

 

 

Durante mi época de estudiante de secundaria, me ocurrió algo que no va, racionalmente, más allá de una visión, pero que en todo caso me dejó una marca. No obstante, la sensación de que aquello fue algo real jamás me ha abandonado del todo.
No haré uso de los detalles ni de los nombres porque no viene al caso.
La cosa es que en el Instituto donde estudiaba mi hermano había, según el mismo me contó muchas veces y que en una oportunidad tuve ocasión, de pasada, de comprobar, una profesora muy joven -unos 25 años- y muy guapa. Ciertamente a mí me lo pareció con su figura espigada, su pelo largo y suelto, con destellos dorados, al menos aquella tarde soleada que me crucé con ella, y un rostro realmente de ensueño.
Al verla comprendí por qué aquella muchacha era no solamente el amor platónico de mi hermano, sino el de casi todos los chavales del instituto, aunque ninguno llegaba a los 18 años. La profe, me contaba él, era consciente de su atractivo y le añadía el de una simpatía a toda prueba. Era tanta la admiración que despertaba que en su clase, por muy pelmazo que fuese el estudiante, nadie se atrevía a ser víctima de un suspenso. ¡Era cuestión de amor propio! Con las alumnas ocurría un poco más de lo mismo hipnotizadas con la natural alegría que sabía imprimir a cada instante.
Un día que me encontraba de viaje lejos de casa -cada vez que tenía un desencuentro con la que hoy, ya muerta, es mi querida y recordada madrastra, me iba lejos de casa para hacer sufrir a mi padre- mi propio padre me llamó a casa del amigo donde me hospedaba para pedirme que regresara, pues mi hermano había caído en un estado depresivo tras haber sido testigo de cómo un autobús atropellaba mortalmente a “una de las profesoras” de su instituto. No me hicieron falta más datos para saber de quién se trataba. Me puse en contacto con él y me pidió entre sollozos que no regresara, que quería estar solo.
Al volver a casa, diez días después del acontecimiento, ya más calmado, me contó los detalles del accidente, que no viene al caso relatar y me pidió que le acompañase al cementerio a dejarle a la difunta un ramo de rosas blancas, obsequio que le llevaba diariamente desde su inhumación.
De camino al camposanto y después dentro del mismo, sorteando mausoleos y lápidas, noté que mi pobre hermano hablaba de la docente como si estuviese viva y, peor aún, como si entre ellos existiese una relación sentimental muy profunda y esto ciertamente me inquietó.
El cadáver reposaba en un nicho situado a la altura de mi cabeza. Al llegar, mi hermano cayó de rodillas y comenzó a implorarle que saliera de aquel hueco porque sin ella se sentía desvalido.
Fue entonces cuando tuve la sensación de que el cemento y los ladrillos se desvanecían y dejaban al descubierto un lustroso ataúd negro. Pero ese lustroso ataúd también pareció desvanecerse y pude contemplar, iluminado por la claridad del día, una claridad que por lógica no debiera llegarle, el cuerpo del amor platónico de mi hermano.
No parecía en absoluto al de aquella esbelta joven, pues estaba hinchado a punto de estallar y su hasta hacía poco dulce rostro, parecía un globo del que pugnaban por saltar sus ojos y su boca permanecía abierta en un rictus de eterno dolor. Su piel combinaba colores entre el gris y el azul. Sin mortaja, la ropa había cedido a la presión de la carne putrefacta y no pude apreciar en su pecho las cicatrices de la autopsia (tiempo después supe que la familia había logrado impedir que se mancillara el cuerpo inerte de la chica).
Sucedió que mientras veía lo que la razón indicaba que no veía, tuve tiempo para percibir no sin asombro, los estragos que perpetra la podredumbre hasta en los más hermosos de los seres humanos, pero cuando esos estragos se concentraron en el más nauseabundo de los hedores, comprendí que aquello era un simple despojo, que la profesora de mi hermano ya no estaba allí y antes de vomitar en aquel mismo sitio justo en el momento que las imágenes del ataúd primero y el material del nicho después volvían a materializarse, le miré y logré musitar: “aquí no está ella”.
No sé qué expresión tendría o qué reflejo se proyectó hacia él, la cosa es que después de asistirme afectuosamente en mi transitoria indisposición, nos fuimos del cementerio sin hablar y no volvió a visitar la tumba hasta un año después, ocasión en que también le acompañé y durante todo ese período me habló en algunas ocasiones con afecto de su antigua docente, hasta que más de cuarenta años después del hecho, creo que ya la ha olvidado si no completamente al menos casi del todo.

 

camareroNunca en mi infancia vi una película completa. ¡Nunca!
Yo no sé por qué extraño motivo mi añorado y adorado padre, jamás pudo salir de la casa con dirección al cine, como no fuera a la misma hora que comenzaba la función.
Y menos mal que entre la publicidad tipo diapositivas, los spots y finalmente el dichoso No-Do ofrecidos durante el frenético trayecto desde la casa al sitio de la exhibición, nos permitían ganar algo de tiempo.
En ocasiones, mi hermano y yo, porque a mi padre parecía no importarle, rogábamos que los créditos que por aquel entonces precedían a la peli, fueran largos, para perdernos lo menos posible la trama. Pero no. Llegábamos poco más o pocos menos, veinte minutos tarde, lo que le servía de pretexto para no comprarnos chucherías en la entrada. Como comprenderéis si no se tratara de una superproducción tipo “Los Diez Mandamientos” o “Ben-Hur”, pues no llegábamos a enterarnos de qué iba todo aquel resto que habíamos visto. Lo que en este sentido fue el acabóse fue aquel día en que acudimos ilusionados a ver Pinocho y entramos justo en el instante en que aquel títere de madera había sido convertido en un niño de verdad y se miraba sus tiernas manitas, mientras exclamaba “¡Papá, papá, soy un niño de verdad!”, observado por una cortina brillante con reminiscencias de mujer, un enano horroroso con aspecto de grillo cabezón y un anciano que debía ser su padre pero que paracía su tatarabuelo y que de seguro lo dejó huérfano en un par de meses.
De pasada he dicho que mi padre utilizaba el retraso como excusa para no comprarnos chucherías y es que el viejo querido, era no medio tacañete, sino tacaño de solemnidad y es que cuando el acomodador o acomododadora con su linterna nos dejaba en algún sitio cómodo entre los cabreados asistentes que debían moverse para dejarnos pasar, el pobre acomodador o acomodadora, se quedaba con la mano estirada esperando una propina que de manos de él, jamás saldría. Respecto a esto, debo añadir, que cuando el acomodador o acomodadora ya se habían marchado frustrados y refunfuñando, mi padre nos comentaba en voz baja “si quiere tener dinero que trabaje… ¡so penco!”. Solía ser, como veis, muy poco profundo en sus apreciaciones, amén de contar con una generosidad extremadamente limitada.
Y ya que he concluido el tema del retardo en nuestra llegada a las salas de cine y casi por un conducto natural hemos recalado en el de la tacañería de mi progenitor, contraída y no innata como quedará demostrado en breve, lo que se constituía en un verdadero tormento semanal eran las cenas en algún restaurante de lujo, por disposición de nuestra nueva madrastra, que no admitía réplicas en ese sentido y que para ella parecía ser la continuación de una especie de ritual que se seguía en su familia desde la infancia y tal vez por generaciones.
Poco le importaba a su mujer el rutinario epílogo de cada una de aquellas cenas desde que se unió a mi padre. Total, a la hora de pedir la cuenta se iba a retocar el maquillaje y no regresaba hasta que la tormenta hubiese pasado y cuyos últimos vestigios eran el brillante rubor carmesí en los rostros de mi hermano y mío, las miradas de reojo de los otros comensales, el cabreo a tope del camarero y del maitre y la cara de satisfacción de mi papá. muy propia del que es consciente de haber cumplido con su deber.
La cosa es que después de cenar (yo nunca pedí otra cosa como no fuese un bisté a lo pobre con la carne muy hecha), mi padre que había comido, bebido y tragado con verdadero deleite lo que había pedido y se le había puesto por delante, teniendo eso sí, especial cuidado de dejar en el borde del plato algunas sobras, especialmente de la carne de ternera, cerdo, cordero, pollo o pescado, según lo que hubiese pedido.
Una vez concluída la cena, el postre, el café y los bajativos de los que solía disfrutar mi madrastra y sufrir por su inncesario coste mi padre que no los degustaba, comenzaba el drama.
Ponía el buen viejo cara de mala hostia y levantaba la mano para llamar al maitre y le contaba unas barbaridades sobre el estado de aquella carne de la que había disfrutado a tope, como que estaba pasada, que tenía mal sabor, que estaba tan poco hecha que se había sentido como un animal comiéndola, etc.. Obviamente a medida que se animaba con las protestas, alzaba la voz hasta lograr que el avergonzado maitre le asegurara que su comida no le sería cobrada.
Deespués de este acto, comenzaba el segundo, con la cuenta modificada a última hora. Cogía mi padre una pluma (una estilográfica, claro) y perdía sus buenos quince minutos sumando las cifras de aquel papel y como siempre era de esparar, la suma estaba correcta, por lo que argumentando la mala calidad de la comida, el retardo en la atención y cualquier otro motivo del que pudiera disponer, exigía que le quitaran ese diez por ciento destinado al camarero que se solía cobrar por aquellos años (no sé si aún ahora, porque no suelo ser cliente habitual de restaurante alguno). Y, amigos míos, así como en ocasiones lograba que le descontaran ese diez por ciento, en otras, no pocas, no le cobraban nada, bajo su promesa formal de que no volvería a hacer acto de precensia por allí. Y salíamos del local, pletórico de satisfacción él, humillados mi hermano y yo y como si la cosa no fuera con ella, su mujer.
Pero lo peor, y con esto termino, era cuando a la rutina se le añadía la presencia de mi abuela, de quien había heredado mi padre la tacañería, que nos acompañaba cuando no podía hacerlo la esposa de mi padre.
Todo comenzaba normal. El maitre -ignorando lo que le venía encima- nos daba la bienvenida, ofrecía la especialidad de la casa en aperitivos, junto a unas exquisiteces que nos terminarían por abrir el apetito (para mi hermano y para mí, toda aquella oferta se resumía en una Coca-Cola que debería acompañarnos durante el resto de la velada).
Todo continuaba normal, primero mi padre, después mi hermano y yo en ese orden, hacíamos la solicitud de nuestro primer plato y en ocasiones ya adelantábamos hasta el segundo y de ser posible, el postre. Finalmente pedía mi abuela y ya comenzaba el primer atisbo de anormalidad.
Siempre mi querida abuela -que afortunadamente nos acompañó en pocas ocasiones evitando ahondar permanentemente el infinito pozo de las vergüenzas-, cuando le tocaba el turno para hacer su escogencia, se desmarcaba de la carta y simplemente requería aceite de oliva y “un poquitín de nada” de sal.
Tras la fugaz mirada propia del que cree haber entendido mal, se retiraba el camarero a encargar la lista y lógicamente lo primero que llegaba era una aceitera y un salero y se hacía escuchar la única pregunta, sin respuesta, de la abuela: “¿Por esto no me cobraréis, verdad?”
Pero lo peor llegaba casi al instante. Ponía la yaya su gran bolso sobre la mesa y de él extraía una bolsa de papel, de aquellas que se usaban antes de las de plástico.
Bajaba, como si de una ceremonia se tratara, el bolso grande y dejaba el de papel. Nos miraba uno a uno como si fuésemos idiotas y de todos ella la única inteligente, y comenzaba a sacar
Primero: Una Coca-Cola familiar, de aquellas que precedieron a las de 2 litros, de 750 cl.
Segundo: Un plátano
Tercero: Una barra de pan
Cuarto: Una barra de tabletas de chocolate de leche.
Obviamente el asombro del personal del local de turno y del resto de los clientes que por mucho que lo intentasen no lograban sustraerse de tamaño sacrilegio en un restaurante de gente de bien, era patente y patético. Bocas y ojos muy abiertos.
Con su elegancia y delicadeza que le eran absolutamente ajenas, destapaba con sus dientes, la Coca-Cola.  Después abría el pan con los dedos, le echaba aceite de oliva, la sal, cortaba el plátano en rodajitas, lo distribuía dentro del pan y finalmente coronaba su bocadillo distribuyendo equitativamente las tabletas de chocolate.
Y a comer “gratis en un retorán de gente de postín”, como prologaba su particular festín. Lo demás era lo ya conocido.

 

rengoEn una web chilena dedicada a asuntos de ultratumba “absolutamente verificados” transcribieron textualmente una historia que había colgado en la sección de terror de notimundo.es, material que posteriormente se recopiló en el blog “Comentarios y cuentos de Ricardo Salvador”, hacia donde transfiere el antiguo link de la sección de terror de la citada web informativa.
Pues bien, esa historia que titulé “El camino de las ánimas” ocurrió siendo yo bastante joven y afectó de tal manera a toda la familia, que al plasmarla la primera vez, quise hacerle unos retoques, cambiarla de ambiente y de nombres. De esa manera la sentía más ajena y los escalofríos no me recorrerían el espinazo como cuando trataba de volcar a través del teclado, el recuerdo de aquella noche, que era solamente un episodio de una larga lista de acontecimientos relacionados con un hombre bueno que había fallecido conociendo la agudeza de la depresión y el sabor de la incertidumbre al final de una larga vida de esfuerzos y éxitos en la vida del campo.
La historia la situé en México, en un pueblo imaginario, y puse por testigos, también ficticios, al párroco y al alcalde de la pedanía. Fueron estos dos personajes los que al autor de la web chilena le bastaron para darle total y definitiva credibilidad a la historia.
Es probable que el responsable de esa página dedicada a cosas del más allá, se sorprenda,  si llega a saberlo, que lo narrado, ya lo digo, con elementos añadidos y excluidos por los motivos que he citado, no ocurrió en una pequeña y desconocida villa mexicana, sino en una hacienda situada en las afueras de la ciudad chilena de Rengo, cercana a Rancagua, en la zona central de aquel país. Y los hechos transcurrieron en el cementerio, así como en la señorial vivienda de la Hacienda, enclavada a pocos metros del camino, y también en ese camino que por ser el que bordeaba el cementerio en dirección al pueblo, era conocido como “El camino de las ánimas”
De lo que venía aconteciendo y siguió aconteciendo y de lo ocurrido aquella noche en la que toda la familia fue aterrorizado testigo presencial, no podríamos citar como avaladores ni al párroco de Rengo ni a su alcalde, porque aunque muy probablemente tuviesen conocimiento de los extraños sucesos que acaecían en torno al camposanto y en las tierras del finado don Antonio Noriega, no podrían muy probablemente dar fe de ello.
Testigos fuimos mi padre, mi abuela, mi hermano y yo. También su viuda doña Mercedes, y sus hijos Antonio, Alicia y Lucía, y los campesinos que residían cerca de la gran mansión y los perros que aullaban durante las apariciones espectrales que lo hacían envueltas en una extraña brillantez opaca y una brisa inquietantemente gélida.
No fue tan espectacular lo sucedido tras la muerte de don Antonio como lo que escribí en mi primer “camino de las ánimas”, porque aquello lo adorné de tal forma que los únicos elementos originales de los sucesos, fueron el cementerio y el llamado camino de las ánimas. No fue tan espectacular digo, pero fue lo que en realidad ocurrió.
Y ya que tengo escalofríos en el espinazo, rescatado el recuerdo siempre vivo de aquellas últimas horas de la jornada, se los cuento antes que me arrepienta.
Pasábamos un mes en el campo -en realidad alcanzamos a estar una semana- en aquella casa que a mi hermano y a mí nos enloquecía porque significaba el contacto más puro con la naturaleza, con los animales, con la tierra, el barro, los arroyos. Los cerdos llamaban especialmente nuestra atención y a mí un caballo ciego en el cual solía montar para acompañar junto a mi hermano Juan, a Antonio que nos llevaba a recorrer los sembradíos de su enorme propiedad
Los primeros días, la actividad incesante, el calor, los “madrugones” para colaborar en el ordeño de las vacas y la comida que nos saciaba con su cantidad y su pureza campesina, nos lanzaba a la cama extenuados bastante antes de las nueve de la noche, incluidos mi padre y mi abuela que hacían los mismos trayectos nuestros pero andando.
Antonio, que cumplía una jornada agotadora de sol a sol y doña Mercedes, Alicia y Lucía que hacían las mismas rutas que mi familia mayor, no se acostaban temprano y cuando en grupo nos despedíamos, una extraña sensación de placidez se dibujaba en sus rostros y  sus cuerpos asumían poses relajadas.
A la sexta noche, quizás porque nos fuimos al pueblo, comimos y merendamos en un restaurante y solo caminamos conociendo las poco atractivas calles y casas de la villa, al llegar las nueve continuamos conversando en el gran salón y pese a la evidente inquietud de nuestros anfitriones, nos hicieron compartir un exquisito licor de frutas, una sorpresiva tarta de plátano y como si la noche fuese eterna nos ofrecieron una segunda cena en base a huevos fritos y pan horneado recién hecho por doña Marcedes.
De pronto, la calidez estival nocturna dio paso a una gelidez inexplicable, mientras las luces del alba comenzaron a filtrarse por entre los cortinajes cerrados del salón. Pero cuando esto ocurría eran apenas las once de la noche. No hubo, no obstante sorpresa alguna en torno a aquella luminosidad, puesto que era lógico pensar que un coche con sus luces se habría detenido en el camino. Lo inquietante era el frío intenso, el vaho que salía de nuestras bocas y de las fosas nasales en pleno verano austral.
Mi hermano y yo optamos por irnos a nuestra habitación. Mi padre evidentemente alarmado, se ofreció a acompañarnos.
Su alarma y su asombro, nuestra alarma y nuestro asombro iba más allá del frío, se proyectaba por toda aquella extensa campiña a través de los multiplicados aullidos de quizás cuántos perros claramente atemorizados.
Una vez en nuestra habitación, cuya ventana estaba abierta, pudimos contemplar aquella brillantez opaca que se extendía por entre árboles y cabañas de campesinos hasta el horizonte. Una luminosidad que había puesto fin al descanso de las aves. Trinaban los pájaros entre las ramas y las gallinas buscaban alimento escarbando la tierra, con el aliento del inicio de un nuevo día en plena noche.
-¡Alicia, alicia! -rompió una voz hueca y lejana la anormalidad de la noche, sin imaginarnos en absoluto, que ese llamado no hacía más que produndizar toda aquella extraña sobrenaturalidad.
-¿Don Antonio? -se preguntó casi ahogado mi padre que al igual que nosotros había reconocido la voz del muerto.
Como respuesta, las hojas de los árboles se movieron mecidas agresivamente por una ráfaga de viento.
Todos a una nos asomamos e la ventana y allí, justo en la puerta de acceso a la propiedad, enclavado en el camino de las ánimas, estaba sonriendo don Antonio que nos saludó con un ademán de mano. Parecía ser un sol pues en su cuerpo nacía sin más brillo ni menos opacidad, aquella luz que todo lo alumbraba pero que no generaba sombras aunque sí se podían adivinar las formas y los perfiles, otro elemento añadido a nuestra creciente angustia e inevitable terror.
-Pasa papá, -invitó Alicia a nuestras espaldas y don Antonio se asomó por la ventana con una sonrisa que imploraba tranquilidad, pero que no logró su objetivo.
Alicia le rogó:
-No te vayas, papi, -pero el muerto fue absorbido por la natural oscuridad  y el calor que volvía a reclamar su sitio. Mientras los pájaros dejaron de trinar y las gallinas se acomodaron rápidamente en el lugar en que les sorprendió la nueva noche, los lastimeros aullidos de cientos de perros que se perdían en la distancia, fueron cesando en la medida que tal vez les iban pareciendo innecesarios.
El resto de los hijos y la madre volvieron a invitarnos al salón, donde la abuela se reponía de una situación que le resultaba asombrosa, pero que no había alcanzado a vivir a plenitud como nosotros. Estaba recostada sobre un sillón, con una taza de tila humeante asida por su mano derecha. Su palidez era evidente.
Supimos entonces que las conversaciones familiares con el difunto se sucedían casi a diario.
Avisaba, proponía, advertía, sugería con una cordura impropia de un humano, en todo lo concerniente al quehacer del hogar, la familia y la administración de las cosechas.
También pedía ayuda, como una noche en que un grupo de vándalos profanó el camposanto, destrozando las lozas de varias tumbas, entre ellas la propia.
-¡Tengo frío! ¡Tengo mucho frío! -retumbó en aquella ocasión la voz temblorosa del fantasma, que aterrorizó a todos aquellos que vivían en las proximidades del cementerio  profanado y en toda la extensión del camino de las ánimas hasta acabar en su antigua morada terrenal.
Escuchada las explicaciones, organizamos el equipaje, nos despedimos de una comprensiva familia, nos subimos al coche y nos regresamos a nuestra casa en Santiago.
Al pasar por un costado del cementerio, mi padre aceleró y nadie miró hacia su interior. Las tristes farolas del pueblo nos tranquilizaron, aunque la estrecha carretera hacia Rancagua, produjo el milagro de hacernos sentir lejos del alcance del miedo.

En una web chilena dedicada a asuntos de ultratumba “absolutamente verificados” transcribieron textualmente una historia que había colgado en la sección de terror de notimundo.es, material que posteriormente se recopiló en el blog “Comentarios y cuentos de Ricardo Salvador”, hacia donde transfiere el antiguo link de la sección de terror de la citada web informativa.Pues bien, esa historia que titulé “El camino de las ánimas” ocurrió siendo yo bastante joven y afectó de tal manera a toda la familia, que al plasmarla la primera vez, quise hacerle unos retoques, cambiarla de ambiente y de nombres. De esa manera la sentía más ajena y los escalofríos no me recorrerían el espinazo como cuando trataba de volcar a través del teclado, el recuerdo de aquella noche, que era solamente un episodio de una larga lista de acontecimientos relacionados con un hombre bueno que había fallecido conociendo la agudeza de la depresión y el sabor de la incertidumbre al final de una larga vida de esfuerzos y éxitos en la vida del campo.La historia la situé en México, en un pueblo imaginario, y puse por testigos, también ficticios, al párroco y al alcalde de la pedanía. Fueron estos dos personajes los que al autor de la web chilena le bastaron para darle total y definitiva credibilidad a la historia.Es probable que el responsable de esa página dedicada a cosas del más allá, se sorprenda,  si llega a saberlo, que lo narrado, ya lo digo, con elementos añadidos y excluidos por los motivos que he citado, no ocurrió en una pequeña y desconocida villa mexicana, sino en una hacienda situada en las afueras de la ciudad chilena de Rengo, cercana a Rancagua, en la zona central de aquel país. Y los hechos transcurrieron en el cementerio, así como en la señorial vivienda de la Hacienda, enclavada a pocos metros del camino, y también en ese camino que por ser el que bordeaba el cementerio en dirección al pueblo, era conocido como “El camino de las ánimas”De lo que venía aconteciendo y siguió aconteciendo y de lo ocurrido aquella noche en la que toda la familia fue aterrorizado testigo presencial, no podríamos citar como avaladores ni al párroco de Rengo ni a su alcalde, porque aunque muy probablemente tuviesen conocimiento de los extraños sucesos que acaecían en torno al camposanto y en las tierras del finado don Antonio Noriega, no podrían muy probablemente dar fe de ello.Testigos fuimos mi padre, mi abuela, mi hermano y yo. También su viuda doña Mercedes, y sus hijos Antonio, Alicia y Lucía, y los campesinos que residían cerca de la gran mansión y los perros que aullaban durante las apariciones espectrales que lo hacían envueltas en una extraña brillantez opaca y una brisa inquietantemente gélida.No fue tan espectacular lo sucedido tras la muerte de don Antonio como lo que escribí en mi primer “camino de las ánimas”, porque aquello lo adorné de tal forma que los únicos elementos originales de los sucesos, fueron el cementerio y el llamado camino de las ánimas. No fue tan espectacular digo, pero fue lo que en realidad ocurrió.Y ya que tengo escalofríos en el espinazo, rescatado el recuerdo siempre vivo de aquellas últimas horas de la jornada, se los cuento antes que me arrepienta.Pasábamos un mes en el campo -en realidad alcanzamos a estar una semana- en aquella casa que a mi hermano y a mí nos enloquecía porque significaba el contacto más puro con la naturaleza, con los animales, con la tierra, el barro, los arroyos. Los cerdos llamaban especialmente nuestra atención y a mí un caballo ciego en el cual solía montar para acompañar junto a mi hermano Juan, a Antonio que nos llevaba a recorrer los sembradíos de su enorme propiedadLos primeros días, la actividad incesante, el calor, los “madrugones” para colaborar en el ordeño de las vacas y la comida que nos saciaba con su cantidad y su pureza campesina, nos lanzaba a la cama extenuados bastante antes de las nueve de la noche, incluidos mi padre y mi abuela que hacían los mismos trayectos nuestros pero andando.Antonio, que cumplía una jornada agotadora de sol a sol y doña Mercedes, Alicia y Lucía que hacían las mismas rutas que mi familia mayor, no se acostaban temprano y cuando en grupo nos despedíamos, una extraña sensación de placidez se dibujaba en sus rostros y  sus cuerpos asumían poses relajadas.A la sexta noche, quizás porque nos fuimos al pueblo, comimos y merendamos en un restaurante y solo caminamos conociendo las poco atractivas calles y casas de la villa, al llegar las nueve continuamos conversando en el gran salón y pese a la evidente inquietud de nuestros anfitriones, nos hicieron compartir un exquisito licor de frutas, una sorpresiva tarta de plátano y como si la noche fuese eterna nos ofrecieron una segunda cena en base a huevos fritos y pan horneado recién hecho por doña Marcedes.De pronto, la calidez estival nocturna dio paso a una gelidez inexplicable, mientras las luces del alba comenzaron a filtrarse por entre los cortinajes cerrados del salón. Pero cuando esto ocurría eran apenas las once de la noche. No hubo, no obstante sorpresa alguna en torno a aquella luminosidad, puesto que era lógico pensar que un coche con sus luces se habría detenido en el camino. Lo inquietante era el frío intenso, el vaho que salía de nuestras bocas y de las fosas nasales en pleno verano austral.Mi hermano y yo optamos por irnos a nuestra habitación. Mi padre evidentemente alarmado, se ofreció a acompañarnos.Su alarma y su asombro, nuestra alarma y nuestro asombro iba más allá del frío, se proyectaba por toda aquella extensa campiña a través de los multiplicados aullidos de quizás cuántos perros claramente atemorizados.Una vez en nuestra habitación, cuya ventana estaba abierta, pudimos contemplar aquella brillantez opaca que se extendía por entre árboles y cabañas de campesinos hasta el horizonte. Una luminosidad que había puesto fin al descanso de las aves. Trinaban los pájaros entre las ramas y las gallinas buscaban alimento escarbando la tierra, con el aliento del inicio de un nuevo día en plena noche.-¡Alicia, alicia! -rompió una voz hueca y lejana la anormalidad de la noche, sin imaginarnos en absoluto, que ese llamado no hacía más que produndizar toda aquella extraña sobrenaturalidad.-¿Don Antonio? -se preguntó casi ahogado mi padre que al igual que nosotros había reconocido la voz del muerto.Como respuesta, las hojas de los árboles se movieron mecidas agresivamente por una ráfaga de viento.Todos a una nos asomamos e la ventana y allí, justo en la puerta de acceso a la propiedad, enclavado en el camino de las ánimas, estaba sonriendo don Antonio que nos saludó con un ademán de mano. Parecía ser un sol pues en su cuerpo nacía sin más brillo ni menos opacidad, aquella luz que todo lo alumbraba pero que no generaba sombras aunque sí se podían adivinar las formas y los perfiles, otro elemento añadido a nuestra creciente angustia e inevitable terror.-Pasa papá, -invitó Alicia a nuestras espaldas y don Antonio se asomó por la ventana con una sonrisa que imploraba tranquilidad, pero que no logró su objetivo.Alicia le rogó:-No te vayas, papi, -pero el muerto fue absorbido por la natural oscuridad  y el calor que volvía a reclamar su sitio. Mientras los pájaros dejaron de trinar y las gallinas se acomodaron rápidamente en el lugar en que les sorprendió la nueva noche, los lastimeros aullidos de cientos de perros que se perdían en la distancia, fueron cesando en la medida que tal vez les iban pareciendo innecesarios.El resto de los hijos y la madre volvieron a invitarnos al salón, donde la abuela se reponía de una situación que le resultaba asombrosa, pero que no había alcanzado a vivir a plenitud como nosotros. Estaba recostada sobre un sillón, con una taza de tila humeante asida por su mano derecha. Su palidez era evidente.Supimos entonces que las conversaciones familiares con el difunto se sucedían casi a diario.Avisaba, proponía, advertía, sugería con una cordura impropia de un humano, en todo lo concerniente al quehacer del hogar, la familia y la administración de las cosechas.También pedía ayuda, como una noche en que un grupo de vándalos profanó el camposanto, destrozando las lozas de varias tumbas, entre ellas la propia.-¡Tengo frío! ¡Tengo mucho frío! -retumbó en aquella ocasión la voz temblorosa del fantasma, que aterrorizó a todos aquellos que vivían en las proximidades del cementerio  profanado y en toda la extensión del camino de las ánimas hasta acabar en su antigua morada terrenal.Escuchada las explicaciones, organizamos el equipaje, nos despedimos de una comprensiva familia, nos subimos al coche y nos regresamos a nuestra casa en Santiago.Al pasar por un costado del cementerio, mi padre aceleró y nadie miró hacia su interior. Las tristes farolas del pueblo nos tranquilizaron, aunque la estrecha carretera hacia Rancagua, produjo el milagro de hacernos sentir lejos del alcance del miedo.

 

vampiro_colmilloLo que les voy a contar es la historia de un colmillo y de los infelicez dentistas que intentaron extraerlo.
A pesar de que es un pasaje escalofriante, vereis que no es más terrorífico que cualquier visita al odontólogo cuando sabes que algo no anda bien.
Comienzo:
Era el año 1992.
Disfrutaba para entonces de una cómoda situación económica y de un cierto prestigio como periodista y presentador.
Todo iba sobre ruedas. El destino nos había bendecido con un par de encantadores gemelos que se unían a otro par de idem y a una preciosa niña y se ve que cada uno vino con un pan debajo del brazo, porque el día que nacieron, la cadena me premió con la triplicación del sueldo. ¡Sí, sí! Me multiplicó el sueldo por tres, pero todavía creo que ese aumento estratosférico no fue por el nacimiento de los críos, sino que el alumbramiento sirvió de pretexto para blindarme en la emisora habida cuenta del inusitado éxito que estaba alcanzando mi programa intimista “La Hora del Ensueño y del Amor” que arrasaba en audiencia en la noche de Madrid.
¡Vamos! Que todo iba bien.
Sin embargo, un día cerca de la Navidad  quise partir una nuez y la nuez resultó tan dura que lo que me partí fue el colmillo derecho desde mi punto de vista y el izquierdo desde el vuestro.
¡Colmillo del demonio!
Se desprendió limpiamente toda la corona, quedando dentro la raíz.
Pasado el dolor, me percaté que no sentía molestias ni con la cerveza del desayuno, ni con el vino del mediodía, ni con el wiski de la merienda que me mandaba el médico para la tensión, ni el licor de melocotón que me zampaba cada noche como bajativo antes de dormir. Tampoco era sensible aquella raíz abierta a las copas que muchas veces compartíamos en la radio Gabi, Ángel, Adolfo y yo, ni aquellas otras cervezas que solíamos beber después del informativo estelar de las dos, Eduardo, el mismo Adolfo, Carmen, Jesús y también yo.
Me miraba en al espejo para ver si el estrago se percibía a través de una sonrisa y… ¡tampoco! Lo que sí me preocupaba era una mierda de verruga que me crecía en la nariz y que me desmejoraba bastante mi ya inevitable desmejoramiento innato. ¡Imaginaos! Feo y con una verruga.
Así es que dejando de lado el colmillo del demonio, opté por sacarme la verruga y no veais lo desmejoradamente guapo que quedé.
Poco después, una eminencia médica me diagnosticó, tratándome de una afonía total de tanto hablar, un cáncer de hígado y tras comprobar semanas más tarde su error, me prohibió volver a su lujosa consulta:
“Vosotros, bohemios asquerosos de la radio, sois unos alcohólicos. ¡No me regrese usted más por aquí o le saco a patadas!
Y me fui de lo más contento sin mi cáncer al hígado y sin la corona del colmillo del demonio cuya raíz permanecía dormida.
Posteriormente se me diagnosticó cáncer en una tumoración adherida a la tráquea, para cambiar al poco el diagnóstico por el de un tumor cancerígeno en la tiroides. Pero tras meses de angustiosos examenes y tratamientos, resultó ser una tumoración cebacea sin adherimientos (todavía la tengo como un objeto de museo, al lado de la “manzana de Adán”).
Una nueva alegría mientras la raíz del colmillo del demonio seguía dormida y yo contento. Tenía una familia estupenda (todavía la tengo aunque aumentada con cuatro pequeñísimos miembros), un trabajo que combinaba magistralmente mi pasión compartida por la radio y el periodismo y un punto en la boca que por lógica debía dolerme, pero que no me dolía.
Una mañana, sin embargo, yendo al hospital Severo Ochoa de Leganés, soportando una temperatura de siete grados bajo cero, un niño de esos “metemeentodo” le preguntó a su mamá: “¿Mami, a ese señor no le da vergüenza ir por la calle con un flemón tan grande?”.
Quise disimuladamente dar un golpe de vista al desafortunado hombre del flemón, pero en cincuenta metros a la redonda solamente estabamos el dulce niño, su avergonzada madre que me miraba con una media sonrisa de disculpas y yo.
Me toqué el lado derecho de la cara y tenía -¡Madre mía!- un flemón tan grande que más parecía estar chupando una manzana entera puesta entre el labio superior y las encías.
No me dolía, pero aquella raíz dormida, al igual que los bellos pero peligrosos volcanes inactivos, no tardó ni medio día en volcar toda su lava en forma de intenso dolor por su cráter.
¡Colmillo del demonio!
Una noche de angustia, de aspirinas y buscapinas, precedieron a la visita a la destista de urgencias.
La buena mujer, a la que escuchaba entre suspiros de dolor y veía a través de unos ojos de los que salían lágrimas de manera espontánea, me sacó una radiografía y me explicó que la raíz que parecía la lengua bífida de una serpiente, era tan profunda que debían operarme.
Primero el tratamiento de antibióticos y antiinflamatorios y una semana después al Centro de Cirugía Odontológica de La Fortuna, en Leganés.
Dos días después solamente me quedaba la molestia en forma de punzantes latidos.
Y al final llegó el momento de verme recostado en una camilla llena rodeada de luces y uno de los dos odontólogos, me inyectó la anestesia.
Salí a esperar en una pequeña salita a que me hiciera efecto el producto. El flemón que me salió fue descomunal y por más que me tocaba, la sensibilidad de la zona afectada era la misma de todos los días.
A las nueve de la mañana me recosté de nuevo en aquella desagradable cama.
Cuando uno de los cirujanos intentó introducir en la raíz una especie de diminuta anclita, fue tan intenso el dolor que más que un grito, dí un alarido.
-¡Anestesia! ¡Anestesia! -gritó el otro dentista y sin sacarme el ancla, me inyectaron anestesia en cantidades tales que se me adormeció parte de la frente y toda la boca excepto donde estaba la raíz rota.
Movió el hombre un poco su ancla y un gemido natural emergió por mi garganta.
–Aguante un segundo, sólo un segundo y estará la raíz fuera, -me dijo.
Sentí como si me enterraran un clavo hirviendo por la raíz y no pude contener otro grito espontáneo.
Al ver el ancla fuera, di un suspiro, pero cuando el profesional me dijo:
-Ahora sí que sí -me percaté que no habían movido la pieza ni un milímetro.
¡Colmillo del demonio!
Se repitió, después de un largo descanso toda la operación anterior y los gritos ya desfallecidos por un dolor aumentado, pero la raíz no cedió.
Poco antes de la una, informada mi mujer del porqué de una intervención de cinco minutos se había convertido en un calvario de cuatro horas, los dos  carniceros dialogaron, y logré captar palabras como “hospital”, “anestesia total”, “ambulancia”, “dolor intenso” y -lo más dramático de todo- “romper el hueso” y “seguro que aguantará un poco más”.
Se introdujo un bisturí en mi exhausta boca, comenzó a salir sangre a borbotones a través de una manguerilla que me había puesto.
Salió fuera el bisturí. Había soportado el dolor de no sé cuántos cortes en las encías porque ya nada podría ser igual a los dolores inciales.
¿Nada?
Esta vez se introdujo un alicate en mi boca y un sonido a rama rota acompañado del dolor más intenso que haya sentido hasta ahora, me llevó a una profunda inconsciencia y al despertar no sé cuánto rato después, el dolor aunque aguantable tenía forma de agudísimos pinchazos que latían al ritmo del corazón.
Ya la raíz estaba fuera y en mi boca los señores habían acumulado la asombrosa cantidad de 38 puntos.
Cuando ocho días después fui a quitarme los puntos, la dentista de urgencias que me había enviado a ese centro de cirugía, vio la masacre en mi boca., no se lo podía creer.
¡Colmillo del demonio!
Como ya lo dije hace unos cuantos días, la próxima semana, el 30 de octubre, la mayoría de los ex compañeros que entramos hace 40 años a la primera clase en el primer año de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción hoy llamada (en una suerte de recesión nominal) Carrera de Periodismo, se reunirán festejando fecha tan señalada.
Muchos no estaremos presentes físicamente, aunque sí de corazón, porque si bien es cierto que en términos generales de aquella etapa que se consituyó en un episodio inolvidable, los rostros, los nombres, las ideas se fueron esfumando -al menos en mi caso-  recurriendo a fusiones personales para dar vida a personajes importantes de aquellos días, tampoco es menos cierto que a través del creciente intercambio de correos electrónicos de todos los involucrados, cada quien ha ido, a la par de perfilando figuras y pasajes, tomando el lugar que en su época tenía y así, aparte de mis entrañables mellizas Sandra y Olga y Patricio Gajardo y Eduardo Olivares y como no, el inolvidable amigo Mario Pantoja, se ha reconstruido en mi mente aquel rompecabezas desestructurado por el involuntario olvido para dar la forma de hace ocho lustros a personas tan apreciadas como Ana María, Lucy, Graciela (¿sería cierto que cantaba tan bien el Sapo Cancionero de los Chalchaleros?), Eliana, María Elena, Godoy, Pelayo, Juan Carlos. En esto han colaborado las fotos del ayer que algunos han enviado en las que al ver una en particular exclamé… “¡Coño, mira al Richard Vera!” . Hay muchos más pero si me pongo a nombrarlos parecerá que estoy pasando lista en clase.
Lo que puedo decirl es que el 30 estaré todo el día brindando no con vinos canonizados del cual mis amigos del 69 han excluído muy acertamente el SA(ta)N AUGUSTO, sino con mi preferido desde hace muchos años, el Señorío de Los Llanos, cosecha del 2003, D.O. Navalcarnero (Madrid) -una mierda para los entendidos, pero un néctar de los dioses para mi ordinario paladar-. En la noche haré un descanso tratando de mantenerme en pie y recibiendo los ya acostumbrados improperios de mi buena y sacrificada mujer en las escasas ocasiones en que le he dado este tipo de motivos en los 33 años que llevamos casados y el 31, pues a continuar brindando por los camaradas de ayer.
Y también a través de esos entretenidos intercambios epistolares, he recordado otras actividades extra académicas, guardadas posiblemente en el armario trasero de las vergüenzas con el apoyo de un ciclo tremendamente fatigoso que en pocos años, antes y después del paraíso de Barros Arana, me llevó a Buenos Aires, Río, Lisboa, Madrid, Barcelona y Caracas, que me ayudaron a echar un buen cargamento de situaciones para dejar bien en el fondo las escapadas a Orompello, (nombre que había olvidado por completo hasta esta semana), en una de las cuales, nos fuimos siete conocidos en un VW escarabajo y tras recibir en una de las casas de mujeres de perdición, los servicios ofrecidos, además de un baile etílico producto de una inacabable hilera de copas, nos dimos cuenta, uno a uno que no teníamos ni un duro encima y a una sola voz salimos corriendo, seguidos de dos de las pecadoras que dejaron dentro del lenocinio su dulce y cariñosa sensualidad para convertirla en el exterior en verdaderas fábricas de las más inimaginables groserías. Una vez dentro del coche que arrancó con una premura lógica, contandos y recontados éramos ya no siete, sino ocho, aunque nunca supimos -el alcohol es muy malo, lo puedo jurar- quién fue aquel octavo pasajero, aunque seguimos hasta la madrugada esa juerga que culminó con un desayuno en el mercado.
También a través de esas cartas virtuales, reconstruyo indirectamente la proyección hacia el futuro en relación a la importancia de la formación básica inicial -independientemente de la posterior- recibida en la escuela, ligada a la práctica de calle o de aula, y mis éxitos en el devenir profesional, se los achaco a esos años y los fracasos a mi fuerte vocación que siempre -incluso hoy, sexagenario- me han tenido buscando algo nuevo, diferente, aunque a esta edad ya las nuevas generaciones no se pueden creer que tengas nada que ofrecer, porque dan por hecho que no estás actualizado y que en lugar del Word utilizas una Underwood y del Excel, un ábaco.
Hubo momentos, también, en que maldije mi vocación, como aquel día en que parapetado junto a mi fotógrafo y un pequeño grupo de militares en un lugar asolado por las turbas cabreadas, esperábamos que una multitud de vociferantes manifestantes prendieran fuego a la construcción que nos ofrecía una cuestionable protección. Fue un momento en que no me cagué ni me meé encima, porque siempre he tenido la facilidad de enfrentarme a situaciones terminales con el aplomo que da la absurda sensación de inmortalidad que siempre llevamos dentro, aunque después tiembles enfrentado a la escasa lista de probabilidades que se ofrecían en un determinado momento. Esa tarde, la descarga de la munición de dos viejos aviones Bronco sobre la muchedumbre, nos abrió paso entre gritos, heridos, muertos y mucha sangre. Semanas después recibí la condecoración correspondiente a capitán del ejército por los servicios prestados, que consistieron en no haber publicado lo que si lo hacía me hubiese costado probablemente la vida.
No es difícil darse cuenta del efecto que ha tenido esta reunión en mi humilde caso, porque ha rescatado capítulos vitales relacionados con mi profesión y por ende con aquella casa, alejada del Campus (¿Se le llama Barrio Universitario todavía?) en donde se nos dio el pistoletazo de salida hacia ese ¿oficio? que por aquellos años era por naturaleza, de riesgo y de compromiso, algo bohemio y absolutamente vocacional.

t_bronco_107Como ya lo dije hace unos cuantos días, la próxima semana, el 30 de octubre, la mayoría de los ex compañeros que entramos hace 40 años a la primera clase en el primer año de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción hoy llamada (en una suerte de recesión nominal) Carrera de Periodismo, se reunirán festejando fecha tan señalada.

Muchos no estaremos presentes físicamente, aunque sí de corazón, porque si bien es cierto que en términos generales de aquella etapa que se consituyó en un episodio inolvidable, los rostros, los nombres, las ideas se fueron esfumando -al menos en mi caso-  recurriendo a fusiones personales para dar vida a personajes importantes de aquellos días, tampoco es menos cierto que a través del creciente intercambio de correos electrónicos de todos los involucrados, cada quien ha ido, a la par de perfilando figuras y pasajes, tomando el lugar que en su época tenía y así, aparte de mis entrañables mellizas Sandra y Olga y Patricio Gajardo y Eduardo Olivares y como no, el inolvidable amigo Mario Pantoja, se ha reconstruido en mi mente aquel rompecabezas desestructurado por el involuntario olvido para dar la forma de hace ocho lustros a personas tan apreciadas como Ana María, Lucy, Graciela (¿sería cierto que cantaba tan bien el Sapo Cancionero de los Chalchaleros?), Eliana, María Elena, Godoy, Pelayo, Juan Carlos. En esto han colaborado las fotos del ayer que algunos han enviado en las que al ver una en particular exclamé… “¡Coño, mira al Richard Vera!” . Hay muchos más pero si me pongo a nombrarlos parecerá que estoy pasando lista en clase.

Lo que puedo decirl es que el 30 estaré todo el día brindando no con vinos canonizados del cual mis amigos del 69 han excluído muy acertamente el SA(ta)N AUGUSTO, sino con mi preferido desde hace muchos años, el Señorío de Los Llanos, cosecha del 2003, D.O. Navalcarnero (Madrid) -una mierda para los entendidos, pero un néctar de los dioses para mi ordinario paladar-. En la noche haré un descanso tratando de mantenerme en pie y recibiendo los ya acostumbrados improperios de mi buena y sacrificada mujer en las escasas ocasiones en que le he dado este tipo de motivos en los 33 años que llevamos casados y el 31, pues a continuar brindando por los camaradas de ayer.

Y también a través de esos entretenidos intercambios epistolares, he recordado otras actividades extra académicas, guardadas posiblemente en el armario trasero de las vergüenzas con el apoyo de un ciclo tremendamente fatigoso que en pocos años, antes y después del paraíso de Barros Arana, me llevó a Buenos Aires, Río, Lisboa, Madrid, Barcelona y Caracas, que me ayudaron a echar un buen cargamento de situaciones para dejar bien en el fondo las escapadas a Orompello, (nombre que había olvidado por completo hasta esta semana), en una de las cuales, nos fuimos siete conocidos en un VW escarabajo y tras recibir en una de las casas de mujeres de perdición, los servicios ofrecidos, además de un baile etílico producto de una inacabable hilera de copas, nos dimos cuenta, uno a uno que no teníamos ni un duro encima y a una sola voz salimos corriendo, seguidos de dos de las pecadoras que dejaron dentro del lenocinio su dulce y cariñosa sensualidad para convertirla en el exterior en verdaderas fábricas de las más inimaginables groserías. Una vez dentro del coche que arrancó con una premura lógica, contandos y recontados éramos ya no siete, sino ocho, aunque nunca supimos -el alcohol es muy malo, lo puedo jurar- quién fue aquel octavo pasajero, aunque seguimos hasta la madrugada esa juerga que culminó con un desayuno en el mercado.

También a través de esas cartas virtuales, reconstruyo indirectamente la proyección hacia el futuro en relación a la importancia de la formación básica inicial -independientemente de la posterior- recibida en la escuela, ligada a la práctica de calle o de aula, y mis éxitos en el devenir profesional, se los achaco a esos años y los fracasos a mi fuerte vocación que siempre -incluso hoy, sexagenario- me han tenido buscando algo nuevo, diferente, aunque a esta edad ya las nuevas generaciones no se pueden creer que tengas nada que ofrecer, porque dan por hecho que no estás actualizado y que en lugar del Word utilizas una Underwood y del Excel, un ábaco.

Hubo momentos, también, en que maldije mi vocación, como aquel día en que parapetado junto a mi fotógrafo y un pequeño grupo de militares en un lugar asolado por las turbas cabreadas, esperábamos que una multitud de vociferantes manifestantes prendieran fuego a la construcción que nos ofrecía una cuestionable protección. Fue un momento en que no me cagué ni me meé encima, porque siempre he tenido la facilidad de enfrentarme a situaciones terminales con el aplomo que da la absurda sensación de inmortalidad que siempre llevamos dentro, aunque después tiembles enfrentado a la escasa lista de probabilidades que se ofrecían en un determinado momento. Esa tarde, la descarga de la munición de dos viejos aviones Bronco sobre la muchedumbre, nos abrió paso entre gritos, heridos, muertos y mucha sangre. Semanas después recibí la condecoración correspondiente a capitán del ejército por los servicios prestados, que consistieron en no haber publicado lo que si lo hacía me hubiese costado probablemente la vida.

No es difícil darse cuenta del efecto que ha tenido esta reunión en mi humilde caso, porque ha rescatado capítulos vitales relacionados con mi profesión y por ende con aquella casa, alejada del Campus (¿Se le llama Barrio Universitario todavía?) en donde se nos dio el pistoletazo de salida hacia ese ¿oficio? que por aquellos años era por naturaleza, de riesgo y de compromiso, algo bohemio y absolutamente vocacional.

El 30 de octubre se reunirán la mayor parte de mis antiguos compañeros de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción, en Chile. Todos menos aquellos que no hayan podido ser localizados y los que no podemos por diferentes motivos.
Me da una pena tremenda no estar presente cuando lo que celebran son los cuarenta años de nuestro ingreso en la escuela. Lo malo es que desde hace doce meses había previsto viajar por estas fechas. Tenía muchos deseos de ir, aunque todavía no se hablaba de esta efemérides, porque desde que salí de Chile en 1973, pese a que he estado en varias oprtunidades a punto de hacerlo, no he regresado y si en esta ocasión, con una reunión tan importante por su significado tampoco puedo hacerlo, es que no está escrita en mi destino una visita al país donde conocí el primer amor de la mano de Claudia Barraza y la amistad al lado de Jaime Hales y Sandra y Olga Garretón y también compartí los buenos momentos de mi juventud con gente como Paz Chico (una guapa chavala, creo que de Chillán, que siempre me atrajo hasta que un día no volví a verla), René Blanco y Mario Pantoja. ¡Y cómo no! Tuve la suerte de conocer a la entrañable Irene Geis la sin par periodista y amiga de todos, que sucedió a Edgardo Henry. No sé si era mejor directora o mejor compañera, aunque creo que supo combinar, por serle inherente, ambas cosas.
También guardo un especial y grato recuerdo de Eduardo Olivares, a quien durante muchos años, fusionando involuntariamente su nombre con el de Patricio Gajardo, tuve presente en mi memoria como Patricio Olivares. Fue Eduardo quien desde el primer día de clases asumió naturalmente, como es lo usual cuando se tienen las condiciones, el liderazgo de aquel grupo, muchos de cuyos integrantes pisaban un aula de estudios superiores, por primera vez en su vida. Aquel día, Eduardo, con más gracia y entusiamo, secundó las palabras del director, Edgardo Henry, en el sentido de que por ser un grupo pequeño, la unidad como estudiantes debía imperar sobre cualquier otra consideración, más aún si tomamos en cuenta que por aquel entonces el periodismo era una carrera estrictamente vocacional, aún no contaminada por las mieses del éxito, las luces de los platós, ni las cuentas corrientes desbordadas. Y así fue. No pudieron las diferencias políticas hacer mella en el compañerismo nacido de una ilusión común, fuese cual fuese su objetivo final.
No sé si alguno de mis ex compañeros leerá esta nota. Pero si alguno lo hace, quiero que le transmita al resto, mi respeto, mi aprecio y el deseo de que en diez años más, cuando se celebre el medio siglo de nuestro ingreso en la escuela, podamos reunirnos, al menos aquellos que aún no hayamos encontrado el definitivo refugio en las eternas posesiones de la Parca.

campanilEl 30 de octubre se reunirán la mayor parte de mis antiguos compañeros de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción, en Chile. Todos menos aquellos que no hayan podido ser localizados y los que no podemos por diferentes motivos.

Me da una pena tremenda no estar presente cuando lo que celebran son los cuarenta años de nuestro ingreso en la escuela. Lo malo es que desde hace doce meses había previsto viajar por estas fechas. Tenía muchos deseos de ir, aunque todavía no se hablaba de esta efemérides, porque desde que salí de Chile en 1973, pese a que he estado en varias oportunidades a punto de hacerlo, no he regresado y si en esta ocasión, con una reunión tan importante por su significado tampoco puedo hacerlo, es que no está escrita en mi destino una visita al país donde conocí el primer amor de la mano de Claudia Barraza y la amistad al lado de Jaime Hales y Sandra y Olga Garretón y también compartí los buenos momentos de mi juventud con gente como Paz Chico (una guapa chavala, creo que de Chillán, que siempre me atrajo hasta que un día no volví a verla), René Blanco y Mario Pantoja. ¡Y cómo no! Tuve la suerte de conocer a la entrañable Irene Geis la sin par periodista y amiga de todos, que sucedió a Mario Sáez. No sé si era mejor directora o mejor compañera, aunque creo que supo combinar, por serle inherente, ambas cosas.

También guardo un especial y grato recuerdo de Eduardo Olivares, a quien durante muchos años, fusionando involuntariamente su nombre con el de Patricio Gajardo, tuve presente en mi memoria como Patricio Olivares. Fue Eduardo quien desde el primer día de clases asumió naturalmente, como es lo usual cuando se tienen las condiciones, el liderazgo de aquel grupo, muchos de cuyos integrantes pisaban un aula de estudios superiores, por primera vez en su vida. Aquel día, Eduardo, con más gracia y entusiamo, secundó las palabras del director, Mario Sáez Escudero, en el sentido de que por ser un grupo pequeño, la unidad como estudiantes debía imperar sobre cualquier otra consideración, más aún si tomamos en cuenta que por aquel entonces el periodismo era una carrera estrictamente vocacional, aún no contaminada por las mieses del éxito, las luces de los platós, ni las cuentas corrientes desbordadas. Y así fue. No pudieron las diferencias políticas hacer mella en el compañerismo nacido de una ilusión común, fuese cual fuese su objetivo final.

No sé si alguno de mis ex compañeros leerá esta nota. Pero si alguno lo hace, quiero que le transmita al resto, mi respeto, mi aprecio y el deseo de que en diez años más, cuando se celebre el medio siglo de nuestro ingreso en la escuela, podamos reunirnos, al menos aquellos que aún no hayamos encontrado el definitivo refugio en las eternas posesiones de la Parca.

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